Los paisajes nos conducen
Viajo en mi propio vehículo, unos mil kilómetros, desde Asturias hasta La Manga. Salgo de madrugada y empieza a amanecer poco antes de llegar a Madrid. En esta primera mitad del trayecto, tengo la impresión de permanecer en el mismo lugar: dentro de la uniforme quietud de la noche, rota solo por las señales y las luces sobre el asfalto, con las rayas blancas que vienen hacia mí para guiarme.
[–>[–>[–>Así, durante este tramo nocturno, parece que todo se acorta: como si el viaje comenzara con la luz solar, o antes, con el tenue anuncio de la alborada, al vislumbrar en el firmamento un eco de Rothko.
[–> [–>[–>Luego, ya encendido el día, son los recortes del horizonte los que me guían, abriéndome los espacios en toda su magnitud. Entonces comienza una doble conducción: no solo conduzco el auto hacia delante, sino también aquello que, en sentido inverso, va llegando a mi encuentro; un tríptico variable de luz, paisaje y tiempo.
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Dentro del coche, el conductor lleva y es llevado; conduce y es conducido por lo externo, como en los simuladores que se utilizan para la renovación del carné de conducir, en los que el vehículo se guía sin avance ante las curvas de la carretera que vienen hacia él.
[–>[–>[–>¿Será igual en la vida, en ese continuo encuentro con lo que va viniendo?
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¿Quién conduce? ¿Quién decide? ¿Quién nos guía? ¿La noche acorta o alarga nuestra existencia?
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[–>¿Incapaces de salir de nosotros mismos, podrían ser muchos viajes los pretextos de una huida; o más bien rutas primigenias de nuestra especie que permanecen como búsqueda?
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Para no salirnos de la carretera vital, continuamente renovamos el carné de existir: por la noche, con las luces encendidas para leer las señales de los sueños; y de día, al giro de la luz del sol, conducidos por los paisajes que al avanzar se nos adentran.
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