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John Müller: Entornos emprendedores: Asia toma la delantera

John Müller: Entornos emprendedores: Asia toma la delantera
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  • Publishedenero 5, 2026



En el imaginario empresarial europeo, Silicon Valley es el modelo a seguir desde hace años. Sin embargo, en la última década, los ecosistemas empresariales de Asia han surgido como actores de clase mundial, capaces de combinar escala, capital y orientación al mercado con una agenda tecnológica agresiva. Bangalore, Shenzhen, Singapur o Yakarta ya no son periferias industriales: son centros neurálgicos de la innovación.

Según datos de CB Insights, en 2023 el 43% de los unicornios globales (empresas tecnológicas valoradas en más de mil millones de dólares) se concentraban en Asia, frente al 28% en Europa. Aún más revelador: el volumen de capital riesgo invertido en Las startups asiáticas ya superan a las europeas con China e India a la cabeza, seguidas por el Sudeste Asiático. Este dinamismo no es casual. Responde a políticas públicas ambiciosas, vastos mercados internos y una cultura de competencia consolidada entre las nuevas generaciones. Mientras en Europa evitamos las clasificaciones, cuestionamos la meritocracia o eliminamos los resultados de los partidos de fútbol infantil para no humillar a los perdedores, en Asia se compite con crudeza darwiniana.

Shenzhen, por ejemplo, pasó en menos de tres décadas de ser un taller de fabricación a una ciudad laboratorio donde se incuban gigantes como Huawei, DJI o Tencent. La combinación de zonas especiales, inversión en I+D, relativa protección frente a los competidores internacionales y una administración local proactiva explica parte del fenómeno. India, por su parte, ha cultivado un denso ecosistema en Bangalore y Hyderabad, con startups como Flipkart, Ola o Byju’s, gracias a una diáspora técnica bien conectada y una sólida infraestructura de formación STEM.

En el sudeste asiático, Singapur y Yakarta destacan por su dinamismo regional. El primero actúa como un centro financiero y regulatorio con una fuerte atracción de capital; el segundo como mercado de consumo digital con gran potencial demográfico. Empresas como Grab, Gojek o Tokopedia han aprovechado estos entornos para escalar rápidamente.

Europa, por el contrario, sigue enfrentando fragmentación regulatoria, rigidez laboral y una menor disponibilidad de capital de riesgo. A pesar de iniciativas como el Consejo Europeo de Innovación o los fondos del BEI, el ecosistema europeo carece de ambición. Las startups prometedoras, como BlaBlaCar, TransferWise o N26, a menudo tienen que migrar sus sedes o atraer inversiones fuera del continente para crecer. La falta de un verdadero mercado único digital y la dispersión regulatoria agravan la situación.

Sin embargo, hay excepciones. Berlín, Estocolmo y Lisboa han logrado articular polos de innovación prósperos, gracias a una combinación de talento, costes contenidos y apertura internacional. Pero incluso estos centros enfrentan limitaciones estructurales para competir con la escala asiática. Además, el conservadurismo financiero europeo contrasta con la agresividad del capital riesgo asiático, donde los fondos soberanos y los conglomerados familiares no dudan en apostar fuerte por empresas tecnológicas en fase inicial. La lección de Asia no es replicar mecánicamente sus modelos, sino comprender que el emprendimiento requiere “entornos propicios”: regulación flexible, acceso al capital, educación técnica, protección contra el fracaso y una narrativa de ambición. La excesiva cautela regulatoria en Europa, combinada con una cultura de aversión al riesgo, penaliza la disrupción.

A esto se suma la dimensión estratégica. China y la India no consideran el emprendimiento tecnológico como un mero dinamismo económico, sino como una palanca para la soberanía digital y la competitividad global. En Europa, excepto en Francia y parcialmente en Alemania, este enfoque sigue siendo marginal. El Agenda digital de Bruselas Está más centrado en restringir que en incentivar, más en proteger que en intensificar. En un contexto donde el poder se redefine por la capacidad de generar y ampliar la innovación, Europa necesita una visión más audaz. Los fondos públicos no son suficientes: se requiere un cambio cultural e institucional.

Una pieza clave del ecosistema asiático ha sido la coordinación entre los sectores público y privado. A diferencia de la marcada separación que suele prevalecer en Europa, en países como Corea del Sur o China existen mecanismos de coordinación estratégica que permiten a las startups beneficiarse de grandes contratos estatales, integrarse en cadenas industriales o acceder a datos públicos para entrenar algoritmos. Esta sinergia, facilitada por la baja demanda democrática de la población, les permite acelerar la escalabilidad de las soluciones tecnológicas.

Otro factor es la velocidad. En Asia, el ciclo de vida de una startup exitosa puede ser de sólo cinco a siete años desde su fundación hasta su salida a bolsa o adquisición, mientras que en Europa ese mismo proceso tiende a ser el doble. Esto no sólo refleja una mayor agresividad inversora en Asia, sino también un entorno cultural que recompensa el crecimiento rápido y tolera el fracaso. El resultado es una renovación constante del tejido empresarial, algo que a Europa, con sus mercados más maduros y sus regulaciones más estrictas, le resulta difícil fomentar. Si Europa aspira a no quedarse atrás en la carrera tecnológica global, debe revisar urgentemente sus prioridades.



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