Por la costa norte de Gran Canaria entre coquetas ciudades, piscinas intermareales, cuevas y queso Flor de Guía | Escapadas por España | El Viajero

El hecho de que la costa norte de Gran Canaria sea la que más sufre la furia incontenible del océano, unido a barrios rurales de arquitectura escasamente inspiradora, han hecho de este sector de “Atlántico sonoro”, que diría el poeta moyense Tomás Morales, una región relativamente poco visitada de la isla canaria. Y no será por alicientes: la salinera, el silo y la Cueva Pintada son aborígenes de este lugar —y ellos solos justifican la excursión—, sin contar los cascos históricos de los municipios de Arucas, Santa María de Guía y Gáldar, algo retirados de la costa. Para lograr la unidad en la diversidad, se añade el perfume salobre entre las plataneras salpicando la pituitaria de los conductores que recorren la autovía GR-2 en busca de los mejores spots de surf y bodyboard. A esto se añaden atractivos como los bosques de laurisilva en Moya, el queso de Flor de Guía, los abundantes restaurantes y las piscinas intermareales para poder nadar seguros en estas costas tan peligrosas.
Paseo por la salinera
El paseo marítimo desde la playa de Las Canteras, en Las Palmas de Gran Canaria; El Atlante, la escultura-collage de lava del escultor grancanario Tony Gallardo; las vistas de la bahía del Confital, y la presencia del concurrido restaurante El Mirador del Atlante han hecho del mirador del Atlante un sugerente punto de arranque para las rutas por el norte insular de Gran Canaria.
Después, tomaremos en la autovía la salida 9 El Portillo, en la ciudad de Arucas, para buscar las salinas del Bufadero, declaradas Bien de Interés Cultural y uno de los escasos ejemplos de salinera emplazada en piedra volcánica. En este lugar, los antepasados canarios se aprovisionaban para conservar sus alimentos. Como industria se remonta al siglo XVII, articulándose en charcos de captación —cocederos inundados en pleamar — y, en la parte superior, elevada el agua por motobombas, maretas cristalizadoras. Las salinas deben su nombre a los resoplidos que el oleaje causa en las cuevas de la zona intermareal. Una advertencia: es peligroso bañarse en esta zona.
Los rincones de Arucas
Subimos después al casco urbano de Arucas. Su rico mosaico de fachadas es escaparate de su riqueza en tiempos de la caña de azúcar (siglo XVI), la cochinilla (siglo XIX) y el plátano (mediados del siglo XX). Lo mejor en la ciudad es pasear por sus calles, por donde resalta, en fachadas y varandas, el trabajo en piedra gris que vira al azul extraída de las canteras aruquenses. Las torres de la iglesia de San Juan Bautista (1909-1977) imponen a la ciudad el rasgo más acusado de su personalidad. Recientemente, se ha empezado a cobrar cinco euros por la entrada. La “catedral” —así la llaman— fue diseñada en estilo neogótico por Manuel Vega y March, discípulo de Antonio Gaudí. Dentro está la escultura de Cristo Yacente, gracias a la cual el artista Manolo Ramos se revela como el gran anatomista que fue.
En la plaza de San Juan, comenzando con la casa parroquial (1683), se muestra la evolución de la arquitectura doméstica. En la calle Gourié destacan la Casa de la Cultura (siglo XVII) y su drago. Luego se camina a través de la calle León y Castillo, espina dorsal de Arucas. Entre las casonas de colores destaca, por su sala de exposiciones, la Fundación Mapfre Guanarteme. Las antiguas Casas Consistoriales (1875) acaban por dar carácter a la plaza de la Constitución.
De principios del siglo XIX es la Casa del Mayorazgo, actual Museo Municipal, que rescata del olvido obras de artistas aruquenses como Guillermo Sureda o Manolo Ramos. La compañía Heredad de Aguas de Arucas y Firgas, especie de comunidad de regantes, tiene su manifestación arquitectónica en la gran estructura central (1912), que posee una cúpula gallonada que se levanta por encima de la Cantonera Real. Con esta se medía ecuánimemente el reparto de agua, un bien muy preciado en las islas.
Para darse un respiro y descansar lo mejor es el exuberante parque munical y, para comer bien, Casa Brito, por sus carnes regadas con buenos vinos. Otra opción es La Catedral Bistró, de cocina fusión. Por añadidura, el mirador de la Montaña, a 408 metros de altura, permite observar el paisaje desde los cuatro puntos cardinales.
En Gran Canaria, la isla más caribeña del archipiélago, no es extraño que prevalezca la tradición ronera en la destilería Arehucas, donde se llevan a cabo visitas guiadas y actuaciones.
El señorial jardín de la Marquesa, desde 2023 propiedad de Lopesán, consta de un paseo botánico entre 2.500 plantas traídas de los cinco continentes. Una varita mágica recuerda que esto es Canarias, tierra de plataneras, cultivo que solo germina cerca de la costa dotando al paisaje de un aire exótico. A 300 metros, y sin salir de los dominios del marquesado de Arucas, está la entrada al hotel con más encanto de esta costa: La Hacienda del Buen Suceso, ejemplo de arquitectura colonial en una finca platanera de 500.000 metros cuadrados.
A partir de Bañaderos se despliega hasta San Felipe la costa de Lairaga. Tirar hacia El Puertillo es hacerlo a una caleta de arena situada frente a las piscinas intermareales de Los Charcones. Muy de moda está la terraza con vistas del restaurante y chill out La Marisma, con pescado de primera.
El Roque, el Cenobio de Valerón y Guía
La esencia más pura de la costa norte grancanaria late en El Roque, un barrio de Moya, que ocupa un peñón basáltico sobre el que las olas golpean con furia. La necesidad de dejar expeditos los campos para el cultivo explica este enjambre de casas en las que se han ocultado cañerías y coloreado algunas paredes. El paseo entre las casas desemboca sorpresivamente en la terraza del restaurante Locanda El Roque que impresiona por su ubicación. “Como en la proa de una barco”, repiten quienes devoran allí sus sabrosos pescados. Solo aceptan pago en efectivo. Una alternativa para un brunch o una copa es el restaurante Nativo Las Palmas.
A partir de El Roque encontramos enclaves surferos muy acreditados, como el de Soledad, en Moya. Este atrae a los expertos por una ola que empieza a romper a 500 metros de la orilla, y que por su fondo volcánico solo se recomiendaa a deportistas experimentados. De esta ola, muy técnica, se beneficia la escuela, hostel y restaurante Soledad Big Waves, gestionada por Carlos Moreno, vecino de El Roque.
Dejando atrás las piscinas intermareales del Charco de San Lorenzo, costeamos despacio hasta el barrio de San Felipe, en el municipio de Santa María de Guía, cuya playa, de nombre Vagabundo, es muy recomendada los días en que flojea la fuerza del mar. Las ricas parrilladas han dado a conocer al restaurante Los Pescaditos El Enyesque.
En este momento nos planteamos subir a conocer las medianías grancanarias para comprar, en Fontanales (Moya), los quesos de flor y de media flor, de la Denominación de Origen Protegida Queso Flor de Guía, que elabora Paca Moreno en la quesería Altos de Moya. Quien lo desee puede quedarse en el centro de Villa de Moya y comprar quesos del lugar en el Despacho de La Colonial, antes de acercarse a recorrer por espacio de casi dos kilómetros el bosque de la reserva natural especial de Los Tilos de Moya, uno de los últimos reductos de laurisilva en Gran Canaria.
Desde Villa de Moya se puede bajar por las montañas —también está señalizado en la autovía— hasta el Cenobio de Valerón, granero comunal aborigen; todo un espacio para la reflexión y el asombro etnográfico. En la montaña del Gallego, en el municipio de Santa María de Guía, se excavaron 350 silos dentro de una cueva abrupta, dotada con visera natural, con la particularidad de ser invisible desde el mar. Después de subir 190 escalones se observa el conjunto desde una nueva pasarela metalica con la que se ha recuperado la orografía primitiva o, lo que es lo mismo, la sensación de verticalidad. En una oquedad se recrea una cueva de habitación y en otra se pone de manifiesto cómo se usaba este granero tan emparentado con los norteafricanos. Nadie puede irse de Gran Canaria sin visitar este escenario de iniciación a las harimaguadas (sacerdotisas), lo que no deja de ser una especulación más propia del romanticismo.
Guía, capital del ayuntamiento Santa María de Guía, es una bella y típica población digna de conocerse. En ninguna otra fachada de la isla se puede observar como en la iglesia de Santa María de Guía la manera en que se aúnan, de forma tan afortunada, elementos barrocos y neoclásicos. El templo lleva a gala las ocho tallas del más grande escultor imaginero canario, el guiense José Luján Pérez (1756-1815). El órgano fue traído de Turín en 1900 siguiendo el consejo del gran compositor parisiense Camille Saint-Saëns, quien disfrutó en Guía de varias estancias. ¿Qué melómano no relacionará este instrumento con su tercera sinfonía con órgano? El camarín de la Virgen de Guía contiene una figura genovesa sobre trono cubano. El horario de las visitas es de 10.00 a 12.00.
Sin salir del ámbito musical, el museo Museo Néstor Álamo, abierto en una casa tradicional del siglo XVII, homenajea al padre de la música popular canaria ilustrando la evolución musical en el archipiélago.
En el casco histórico, pintado de vivos colores, se comprueba la amplia tipología de su arquitectura, tanto de viviendas tradicionales como señoriales y populares, ya sea con balconada de madera o con marcos de cantería y, en casos más modernos, con azulejería. Un consejo: hay que detenerse en el balcón canario-mudéjar de la Casa de los Quintana (siglo XVI). En Antoñita se elaboran dulces artesanos y en la terraza del bar El Casino triunfan el vino y las croquetas de queso.
Pocos se resisten al queso y si, además, es Flor de Guía, esa tentación se convierte en auténtico deseo. Bajo la denominación Queso Flor de Guía se engloban quesos cuajados con la leche cruda de oveja mezclada con leche de vaca o cabra y, de enero a mayo, con estambres de la flor del cardo azul. Para la media flor, se utiliza cuajo animal. Tanto La Bodega como Casa Arturo son buenos locales en Guía para catarlos acompañados de vinos locales.
Gáldar, Cueva Pintada y mucho más
Ya en Gáldar, cuyo casco urbano se ha remozado estos ultimos años, espera la iglesia de Santiago de los Caballeros, de fachada neoclásica, que guarda la pila Verde (siglo XV), en barro vidriado. La valiosa Purísima Concepción situada al fondo de la nave izquierda pertenece al maestro Luján Pérez. En este municipio también hay que buscar el drago (1718) en las Casas Consistoriales, donde se encuentra la oficina de turismo, y el estupendo patio del casino; sin perjuicio de tomarse un helado de frutas tropicales bajo los laureles de Indias, no en vano la Heladora La Única lleva 75 años aquí.
El prestigio de Gáldar se revela extraordinariamente interesante también en la Casa-Museo Antonio Padrón, puesto que la casi totalidad de la obra del pintor galdense —80 lienzos— se expone en la casa tradicional que le sirvió de estudio. Antonio Padrón (1920-1968) no ha tenido la proyección y el lustre de otros artistas, en parte por su muerte prematura, y eso que fue genial exponente de la corriente indigenista; expresionismo que conecta con la espiritualidad agraria y la magia del campo de las medianías.
Gáldar debió de ser contemplada como la metrópoli prehispánica de Gran Canaria, sede de los guanartemes (caudillos). En el centro de la ciudad está el Museo y Parque Arqueológico Cueva Pintada, uno de los yacimientos más singulares de Canarias: un poblado aborigen de casas y cuevas excavadas, cuya datación abarca desde el siglo VI hasta el XVI. Los arqueólogos han sacado a la luz 60 estructuras habitacionales de planta cruciforme y exterior ovalado, varias de las cuales se han recreado a escala natural. Una pasarela volada recorre el recinto, todo bajo una cubierta espacial de acero. Su centro de gravedad es la Cueva Pintada, artificial, que contiene una importante muestra de arte pictórico rupestre aborigen. Qué mejor que apuntarse a la visita guiada.
El nuevo Museo Agáldar recrea la historia de la ciudad en la casa del Capitán Quesada. También es reciente la apertura del mercado, abierto los fines de semana para la adquisición de productos autóctonos. Tanto las habitaciones como el restaurante del hotel Agáldar son siempre una apuesta segura.
Un final de viaje paseando por Sardina
Dejamos para el final la costa galdense y en ella las piscinas intermareales de Roque Prieto seguidas de la recién acondicionada piscina de Bocabarranco, con solario y el restaurante La Caldosa. A lo largo de 2025 está prevista la apaertura del centro de interpretación de la necrópolis de La Guancha, la estructura funeraria más grande de Canarias, que data del 800-1100 de nuestra era. Consta de dos torres concéntricas (las tumbas de mayor rango) y a su alrededor una serie de anillos concéntricos cada vez más grandes subdivididos a su vez en 43 pequeñas celdas, como en una miniatura de la estratificación social.
Muy cerca, los amantes de las olas deberían embocar a pie el paseo de la Guancha para apoyarse en la barandilla frente a un spot de alto voltaje llamado El Frontón, con fondo de lava, donde rompe una de las mejores olas en el mundo para la práctica del bodyboard.
El muelle de Sardina, abierto al tráfico rodado de 8.00 a 12.00, atesora un encanto peculiar, sencillo, sopesado. Lo adornan una cala de arena muy segura para el baño, alguna falúa de madera y botes auxiliares debido al escaso calado de este antiguo puerto platanero. El Aula del Mar se encuentra dentro de una cueva que fue habitada por pescadores, y en ella se conoce la enorme riqueza de los fondos marinos que se extienden justo delante de la escollera, enseñados por la escuela Buceo Norte. Todo acaba en el restaurante La Pizarra Sabores del Mar, el mejor sitio para esperar el atardecer cara al Teide.
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