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Los músculos

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  • Publishedmayo 2, 2026


En sus puestos, apoyadas las plantas de los pies en los starter blocks, una rodilla en tierra, los atletas aguardan, tensos, el disparo. No hay tiempo para que el cerebro dicte la orden de salir, es un reflejo. Los músculos se contraen con la máxima potencia y salen despedidos a una velocidad ya inalcanzable para el común de los humanos. En esos primeros segundos, quizá dos o tres, los músculos pueden contraerse gracias a la energía acumulada en las baterías ( el ATP) que tienen las células. Es poca porque pesa mucho. Como en los automóviles, no está resuelto el sistema de guardar energía disponible inmediatamente. Es poca, sí, pero suficiente: consigue las proteínas que contienen cada célula muscular se deslicen unas sobre otras y se produzca una contracción. Son los filamentos que tan bien se ven al microscopio óptico y que identificó hace mucho Huxley: torres de actina alternando con torres de miosina haciendo bandas, de ahí, músculo estriado. Las activa una corriente eléctrica que descarga el nervio, casi siempre ordenado por el cerebro ( otras veces, un reflejo como retirar la mano del fuego). En los primeros segundos no hay combustión. Cuando ya se ha vaciado el músculo de ATP y necesita urgentemente más energía no queda otro remedio que fermentar la glucosa que tiene el músculo de reserva. Es muy ineficiente, se gasta mucha glucosa. No importa, es suficiente para generar unos pocos ATP para que la actina se deslice sobre la miosina, unas veces acortando el músculo, el que hace la fuerza, otras alargándolo, el que se opone: son los antagonistas. Cuando cruza la meta en su sangre hay ácido láctico, el subproducto de la fermentación de la glucosa. No es mucho, pero no es conveniente tenerlo: acidifica la sangre y los tejidos. Hay que metabolizarlo para aprovechar toda esa energía residual en los enlaces de carbono. Es el metabolismo aeróbico. El atleta respira profundamente. Está resolviendo el desarreglo metabólico



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