Los aranceles de Trump al mundo ponen a la globalización contra las cuerdas

El mes pasado el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, ofreció en Silicon Valley su interpretación de por qué la globalización ha fallado a ojos de la Administración Trump. Vance habló de la deslocalización de empleos a países con bajos costes laborales, pero sobre todo insistió en que no habría cumplido con la premisa de hacer del mundo pobre una gran fábrica de productos baratos mientras el mundo desarrollado mantenía su monopolio sobre las tecnologías de alto valor añadido. «La globalización se sustentaba en la idea de que los países ricos ascenderían un poco más en la cadena de valor, mientras los pobres fabricaban cosas más sencillas», dijo el vicepresidente. Países como China han roto el corolario de Vance. Y ahora su presidente parece decidido a revertir el fenómeno de interdependencia económica que ha ayudado a sacar de la pobreza a más de 1.000 millones de personas, no sin dejar por el camino un reguero de perdedores.
La resaca de los masivos «aranceles recíprocos» anunciados el miércoles por Donald Trump ha dejado múltiples lecturas. Desde el clamoroso escepticismo expresado por las bolsas, que han reaccionado con fuertes pérdidas, hasta la decepción de los aliados de EEUU, sorprendidos por las dimensiones del golpe y obligados a participar en una guerra comercial de la que no quieren ser partícipes. Pero más allá del shock inmediato, los planes del magnate son una ruptura radical con el modelo de libre comercio que Washington ha abanderado desde el final de la Segunda Guerra Mundial y un golpe de consecuencias imprevisibles para la globalización comercial que ha regido el mundo desde finales del siglo pasado.
«El mayor bombardeo arancelario del presidente Trump envía una clara señal a las compañías estadounidenses y extranjeras: la era de la globalización se ha acabado«, señalaba este jueves ‘The Wall Street Journal’, una de las biblias del liberalismo económico. «La Casa Blanca quiere que los bienes vendidos al consumidor estadounidense salgan de fábricas estadounidenses, cerrando así el telón del apoyo de EEUU a la globalización turboalimentada que ha propulsado la economía mundial durante décadas».
El republicano sueña con la autarquía o algo parecido, el mismo modelo que buscó la Alemania nazi con su economía de guerra, la España hambrienta de Franco o la dinastía Kim de Corea del Norte. «Trump cree en la autosuficiencia económica», dijo Vance hace unas semanas. Algunos economistas creen que los aranceles podrían servirle para conseguir algunos de sus objetivos a corto plazo, como aumentar substancialmente la recaudación en aduanas, repatriar empresas o lograr que multinacionales extranjeras se instalen en el país. Algunas como Apple, Hyundai o Johnson & Johnson ya han anunciado inversiones multimillonarias para expandir sus operaciones en EEUU.
Malos precedentes históricos
Pero el experimento tiene un componente suicida. «Si impones aranceles a un país, tienes otros mercados a tu alcance. Pero si se los impones a todo el mundo, no te queda más que tu propio mercado», le ha dicho al ‘Financial Times’, Richard Fontaine, presidente del Center For a New American Security. Y, actualmente, cerca de la mitad de lo que EEUU importa son bienes intermedios utilizados en su mercado doméstico para el producto final. «Históricamente, los países que lo han intentado han tendido a acabar con menos crecimiento, menos empleo, precios más altos y menos competitividad», añade Fontaine. Ministros de Economía como el alemán Robert Habeck han advertido que la espiral arancelaria de la Casa Blanca «podría arrastrar a la recesión a algunos países y causar un daño masivo en todo el mundo».
Y es que el golpe de Trump, que no deja de ser una masiva subida de impuestos para los importadores estadounidenses y un muro cuasi infranqueable para la competitividad foránea, no tiene precedentes en mucho tiempo. La suma de sus aranceles universales y los específicos, como un 20% para la UE o un 54% acumulado para China— ha dejado la tasa media en un 24%, según el banco JP Morgan, el porcentaje más alto desde hace un siglo. Antes de este último anuncio, estaba en el 10%; antes de la llegada de su llegada al poder, en el 2,5%.
Globalización a prueba de bombas
Pase lo que pase, sin embargo, no habría que dar la globalización por muerta. El mundo lleva casi una década escribiendo periódicamente su certificado de defunción. Pero lo cierto es que ha sobrevivido a guerras y pandemias mejor de lo esperado, por más que haya indicios de un aumento en la regionalización del comercio o de la formación de bloques. El último informe del Harvard Business Review sobre el estado de la globalización, de 2023, afirma que los flujos comerciales, de capital y de personas se han recuperado con creces del colapso de la pandemia o la invasión rusa de Ucrania. «No hay ninguna señal de una caída sostenida de los flujos internacionales», señala el informe.
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