Mis padres no cenaban para dejarnos comida a mí y a mi hermano. No éramos pobres, estábamos arruinados
Romelu lukaku Ha hecho de su historia personal una de las más potentes del fútbol contemporáneo, no sólo por los goles, sino también por la crudeza con la que cuenta de dónde viene.
De niño, el ahora delantero de la selección belga creció en un entorno marcado por la ruina económica familiar, el sacrificio silencioso de sus padres y el peso del racismo cotidiano.
Su descripción de la infancia no deja lugar a epopeyas edulcoradas. Recordó repetidamente cómo tuvieron que sobrevivir con lo mínimo, hasta el punto de ver a sus padres renunciar a su propia cena para que él y su hermano pudieran comer.
«Hasta los 16 años no fue fácil. Por la noche, mis padres no cenaban para dejarnos comida a mí y a mi hermano», dijo en un sentido mensaje de texto en La tribuna de los jugadoresenfatizando que en casa la prioridad eran los niños y que los adultos soportaban el hambre cuando no había suficiente para todos.
En este escenario, el fútbol dejó de ser sólo un juego y se convirtió en un salvavidas. Lukaku dijo que vivió cada partido de su infancia como si el futuro de su familia dependiera de esa actuación. No era sólo una cuestión de ambición deportiva, sino de necesidad.
En su imaginario, marcar goles significaba acercarse a la promesa que había hecho de niño: sacar a su equipo de la precariedad. Por eso insistió reiteradamente en que “no éramos pobres, estábamos arruinados”, frase que condensa la brutalidad de la época y la urgencia con la que asumió su carrera.
El rostro de su madre, adolphineparece ser el corazón de esta historia. Él mismo recordaba escenas en las que pedía pan a crédito o hacía malabarismos para que no faltara nada imprescindible.
Lukaku celebra un gol con Bélgica en el Mundial.
Cada avance en su carrera profesional, desde sus inicios con Anderlecht a sus contratos en la élite europea, fue presentado por Lukaku como una forma de recompensarle por todos estos esfuerzos.
El papel de su padre, rogeres de un nivel más formativo, pero no menos decisivo. Lukaku explicó que fue él quien le marcó objetivos concretos, como llegar al primer equipo del Anderlecht con 16 años, objetivo que tomó casi como un mandato.
Tras la muerte de su padre, el belga se despidió de él con un mensaje en el que le agradecía «por enseñarme todo lo que sé», unas declaraciones que resumen hasta qué punto su carácter competitivo y su trabajo llevan la firma de su padre.
A todo esto se suma una dimensión de identidad que ha marcado su relación con Bélgica. Lukaku admitió que desde niño tuvo que soportar que le cuestionaran sobre su pertenencia al país, que le pidieran documentos o que le llamaran «descendiente de congoleños» cuando las cosas iban mal, mientras que cuando destacaba era presentado como «el delantero belga».
En este ir y venir de etiquetas, su discurso consolidó una idea central: su recorrido no es sólo una acumulación de títulos y estadísticas, sino la respuesta de un niño que un día entendió que, para cambiar la vida de su pueblo, no podía permitirse el lujo de fracasar.
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