Hungría vuelve a casa
El asturiano José Suárez Arias-Cachero se encuentra estos días en Budapest para seguir de cerca el proceso electoral que ha supuesto la derrota de Viktor Orbán tras 16 años de poder prácticamente omnipotente. Bajo estas líneas publica en primera persona las impresiones que le está provocando el cambio político iniciado en el país centroeuropeo con la victoria del conservador Péter Magyar. Y hace un análisis internacional del nuevo ciclo, con impacto directo en la Unión Europea y Estados Unidos y en las relaciones entre ambas partes.
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La plaza de los Héroes de Budapest tiene la memoria larga. En junio de 1989, doscientas cincuenta mil personas se congregaron allí para enterrar a Imre Nagy y escuchar a un joven de veinticinco años exigir que los soviéticos se marcharan. Se llamaba Viktor Orbán. El viernes por la noche, vi cómo una multitud comparable llenaba la misma plaza. Esta vez no venían a escuchar a Orbán. Venían a deponerlo. Era el preludio de un domingo histórico.
[–>[–>[–>No fue un mitin ni una manifestación al uso. No habló ningún político. Más de cincuenta bandas tocaron durante siete horas, cada una un solo tema, como un himno encadenado de resistencia civil. Era una liturgia. La plaza que en 1989 celebró el nacimiento de la democracia húngara parecía reclamarla de vuelta. Había jóvenes y viejos. Familias con niños, punkis y gente trajeada. Se respiraba ilusión y esperanza. También cautela: la historia húngara encadena demasiadas derrotas como para entregarse fácilmente al entusiasmo.
[–> [–>[–>El sábado fui al cierre de campaña de Orbán. Lo hizo en el Bastión de los Pescadores, delante de la estatua de San Esteban, el primer rey húngaro. Antorchas, banderas, música a todo volumen. Pero la plaza era pequeña y la gente, escasa. «Lograremos una victoria que sorprenderá a todos, incluso a nosotros», dijo. Sonó a conjuro más que a profecía. El ambiente era de despedida. Las caras largas delataban que la única expectativa residía ya en la capacidad de prestidigitador del primer ministro húngaro. Pero sonaba cansado.
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En Hungría no hay jornada de reflexión. El proselitismo se permite hasta en la misma votación. Por eso el domingo amaneció con la tensión de quien lleva días conteniendo el aliento. Y los húngaros salieron a votar como no lo habían hecho nunca. La participación rozó el ochenta por ciento, la más alta de la Hungría democrática. Colas en los colegios electorales desde las seis de la mañana. Familias enteras. Jóvenes que votaban por primera vez. Viejos que recordaban haber votado ya en otro momento fundacional. Hay algo que los europeos hacemos bien cuando las clavijas aprietan de verdad: acudir a las urnas a defender aquello que nos define. Lo hicieron los franceses cuando Le Pen llamó a la puerta del Elíseo. Lo hicieron los polacos cuando Tusk les devolvió la esperanza. Lo hicimos en España en el 77, el 82 y el 96. Lo hicieron ahora los húngaros.
[–>[–>[–>El resultado fue lo que las encuestas anunciaban y los de Orbán se negaban a creer. Péter Magyar y el partido Tisza ganaron las elecciones. Dieciséis años de democracia iliberal terminaron donde habían empezado: en las urnas. Lo inesperado llegó pronto: Orbán reconoció la derrota temprano, con una sobriedad institucional que no le conocíamos. Fue un gesto de responsabilidad democrática que rebajó la tensión en una noche que algunos preveían muy complicada.
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Magyar cuida los detalles. Dio su discurso de victoria con el Danubio fluyendo a sus espaldas y el Parlamento iluminado detrás. Fue una imagen poderosa. Incluso demasiado perfecta.
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[–>Es más fácil votar contra alguien que votar por alguien. La oleada que arrasó a Orbán fue sobre todo un rechazo masivo, plural, casi instintivo. Magyar no es un redentor. Es un conservador que viene del mismo barro. Pero es previsible que gire hacia Europa, levante el veto que paraliza la ayuda a Ucrania y restaure el estado de derecho. Y, sobre todo, que Hungría deje de ser el quintacolumnista de Trump y Putin en la Unión Europea. Con eso, hoy, es suficiente.
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Lo irónico es que las trampas diseñadas para apuntalar el autoritarismo iliberal facilitaron la mayoría de dos tercios necesaria para desmantelarlo. Nunca sabes para quién trabajas.
[–>[–>[–>Mientras vivía la respuesta en las calles de Budapest, esa euforia masiva, plural y hasta un poco inconsciente, sentí algo que no esperaba. Pena. Porque sé, como lo sabe cualquiera que haya vivido lo bastante, que más temprano que tarde acabamos avergonzándonos de haber compartido un entusiasmo colectivo. Es la condición humana. Pero eso no invalida el momento. Quizá lo haga más valioso.
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Hungría vuelve a casa: a la casa común europea que sus ciudadanos decidieron defender.
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