meriendas, bingo y muchas risas
En un local discreto de La Fresneda, dos tardes por semana, suenan fichas de lotería, platos de postre y risas que no entienden de edad. Un espacio en el que no hay estatutos, ni cuotas obligatorias, ni juntas directivas. Lo que hay es algo más sencillo y, quizá por eso, más sólido: un grupo de amigas que decidió que la soledad no iba a ganarles la partida.
[–>[–>[–>Cristina de Castro fue durante años el alma visible de la Asociación de Mayores de La Fresneda. Hoy prefiere hablar de «grupo de amigas». «Antes éramos asociación legal, inscrita en el Ayuntamiento, con nuestras subvenciones y nuestros papeles. Ahora somos simplemente ‘tus amigas las mayores de La Fresneda’».
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La historia empezó hace más de una década, cuando en una urbanización joven comenzaban a asomar las primeras canas. «La Fresneda surge de gente muy joven, pero claro, los años pasan. Yo llevo aquí 34», recuerda Cristina de Castro. Algunas vecinas ya no querían bajar todos los días a la cafetería de la plaza, no tenían un espacio propio y alguien lanzó la idea de organizarse para contar con un local para el ocio.
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«Una de ellas me llamó y me dijo: ‘Oye, ¿por qué no hacemos esto?’. Y lo hicimos», cuenta. Corría aproximadamente 2012 cuando empezó a tomar forma la asociación. El Ayuntamiento les cedió el local que aún utilizan, y durante años desarrollaron talleres de memoria, continuidad, cerámica y todo tipo de actividades. «Todos los alcaldes se portaron de maravilla. Nos dieron el local, que es nuestro… bueno, hasta que el alcalde diga lo contrario», bromean.
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Los amigos de La Fresneda que juegan al juego con el paso del tiempo
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El proyecto vivió uno de sus momentos dorados con la publicación de un libro de recetas que aún hoy Cristina de Castro recuerda con orgullo. Se titulaba «Tardes dulces, dulces tardes» y «fue un exitazo. Vivimos del libro años», afirma. El formato era tan original como entrañable: en cada doble página, la fotografía de una socia, un perfil escrito por Cristina y, al lado, su receta. «Las conocía muy bien a todas. Hacía un pequeño retrato de cada una y luego iba su receta, como ella quisiera», rememora.
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Hubo incluso un hombre en el grupo en aquella etapa inicial. «Y nunca más volvió», dice entre risas, porque «ellos son de otro perfil más intelectual, nosotras nos juntamos para pasarlo bien sin más».
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Los amigos de La Fresneda que juegan al juego con el paso del tiempo
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Aquella asociación original llegó a organizar excursiones y comidas, y durante años recorrieron Asturias y compartieron mesa con frecuencia. Pero las vicisitudes del Covid hicieron que su dinámica también cambiara desde hace unos años. «Llegamos a ser 60, 62, y cuando llegó la pandemia desaparecieron la mitad», explica De Castro. El miedo, las restricciones y la vulnerabilidad marcaron un antes y un después, y muchas de las mujeres mayores de La Fresneda tardaron cinco años en volver a salir con tranquilidad, porque los familiares tenían mucho miedo a los contagios. Sin actividad regular y con una estructura legal que implicaba gastos y responsabilidades, decidieron dar un paso práctico: disolver la asociación formal y ser lo que son ahora: un grupo de amigas que juegan juntas y se divierten, que llevan dulces, tortillas y empanadas para merendar y que, además, han tejido una importante red social. Cristina de Castro ha creado un grupo de WhatsApp en el que participan todas, y alguna hija en su defecto, y a través de este canal se enteran de las novedades, se saludan, se citan y comparten ayuda cuando es necesario. «Saben que pueden llamarme a cualquier hora del día o de la noche y yo me acerco a lo que necesiten», relata Cristina, consciente de que varias de ellas viven solas, o de que los hijos no siempre están disponibles. «El lema que yo les dije es: ‘Si tú me dices ven, lo dejo todo’», señala. Si alguna se pone mala y la hija está trabajando, se activan llamadas, se organizan acompañamientos.
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Ha sido un salvavidas para muchas de ellas, algunas recién llegadas para vivir cerca de los hijos, que no conocían a nadie en La Fresneda y que ahora se sienten arropadas por un grupo de iguales con el que compartir risas. Lo habitual es que se conozcan «en la misa de los domingos, y de ahí ya pasan al grupo de WhatsApp y a las sesiones de bingo», relata De Castro.
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Los amigos de La Fresneda que juegan al juego con el paso del tiempo
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Actualmente son unas 25 habituales. «Y las que vamos saliendo es porque morimos, no porque digamos ‘qué rollo’», subrayan con naturalidad. El objetivo no ha cambiado: «Pasarlo bien. Y que las que no tienen amigas las encuentren aquí los lunes y los jueves». «Están dos o tres horas dale que te pego. Comen, beben y juegan». Los lunes el local «está petado», y entre las habituales destaca Amelia Valera, que en mayo cumplirá 104 años. «Sin gafas y con sus dientes. Come como la que más y no se le pasa un número», presume Cristina.
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La Fresneda, concebida como urbanización joven, ha ido madurando. Y en ese proceso, este grupo se ha convertido en un pequeño centro neurálgico afectivo. Ya no hay estatutos ni subvenciones, pero hay algo más valioso: compañía. En un tiempo en el que la soledad no deseada golpea con fuerza a las personas mayores, estas mujeres han tejido su propia red. Sin solemnidad y con mucho humor. Porque, como resume Cristina de Castro, lo importante no es la forma jurídica sino el vínculo: «Somos amigas. Y mientras podamos venir, aquí estaremos».
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