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ETA, contada a los jóvenes por los jóvenes y en primera persona

ETA, contada a los jóvenes por los jóvenes y en primera persona
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  • Publishedabril 18, 2026



Nuestros padres mintieron. «Si alguien pregunta por qué morimos, dígales que fue porque nuestros padres mintieron».

Eso es lo que escribió kipling cuando perdió a su hijo John en la Primera Guerra Mundial. Muchos años después, lo usó en un poema. Jon Juaristi –que pasó por ETA– para explicar por qué tantos chicos fueron asesinados y murieron en Euskadi.

Cuando un niño empuña un arma, siempre hay un padre que miente. Un padre, un hermano mayor, un maestro. Alguien. El niño que va haciéndose mayor, el adolescente, necesita que un adulto violento al que admirar le dispare en la nuca.

Ese tiempo ha pasado. Estamos atravesando, a pesar de las turbulencias, el mejor presente que se haya conocido. En España nadie es asesinado por decir lo que piensa en público.

En ese debate un tanto recurrente donde cada vez más gente dice que nuestros padres vivían mejor que nosotros porque compraron una casa y afinaron sus planes de vida a los treinta años, me gusta mencionar la palabra «ETA». Porque refuta indefectiblemente esa tesis.

Vivimos en una sociedad mucho mejor que hace dos o tres décadas porque ETA ya no mata.

Pero los padres, que ahora somos nosotros, corremos el riesgo de seguir mintiendo.

Cuando la violencia política desaparezca, mentir de los padres tiene como consecuencia el daño social del olvido y el olvido. No decir la verdad también es mentir.

En el concepto de «padre» que utilizan kipling y juaristiy que sirve para respaldar este artículo, incluye a todos los que han entrado en la década de 1930 y más allá. A todo aquel que esté en condiciones de ejercer una influencia sobre los jóvenes que le rodean.

Los periódicos están inundados de encuestas que dicen… «Los jóvenes no saben quién fue miguel angel blanco«. Ni Miguel Ángel, ni Toca, ni Prieto, ni López de Lacalle, ni los Jiménez Becerril. Nadie.

Y la culpa no es de los jóvenes, sino de los padres. Culpa nuestra. Porque la historia no se aprende por ósmosis, sino por herencia.

España atraviesa un momento clave. En estos años se está escribiendo el legado de ETA. Y está escrito a lápiz. Está escrito con una letra diminuta y apenas perceptible.

Quienes por convicción –la izquierda abertzale y sustitutos –y mediante tácticas políticas– el Gobierno y sus satélites- invisibilizan o minimizan el terrorismo, nos están ganando la partida a quienes intentamos lo contrario: celebrar su fin, pero acompasarlo con el sagrado ejercicio de la memoria. Para que no vuelva a suceder. Reconocer a las víctimas y a quienes cayeron en defensa de la libertad.

A asesinato Dura un segundo, pero explica toda una vida. Es un segundo que condiciona un árbol genealógico. Los nietos que nunca conocieron a sus abuelos lloran por ellos. Porque crecen en un ecosistema de dolor, silencio e incomprensión.

Todos los ataques son iguales, pero todos los ataques son diferentes. Basta con poner una microcámara a los seres queridos de la víctima una vez al año para entender cómo fue ETA.

Pero éste no es un texto para el pesimismo. Todo lo contrario.

En ocasiones el ejercicio de responsabilidad está al revés.

Un grupo de estudiantes de Periodismo de la Universidad de Navarra ha elegido un ángulo casi siempre inexplorado para conmemorar: el de los nietos de los asesinados. La de esos nietos que, sin conocer a sus abuelos, siguen experimentando el veneno de la serpiente.

Acaban de estrenar el documental. Los nietos del silencio. Una sala de estar, una cámara grabando y tres nietos. uno de Jesús Ulayarotro de Alberto Toca y otro de José Luis Prieto. Son 35 minutos de emoción abrumadora.

La artesanía y la sencillez que exige la humildad del presupuesto y los medios se convierte en la mejor virtud de la película. Porque no se necesita nada más. Y en el guion han tenido el acierto de buscar esa misma sencillez: que los nietos cuenten -sin interrupción aparente- cómo el golpe de ETA sigue condicionando sus vidas.

Jesús Ulayar se llamaba abuelo y es el nombre del nieto entrevistado. Alcalde de Etxarri Aranatz a principios de los años setenta, casado y padre de cuatro hijos, fue asesinado a tiros mientras paseaba con uno de ellos, de trece años. Al salir de prisión, el pueblo, en manos del abertzaleshizo de uno de los asesinos un hijo predilecto, Vicente Nazabal.

Además, le concedieron el honor de lanzar el cohete navideño. En el mismo balcón donde lo había hecho durante varios años, encendiéndolo con su cigarrillo, el alcalde Ulayar.

Los asesinos de Ulayar fueron héroes de Etxarri al mismo tiempo que los Ulayar tuvieron que alejarse. Hasta salir de esa casa siempre indignado con las pintadas antiterroristas.

Uno de los hijos de Jesús Ulayar, cuando se cruzó con Nazábal, el asesino, le dijo que, «asesino», y Nazábal, ante los ojos de todos, lo derribó de una patada en el pecho. Parece que ha pasado un siglo… Pero fue ayer.

Vamos con su nieto Jesús, el que habla en el documental. Cuenta que su familia, al salir de Etxarri y llegar a Pamplona, ​​acabó en un colegio donde estaba el psicólogo… uno de los asesinos del abuelo.

Un día, años después, Jesús entró en un bar y conoció a Nazábal. Sin dirigirse a él, le dijo a la cámara: «Sólo sepan que este hombre asesinó a mi abuelo». A la salida del establecimiento, el asesino disparó metafóricamente contra el nieto. Haciendo el gesto con las manos.

Ese es el sociedad del que habla el documental. La del olvido. El país en el que un asesino puede disparar con un gesto al nieto del hombre al que mató con un arma. El país en el que el asesino derriba de una patada en el pecho al hijo del asesinado.

Todo en medio de un silencio espeso y cómplice. Con un único remedio al alcance: reportajes, documentales, novelas. Todo eso genera suficiente conciencia social como para provocar una reacción hacia el asesino: la del estigma.

El gesto del Reina Letiziaque se presentó en el estreno sorpresa del documental. Es un gesto que no tiene otro objetivo que amplificar el documental y, por tanto, amplificar la memoria.

Es difícil, quizá imposible, que el asesino se arrepienta de lo que hizo si no vive en una sociedad donde se dice la verdad; si vives en una sociedad que todavía se configura en torno a las mentiras de tus padres. Nuestros padres mintieron. Y tenemos la oportunidad todos los días, sea cual sea la zona, de contar lo que pasó.

beatriz llora porque su abuelo Alberto Toca56 años, siete hijos, representante de una mutua, recibió un disparo. Y esos disparos, simbólicamente, silenciaron la alegría de su abuela, de sus padres y, por momentos, de la suya propia.

A teresa Le ha resultado difícil entender cómo su abuelo José Luis Prietoun buen hombre, teniente coronel retirado, padre de siete hijos, lo asesinaron cuando iba a misa con su esposa. Teresa tiene dos hijos pequeños. Y de repente llegará el día en que tendrás que dar explicaciones.

Beatriz dice en un momento del documental: «A mi abuelo le debo hacer saber que él no murió, que ETA lo mató».

Ella no le debe eso. Todos se lo debemos a ellos.

Que nuestros hijos no puedan decir que sus padres mintieron.

Los autores del documental son Leyre Sanz, Aitana Quindimil, Diego Fernández Tortosa, Carolina Olivar, Sergio Durán, Montserrat Osés, Raúl Villegas, María López, Santiago Millán y Rafael Salas.



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