El verdadero coste de las olas de calor
El termómetro va camino de convertirse en un indicador económico. Igual que los mercados reaccionan a una subida de los tipos de interés y al encarecimiento del petróleo, cada grado de más empieza a tener un precio. También para el empleo, la productividad y la competitividad.
[–>[–>[–>Las olas de calor han dejado de ser episodios excepcionales para transformarse en un fenómeno estructural. Basta observar lo que ocurre estos días en buena parte de España. El verano acaba de comenzar y las temperaturas ya baten registros impropios de estas fechas. Cada incremento térmico, además de agravar el deterioro ambiental y los riesgos para la salud, reduce el rendimiento de quienes trabajan al aire libre, dispara la demanda eléctrica, obliga a adaptar servicios públicos y privados y multiplica el gasto sanitario. El calor irrumpe así en la cuenta de resultados.
[–> [–>[–>Sin embargo, la respuesta económica e institucional a esta realidad sigue avanzando con la lentitud de quien confía en que todo volverá a ser como antes. Los horarios laborales, las infraestructuras y el diseño de las ciudades continúan respondiendo a un clima que ya no existe. La factura de esta inacción, además, dista mucho de repartirse de forma equitativa. Recae sobre los sectores más expuestos y las rentas más bajas.
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En este contexto, limitarse a la mera emisión de avisos meteorológicos es una forma de mirar hacia otro lado. Incorporar el calor como una variable económica es una necesidad urgente. Ello implica revisar los horarios laborales, rediseñar las ciudades, adaptar los edificios y reforzar la prevención sanitaria. Pero, sobre todo, exige asumir que el clima ha dejado de ser un condicionante secundario para convertirse en un factor central.
[–>[–>[–>La temperatura ya forma parte de la ecuación económica. Ignorar esa realidad es un ejercicio de infantilismo que provocará que cada verano se incremente la factura para empresas, trabajadores y administraciones.
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