Nuestro pequeño mundo
No hay tiempo para todo. Uno no alcanza a informarse sobre los mundiales de fútbol, el combate de Topuria en la Casa Blanca, el presunto fin de la guerra en Irán y la correspondiente apertura del estrecho de Ormuz, la salida a Bolsa –la mayor de la Historia– de SpaceX, las joyas de Zapatero… No hay tiempo para todo y, sin embargo, lo intentamos, porque a estas alturas no estar pendientes de todo es poco menos que no estar pendientes de nada. Tenemos tanta curiosidad por saber lo que ocurre en el ancho mundo que no sabemos lo que pasa entre esas cuatro paredes que llamamos «hogar».
[–>[–>[–>Ayer, sin ir más lejos, no pude darles a mis hijos un desayuno en condiciones porque el día anterior se me olvidó comprar la leche. ¿En qué estaría pensando? ¿En la última serie de Netflix, en el último fichaje de Florentino Pérez, en el viaje del Papa a España, en la evolución del caso de Jonathan Andic, investigado por el presunto asesinato de su padre, fundador de Mango?
[–> [–>[–>Con la mirada puesta en el ancho mundo, no es de extrañar que uno pierda las llaves de casa, llegue apurado a la gasolinera sin apenas combustible u olvide el cumpleaños de un ser querido. Antaño era todo más sencillo, porque el ancho mundo era nuestro pequeño mundo, aquello que tenías al alcance de la mano: tus amigos, tu trabajo, la pareja, tus padres, el barrio y poco más. Pero como eso se ha revelado insuficiente, ahora queremos ser espectadores de todos los fregados desde el teléfono móvil o el ordenador.
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El XXI es el siglo de la interconexión, las tecnologías, los viajes espaciales, la IA, la computación cuántica, los órganos bioimpresos en 3D y los vehículos autónomos.En el fragor de la ansiedad informativa, ¿qué importa si olvidamos las citas médicas, una reunión en el colegio o entregar la declaración de la renta en el plazo estipulado? No hay tiempo para nada, excepto para perder el tiempo con aquello que apenas tiene algo que ver con nosotros.
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