Más saludos para dar y recibir
Aconsejo vivamente no saludar. Sálgase y dese por saludado de casa otee el aire primaveral, vista alzada. No salude. Veamos: «saludar», ese acto tan cotidiano, lo resume el DLE de la RAE (o sea, el Diccionario de la Academia) así: «Dirigir a alguien, al encontrarlo o despedirse de él, palabras corteses, interesándose por su salud o deseándosela, diciendo adiós, hola, etcétera». ¿Palabras corteses? ¿Interesarse por? ¿Desear a? Seamos sinceros y seamos sinceras y convengamos que la cosa va de conseguir que el prójimo solvente el saludo ajeno para espetar el propio a toda leche. Ojito: a no ser que se procure la gracia, el donaire, la buena leche, el buen rollo. Bienvenido sea entonces. O sea, casi nunca.
[–>[–>[–>Me gustan mucho dos negocios argentinos de mi barrio: una pastelería que debería perseguir el Santo Oficio por los primores celestiales que dispensa una atentísima dama y un quiosco de prensa donde oficia con infinita paciencia un encanto de mujer. En ambos negocios, suelo romper la habitual solemnidad silenciosa del sitio al entrar gritando un verso del himno de la Argentina. Les pregunto: «¿Al gran pueblo argentino?». Y tanto una como otra lo completan gozosas: «¡Salud!». ¿Una pijada? Sí, pero alegra el día.
[–> [–>[–>Hay saludos que nunca entendí: un suboficial austerísimo de la Armada en que serví llegaba inadvertido, nos observaba a los marineros de hito en más hito y concluía: «Y ojo al mono, que es de goma». Otro es aún peor de pillar pues ya conoce la tumba el autor del dicho, avilesino del XIX, rector que fuera de la Universidad de Oviedo. Hombre, al parecer, cumplidor en extremo, preparó con mimo, horas y clavando los codos un discurso importantísimo (no importa cuál). Hasta la última coma revisó. ¿Todo en orden? No. ¡Falló en el saludo! Desde la altura de su tarismil peana o estrado se dirigió a los presentes y saludó: «¡Queridos súplices!». ¿Qué demonios, qué ángeles significará «súplices»? Nadie lo sabe ni creo, sabrá. He puesto a un equipo de filólogos a la labor. Los veo desmayados, sin moral… Pero la ignorancia del «súplices» no me impide entrar en mis tiendas de barrio a la voz de «¡Buenos día, súplices!». ¿Una pijada? Sí, pero alegra el día.
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Copio la anécdota de un encuentro más que de un saludo de alguien (¿Iñaki Uriarte?) porque me encanta y no deseo que se diluya. Hans von Büllow, director de orquesta, virtuoso pianista y compositor romántico alemán –también copio este trozo de algún lado– al salir de cierto teatro, tropieza con un transeúnte que le espeta despistado y apurado y maleducado y con muy malas pulgas: «¡Idiota!». En vez de responder con otro exabrupto o una cachetada, invierte la faltosada: «¡Hans von Büllow!». Ya saben: si alguien me grita «¡Imbécil!» por la calle, responderé en posición de firmes: «¡Francisco García Pérez!».
[–>[–>[–>La ostranenie es ese extrañamiento que da la vuelta a las cosas que se espera que uno diga. Había quedado un servidor en una aldea de la montaña leonesa con cierto escritor de más fama que lectores. Cuatro gatos de población. Ni para un dominó. Lo vi a lo lejos. Iba a saludarle sonriente y me espetó el muy taimado, cual era su estilo: «Buenas tardes. Qué desagradable coincidencia».
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Dos últimas maneras de saludar. Otro escritor amigo del anterior, aunque de más lectores que fama, aconsejaba desmadejarse sobre un sofá en la reunión social correspondiente y al llamar por su postura la atención de una señorita (o como se diga) habría de susurrar: «Antes que enhebre, sepa usted, joven, que he sido el segundo amante de la segunda mujer de Idi Amin Dada…».
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[–>Así que no saluden o, por lo menos, alegren el día con pijaditas, sí, pero no me cuenten su tristísima vida. Porque les aplicaré lo que dijo un novelista argentino a quien lo amenazaba con leerle en la misma vereda una novela que recién había escrito: «Ten cuidado, tengo yo otra».
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