el Sporting suma un punto ante el Valladolid en El Molinón (2-2)
Un empate nunca es buena cosa para el Sporting de Gijón en El Molinón. Aunque hay maneras de pesar un resultado. El equipo rojiblanco se vio tan pronto vencedor ante el Valladolid que el partido se le complicó hasta exigir un enorme esfuerzo para evitar verse superado. No fue un encuentro nada lúcido de los asturianos, que abandonaron su esencia con un fútbol vulgar y plano. Pero el Sporting demostró alma y carácter competitivo, que no es poca cosa. Cuesta derribar a este equipo que ha armado Borja Jiménez, incluso en sus peores días. El 2-2, por todo, no parece injusto, aunque el saldo resulta escaso para asaltar la zona de ‘play-off’. A este Sporting se le sigue atragantando esa victoria que confirme la candidatura. Siempre hay un ‘pero’ y las jornadas, irremediablemente, van pasando.
[–>[–>[–>Hay acciones que derriban estereotipos. Otero protagonizó una de esas que dejan en evidencia a quienes se empeñan en negarle su condición de delantero centro. Lo es y, para esta mediana categoría, además, uno de los buenos. El colombiano ha experimentado una madurez tardía desde que abandonó el extremo en Gijón. Porque a sus 30 años —en mayo alcanzará los 31— es uno de los mejores nueves que ha vestido la elástica rojiblanca en esta interminable etapa en Segunda División. El 19 del Sporting demostró que no es peor nueve que ningún otro de la categoría con un remate que habría firmado el propio Quini, ahora que se aproxima el aniversario de su fatal pérdida. Otero se inmortalizó en el aire para marcar de semichilena un tanto monumental, digno de ser recordado.
[–> [–>[–>Un homenaje al Brujo que quita caretas. No hay mejor bandera para Orlegi Sports que el rendimiento de este mayúsculo futbolista, hoy capitán del club gijonés y uno de los grandes líderes del vestuario. Cuando el Pucela quiso activarse, ya iba por detrás en El Molinón. Habían pasado apenas cinco minutos. Demasiado para el debutante Fran Escribá.
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El gol fue tan veloz que alteró el guion del partido de manera inevitable. Ahí murieron los planes preestablecidos. El Sporting, de vuelta al 4-3-3 y con Curbelo como jefe de la retaguardia, encontró en el marcador un valor que defender, con mucho tiempo por delante. Y eso —mal entendido— terminó siendo un arma de doble filo.
[–>[–>[–>No le importó a la tropa de Borja Jiménez ceder el balón y el protagonismo a un Valladolid al que no solo le pesaba el resultado, también su situación, durísima. Aunque la mochila era pesada, los de Escribá mostraron personalidad. Las luces se encendían cuando entraban en calor Peter Federico o Chuki. Oliván asumió un marcaje pegajoso sobre el extremo, convirtiéndose en su sombra, siempre con el respaldo de Corredera y, en ocasiones, del recuperado Justin Smith. Pero la fotografía ofrecía más sombras que luces para un Sporting irreconocible.
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El equipo rojiblanco soportaba a duras penas las embestidas del Valladolid, pero era incapaz de salir de su guarida. Vivía al límite. En medio de esa creciente sensación de agobio llegaron, eso sí, dos avisos —Gelabert y después Oliván—, un oasis en medio del desierto. Los gijoneses no lograban respirar con la pelota ni estirarse a través de las carreras de Duba y Otero, bien controlados por Tomeo y Torres. El Valladolid comenzó a perder el respeto a su rival y también al escenario.
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[–>Los visitantes se instalaron en campo rojiblanco y atosigaron a un Sporting maniatado. El equipo llegó al ocaso del primer tiempo muy justo, pidiendo a gritos el descanso. Fue entonces cuando se resquebrajó el muro. El empate del Pucela llegó a balón parado: Alejo se elevó por encima de todos para ganar un duelo aéreo que Juric empujó sobre la misma línea. El gol anticipó más curvas.
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El Sporting suplicaba un respiro, pero no fue capaz de aguantar el zarandeo de un Valladolid superior. No resistió los minutos fatales de un añadido tan largo como cruel y acabó cayendo a la lona, golpeado de nuevo por un rival que ya no se sentía vulnerable. Una descoordinación defensiva dejó a Tenés solo ante Yáñez. El extremo cruzó el balón con precisión y firmó un gol con dedicatoria a su madre. Las desatenciones salieron muy caras a un Sporting que se marchó al descanso herido.
[–>[–>[–>Borja Jiménez se vio obligado a intervenir. Retiró a un tercer centrocampista —Justin Smith, errático— para dar entrada a un atacante, Gaspar. Los cambios reordenaron a un Sporting muy ofensivo, con hasta cuatro jugadores de claro perfil atacante. El equipo cambió de apariencia: seguía trabado en el juego, pero ganó vigor y algo de garbo. El tiempo nunca fue aliado para los gijoneses. Primero por exceso; después, por defecto.
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El paso de los minutos abrió espacios. El Sporting asumió enormes riesgos al estirar líneas con un once descaradamente ofensivo. La zaga quedó expuesta, en ocasiones en igualdad numérica frente a los atacantes del Pucela. El riesgo espoleó al equipo de Borja, mejor en la necesidad. A falta de fútbol, los gijoneses pusieron alma hasta lanzarse sobre la guarida de Guilherme. El Valladolid sentía cómo el partido se le descontrolaba. Ya no le alcanzaba a los de Escribá para contener la vocación ofensiva de un Sporting que acumulaba hombres en tres cuartos de campo. La ambición encontró premio. Otero hizo el último esfuerzo por el equipo para ganar línea de fondo y servir un centro medido que fue aún mejor rematado por Pablo Vázquez. El zaguero golpeó la pelota con enorme violencia para firmar el empate y sabotear los planes de un Valladolid que ya se veía ganador. Los últimos minutos fueron una declaración de intenciones del equipo gijonés, que no tembló al asumir riesgos pese a tener ya un punto en el bolsillo.
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