La pipa de la paz
En un país tan cainita como España, donde discutimos acaloradamente por el sexo de los ángeles o la esfericidad de la Tierra, ponernos de acuerdo durante un rato para celebrar el éxito de la selección en el mundial de fútbol es otra suerte de hazaña. Si el equipo ganador no hubiera sido España, sino el Real Madrid, el Barça o el Betis «manquepierda», no coincidiríamos, como sí lo hacemos ahora, en que el combinado nacional fue muy superior durante todo el campeonato, que el gol de Nico Williams fue legal, o que la selección argentina es muy marrullera.
[–>[–>[–>Ahora que todos los españoles somos españoles hasta nueva orden, podemos fumarnos la pipa de la paz en una cabaña india en la que las mantas de colores, las plumas simbólicas y un fuego chisporroteante maximizan nuestra hermandad de nuevo cuño. Recuerdo una imagen similar hace dieciséis años, cuando el gol de Iniesta nos invitó a abrazarnos incluso a desconocidos antes de volver a atacarnos con lanzas y jabalinas.
[–> [–>[–>Estas dos imágenes navideñas de 2010 y 2026 –aun siendo escenificadas en pleno verano– son el descanso del guerrero, pura ficción. Tres días después del éxito comunitario, ya podemos volver a la batalla entre fachas y comunistas, centralistas y nacionalistas, feministas y machistas, veganos y carnívoros.
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Celebrar las victorias futbolísticas de España es flor de un día. Para hacer ruido y terminar abrazando las farolas nos vale, pero esta farándula, dos veces cada 16 años en el mejor de los casos, es poco nutritiva. Menos glamuroso pero más socorrido es seguir pegándonos día a día por si la tortilla de patata debe llevar cebolla o si el pan con tomate se frota, se exprime o se bendice.
[–>[–>[–>Lo que une y separa a España no son los trofeos y las medallas, sino las sobremesas de machete entre los dientes. Las auténticas batallas, las que más nos apasionan, no las libramos contra el extranjero, sino contra nosotros mismos.
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