Iglesia y partidos políticos
Hay en esta España, que es garito o timba, abundancia de sujetos que gastan pensamiento reumático y un discurso exhausto, pero lo que no podíamos sospechar era la existencia de un político prominente, fanático a la hora de darnos gato por liebre, que, habiendo estudiado su carrera de economista en una Universidad de frailes, o sea, en El Escorial, ponga de pronto carita de remilgado y se niegue a asistir a una ceremonia de difuntos con la excusa de que está oficiada por obispos y otros personajes de cogulla.
[–>[–>[–>Hace falta ser torcido de alma y aposento de sentimientos putrefactos para exhibir tan resuelta manera de razonar.
[–> [–>[–>Nunca habrá reparado tal sujeto en que el partido político, tal como se le conoce por sus prácticas en España, se alimenta de las que son propias de la Iglesia, aunque reconozcamos que el partido les administra su propia desnutrición intelectual, como si fuera una comunión cismática.
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Porque ¿qué es sino una degradación de un Concilio el Congreso de un partido político?
[–>[–>[–>La diferencia está en que las sesudas reflexiones teológicas formuladas por personas de saberes aquilatados se sustituyen por las de quienes tienen por discurso un batiburrillo de guiñapos mentales dispersos.
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¿Qué es la arenga en el mitin sino un sermón? Con el matiz de que en el sermón se comenta, con mejor o peor fortuna, un texto venerable y en el mítin el orador se limita a esparcir cuatro ideas de escayola y seis insultos plebeyos.
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[–>En el partido, junto a los militantes, figuran los «simpatizantes» que forman una especie de Orden Tercera, propia de las Órdenes monásticas que vienen de los siglos medievales y permiten una adhesión laxa a la organización. Ejemplo: el terciario se puede entregar a castas expansiones sexuales, de la misma manera que al simpatizante se le permite leer un periódico retrógrado, no progresista, siempre que inmediatamente se lave las entendederas con el editorial ortodoxo y limpio de mácula.
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A los disidentes infectados por actitudes herejes, o que simplemente infringen la «observantia regulae», se les imparte una condena y se les entrega, no al poder secular para su castigo, sino a las redes sociales.
[–>[–>[–>Estas, las redes sociales, guaridas de la blasfemia, son el equivalente actual de la penas del infierno pues que en su seno actúan los demonios que encarcelan a quienes a ellas se incorporan, todos comprometidos en llevar a las almas «ad inferos», el encierro tenebroso donde el mal ejerce su señorío implacable.
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Habría que hacer un estudio, este teológico, de los seres luciferinos que habitan en las redes para ir conformando así una demonología como la vivida antaño en la Iglesia. Hay que recordar que un exorcismo muy apreciado consistía en lanzar sobre el pecador insultos grandilocuentes y en esto, en lo de los insultos, los mitineros son maestros de mucha compostura y adorno.
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Recordemos, por último, que la dirección espiritual que ejercen los clérigos sobre los creyentes es el equivalente actual de los «entrenadores personales» de los políticos que «maximizan su potencial y gestionan la alta presión de su entorno». ¿Parece poco? pues además «controlan su estrés, ayudan a clarificar sus objetivos y alinean su comportamiento con sus metas para que tomen decisiones más conscientes».
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Unas joyas, oiga.
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Se me olvidaba decir que a estas alhajas los políglotas españoles las llaman «coaches».
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