Me echaron de un trabajo y fue como caer al vacío; me daba vergüenza decirlo
Al poco de publicar su primera novela, cuando aún no se había convertido en un fenómeno fenomenal pero ya apuntaba maneras, Regina Rodríguez Sirvent (Alp, 1983) vivió la que probablemente fue la peor noche de su vida. Acababa de dar a luz de forma muy prematura a su hijo Bruc y estaba ingresada en Vall d’Hebron infectada por listeria. «Pensaba que me volvía loca», recuerda la autora del ‘Les calces al sol’, más de 100.000 ejemplares vendidos y subiendo y uno de los debuts más sonados de la literatura catalana de los últimos años. En el hospital, con un crío recién nacido en la UCI neonatal y una vía cosida a la vena, el miedo se la comía a dentelladas. «Tenía el móvil, lo abrí y me tragué ‘Polònia’, ‘APM?’ y ‘Cites’. De pronto pensé: ‘esto me está salvando igual que el antibiótico que llevo en vena’. Y precisamente eso es lo que estoy defendiendo ahora», relata poco antes de que ‘Crispetes de matinada’ (La Campana), su segunda novela, llegue a las librerías para ponerlo todo patas arriba una vez más.
[–>[–>[–>En ella, Rodríguez Sirvent se reencuentra con Rita Racons, protagonista de ‘Les calces al sol’ y alter ego nada disimulado de la autora, mientras reflexiona sobre los sueños cumplidos (o echados a perder) en uno de los primeros coworkings de Barcelona. Una vez más, las vivencias de la propia escritora, su paso por Atlanta como ‘au pair’ y su regreso a Barcelona para alternar, según el día, ‘Los lunes al sol’ y ‘La red social’, son la materia prima de esta tragicomedia ‘juddapatowesca’ que hace del humor y la comedia bufa tabla de salvación.
[–> [–>[–>¿Cómo de difícil ha sido la siempre difícil segunda novela?
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Con ‘Les calces al sol’ no sabía cómo funcionaba el mundo editorial, no tenía ni idea de nada, así que me he dicho que nadie está pensando en mí ahora mismo. He protegido mi espacio, que es lo que me lleva a escribir. Si yo no me lo paso bien, no tiene sentido. Yo he venido a esta vida a pasármelo bien; lo que me lleva a ponerme miles de horas delante de un ordenador, es precisamente eso, la alegría.
[–>[–>[–>En esta sociedad, en realidad en todas las sociedades del primer mundo, hay un desprecio o menosprecio hacia el humor, cuando en realidad es lo que nos salva cada día»
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En la novela, Rita ya sabe lo que quiere hacer, pero sigue tanto o más perdida que en ‘Les calces al sol’.
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Una de las cosas que quería dejar claras es que yo lo que quería era escribir una novela y no podía estar más lejos de eso. Como ella, estaba vendiendo vinos en Japón. Y eso es real. ¿Qué me estaba pasando? ¿Cómo me podía haber desviado tanto? Eso, para arrancar el libro, me funcionaba muchísimo. Yo volví de Atlanta sabiendo que mi tipo de escritura no iba hacia el periodismo, que era creativa. Tenía que ganarme la vida y pensaba que no podía ganármela escribiendo. Estaba tan perdida a nivel vital que iba haciendo todo tipo de trabajos. Hasta que me echaron de uno.
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[–>Como le ocurre a Rita en el libro.
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Eso es. Te echan de un trabajo y caes en el vacío. Es superviolento. Me daba vergüenza decirlo, porque no había oído nunca a nadie contar que lo hubieran echado. Pensaba: ‘¿y ahora cómo explico yo esto?’ Me sentía avergonzadísima. Aquello fue un detonante. Había organizado historiales en un hospital, había vendido fotos, me ficharon durante un mes para vender escritorios virtuales… Al final pensé: ¿pero qué haces? Y todo porque era muy difícil ponerse a escribir y pensar que podías ganarte la vida con eso.
[–>[–>[–>Regina Rodríguez Sirvent posa en la terraza del hotel Barcelona Edition antes de la entrevista / Pau Gracià
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Una novela «como Dios manda», dice en un momento la protagonista, es «seria, rigurosa» y «nace del dolor de la pérdida identitaria». Lo contrario al humor y la risa, vamos.
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Tardé una década en encontrar mi voz, porque los referentes que buscaba, con los que creía que me tenía que identificar, eran más oscuros, más densos. Me buscaba en historias ajenas, pero tuve que hacer este viaje para darme cuenta de que el humor es siempre suficiente y elevado. En esta sociedad, en realidad en todas las sociedades del primer mundo, hay un desprecio o menosprecio hacia el humor, cuando en realidad es lo que nos salva cada día. Para mí es un puntal, aunque no quiero decir que esto sea una comedia, porque luego la gente lee tres páginas y si no se ríe a carcajadas se decepciona.
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El retrato de ese ‘coworking’ en el que trabaja Rita, con todos esos emprendedores entusiasmados mientras hay quien recuerda que «la Gauche Divine fue la cortina de humo de la precariedad», tiene algo de paródico.
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Puede, pero me gustaría pensar que también hay un mensaje ahí de qué bien que exista esa gente. Porque si no hay soñadores, al final nada empieza. Yo también pensé que podría escribir una novela y ha pasado. El libro, al final, tiene que ver con los sueños. Lo fácil es despreciar la parte artística y soñadora, pasa constantemente, pero hay una parte de inconsciencia que es muy poderosa, y yo la quiero proteger.
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Yo he venido a esta vida a pasármelo bien; lo que me lleva a ponerme miles de horas delante de un ordenador, es precisamente eso, la alegría»
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¿La inconsciencia es también una buena manera de lidiar con el éxito y las listas de ventas?
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Absolutamente. Es que además es muy injusto, porque quienes escribimos lo que hacemos es explicar cómo amamos y entendemos la vida. Eso es subjetivo y personal. Comparar esas cosas es injusto, absurdo y no le hace ningún favor a nadie: ni al autor, ni al lector, ni a nadie. Evidentemente todo el mundo quiere vender, porque inviertes mucho tiempo y quieres que lo que escribes llegue lo más lejos posible. Pero que eso no sea la premisa ni el horizonte. Porque si no, no funcionará.
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Regina Rodríguez Sirvent / Pau Gracià
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¿Cómo es su Barcelona?
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Para mí siempre será una especie de Ítaca, porque yo soy de pueblo y para mí Barcelona era el mundo de las oportunidades. Hasta que cumplí los 18 años como mucho venía una vez al año. Llevo 12 años en la Barceloneta, pero creo que siempre viviré en esa especie de idealización. Mi ancla sigue estando en La Cerdanya, pero mi trabajo es llevar a gente que tiene muchas ganas de conocer la mejor versión de Barcelona y está de vacaciones y feliz, así que durante muchas horas enseño la ciudad, lo que para mí es un honor y un privilegio. Mi Barcelona también son las aceras barridas y el olor a café de Can Salvador que ya narraba Vazquez-Montalbán. Son las calles del Born donde juegan mis hijos, y por donde corro yo temprano, sola, como si volviera al pueblo de pequeña, sólo que éste tiene 2.000 años y es el pueblo más bonito que he visto nunca. Claro que hay cosas malas y sé perfectamente que hay una Barcelona muy precaria y dura, pero si la miras con los ojos de alguien que viene de fuera es muy bonita.
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¿Aprovecha para sus novelas algo de lo visto u oído en estos ‘tours’ gastronómicos que organiza para turistas extranjeros?
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Yo soy una urraca: lo aprovecho todo, absolutamente todo. Explicar Barcelona también te da esa distancia, la de mirar la ciudad a través del otro. Charlotte [uno de los personajes de ‘Crispetes de matinada’] Es un producto de mis clientes. ¿Conoces a Damon Lindelof, el guionista de ‘Perdidos’? Pues ‘Les calces al sol’ se está leyendo porque le hice un ‘tour’.
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¿Qué le espera a Rita Racons en el futuro?
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Aventuras. Su hábitat es la aventura. Para mí la vida cotidiana puede ser perfectamente épica. No le espera una vida tranquila, ni calmada, ni previsible. Ahora se publica ‘Les calces al sol’ en Estados Unidos y en septiembre me iré de gira. Que los niños a los que cuidé estén ahora leyendo el libro y que el barrio donde viví todo el mundo lo esté leyendo es como cerrar el círculo.
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‘Crispetes de matinada’
Regina Rodríguez Sirvent
La Campana (edición en castellano a cargo de SUMA)
468 páginas
21,75 euros
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