El retorno de lo religioso
En tiempo de Cuaresma cabe preguntarse si vuelve el catolicismo –el tan renombrado «giro católico», que pregona una parte de la prensa– o si lo que regresa es una espiritualidad más o menos indefinida. ¿Quién sabe? La sociología española –cuyas cifras coinciden en gran medida con las que aporta la estadounidense– señala que no hay indicadores al alza, ni siquiera entre los más jóvenes; pero sí que el suelo se ha estabilizado. En otras palabras: el número de católicos ha dejado de caer, lo cual puede interpretarse como un dato positivo. Aún así, parece más seguro afirmar que el peso del componente religioso ha crecido en estos últimos años; aunque sólo sea por el vector demográfico que aporta la inmigración. Un número creciente de niños musulmanes e hispanoamericanos de raíz evangélica matizan ya de un modo distinto la sensibilidad de las aulas en los colegios públicos. Cierta mayor preocupación por el menú en los comedores escolares o el respeto hacia festividades religiosas habituales en otras tradiciones nos recuerdan que difícilmente en un mundo globalizado –y más aún en países con fronteras tan relevantes como España– se puede hablar ya de religiones propias de un territorio con la naturalidad de hace cuarenta o cincuenta años. La sociedad ha cambiado y con ella sus costumbres.
[–>[–>[–>El viraje teológico de la cultura contemporánea tiene, en cambio, más que ver con el agotamiento del laicismo que con un retorno real de lo religioso. O eso me parece a mí. Una película reciente como Los domingos plantea la fascinación por la vida conventual, algo nada habitual en el cine español; del mismo modo que otro film –Sirat– utiliza relatos bíblicos para vaciarlos por dentro y presentarnos un mundo carente de sentido. O, si se prefiere, donde impera una soledad derivada del vaciamiento de las grandes narrativas clásicas.
[–> [–>[–>Incluso a finales del XIX y principios del XX, cuando Gustav Mahler componía sus grandes sinfonías –pienso ahora en la 2ª y la 3ª–, una proyección tan extrema del nihilismo hubiera sido impensable. Para entonces aún no se adivinaban las guerras mundiales, ni los regímenes totalitarios, ni la revolución hedonista que supuso el Mayo del 68 –tan lúcidamente analizada por Joan Didion en Slouching towards Bethlehem–, ni la penetración absoluta de la tecnología –y de la «realidad virtual»– en la vida cotidiana. Cuando nos referimos a la llegada de un tiempo postsecular, hablamos también de esto: de un tiempo que necesita hallar un sentido.
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El cambio social, por un lado, y el agotamiento de las fuentes seculares, por otro, abren un mercado espiritual nuevo y distinto que sigue respondiendo a las características particulares del capitalismo y de sus modas, a la vez que cambian algunos de sus ingredientes. Quizás ante nosotros no se abre un siglo religioso en sentido estricto, sino que se recuperan algunas experiencias de lo sagrado: ya sea a través de los dioses paganos, que intensifican los instintos del ser humano, moviéndose entre la comedia y la tragedia; o a través del Dios bíblico, que se levantó contra el politeísmo en nombre de las víctimas. Sospecho que no se da propiamente un retorno del catolicismo, sino de algo aún más antiguo: una especie de ágora que no hubiera desconcertado en absoluto a los primeros cristianos.
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