Salud

Por qué dormimos peor que nunca aunque sepamos cada vez más sobre el sueño

Por qué dormimos peor que nunca aunque sepamos cada vez más sobre el sueño
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  • Publishedenero 7, 2026


Nunca hemos aprendido tanto sobre el sueño como hoy. Sabemos cuántas horas al día son recomendables, qué papel juega la regularidad, cómo influyen las pantallas y por qué dormir mal afecta la salud física y mental. La investigación científica sobre el descanso ha avanzado notablemente en las últimas décadas. Y, sin embargo, cada vez más personas en todo el mundo duermen mal.

En España, por ejemplo, esta realidad es particularmente visible. Casi la mitad de la población admite que no descansa bien. Diversos estudios estiman que aproximadamente El 40% de las personas tiene problemas de insomnio y que aproximadamente el 14% lo padece de forma crónica. Además, la tendencia va en aumento. A principios de la década de 2010, la prevalencia del insomnio crónico era de alrededor del 6 por ciento, menos de la mitad de lo que es hoy, según mostraron estudios de población anteriores.

Saber cada vez más sobre el sueño y dormir cada vez menos bien se ha convertido en una paradoja. Esto no se explica por falta de información o desinterés individual, sino por la forma en que hemos organizado el tiempo, el trabajo y la vida cotidiana. Hoy en día es cada vez más complicado hacer algo tan básico como descansar bien.

Cuando el conocimiento no es suficiente

Durante años, el sueño se ha abordado como un problema individual. Si una persona duerme mal se supone que no sigue las recomendaciones adecuadas o mantiene hábitos poco saludables. Este enfoque tiene un efecto claro: traslada la responsabilidad a la persona y deja en un segundo plano las condiciones sociales y laborales, que influyen decisivamente en el descanso.

Sabemos qué hacer para dormir mejor, pero no siempre podemos hacerlo.

Los datos procedentes de la psicología y la salud laboral muestran qué factores predicen una peor calidad del sueño, incluso entre personas bien informadas sobre hábitos saludables. Estos incluyen largas jornadas, horarios impredecibles y dificultad para desconectarse mentalmente del trabajo.

A esto se suma un cambio profundo en la forma de estructurar la jornada. En muchos casos, el día ya no tiene un final claro. Los correos electrónicos, mensajes y tareas pendientes prolongan la activación mental hasta altas horas de la noche.

Investigación sobre hiperconectividad y telepresión demostraron que esta disponibilidad constante se asocia con una mayor activación fisiológica y dificultad para conciliar el sueño y mantener el sueño. El cuerpo necesita señales claras de apagado para iniciar el descanso. Cuando la noche se convierte en una extensión del día, este proceso se vuelve más difícil.

El problema es que los métodos de trabajo han cambiado, pero la biología no. El cerebro humano funciona en ciclos y debe alternar entre activación y recuperación. El sueño no es una pausa pasiva, sino un proceso activo en el que se consolidan los recuerdos, se regulan las emociones y se recupera la capacidad de pensar con claridad. La falta de sueño afecta sistemáticamente a la atención, la memoria y la toma de decisiones.

A este problema se suma un factor menos visible, pero fundamental: Vivimos cada vez más alejados de nuestros ritmos biológicos naturales.. El sueño está regulado por relojes internos sincronizados con la luz, la regularidad y la alternancia día/noche. Sin embargo, los horarios irregulares, la exposición prolongada a la luz artificial, el trabajo nocturno y los días que se extienden más allá del anochecer generan un desequilibrio circadiano persistente.

El resultado no sólo es dormir menos, sino también en horarios biológicamente inadecuados. Esto reduce la calidad del descanso incluso cuando la duración total del sueño parece suficiente.

Además, no todas las partes del sueño se pierden por igual. Las últimas horas de la noche, que normalmente se acortan cuando nos acostamos tarde o nos levantamos temprano, son particularmente importantes para la regulación emocional y la integración de la información. Su pérdida se asocia con una mayor irritabilidad, una menor flexibilidad cognitiva y una mayor tendencia a reaccionar impulsivamente al día siguiente.

Dormir menos no sólo significa estar más cansado, sino también funcionar de manera diferente.

A este desequilibrio estructural se suma un componente cultural. En muchos entornos, especialmente laborales, la fatiga se ha normalizado e incluso valorado. Dormir poco sigue estando asociado al compromiso, la responsabilidad y la ambición.

Sin embargo, las investigaciones muestran que la fatiga crónica no sólo reduce el rendimiento. También deteriora el ambiente de trabajo, la cooperación y la calidad de las decisiones.

Dormir como responsabilidad individual y como negocio

Al mismo tiempo, el discurso sobre el bienestar ha tendido a hacer del sueño un producto de consumo. Apps, dispositivos de seguimiento, relojes que supuestamente registran cada fase del descanso, colchones inteligentes y programas especializados prometen ayudarnos a dormir mejor.

Si bien algunas de estas herramientas pueden resultar útiles, muchas abordan el problema con una lógica individual. Este enfoque se centra en optimizar hábitos o métricas, sin cuestionar las condiciones sociales y laborales que dificultan el descanso.

En algunos casos, esta obsesión por medir y hacer las cosas bien puede incluso empeorar el problema. En los últimos años, el término «ortosomnia» para describir la ansiedad relacionada con el sueño adecuado, según lo indicado por los datos del dispositivo. Las personas que duermen razonablemente bien empiezan a preocuparse excesivamente por sus puntuaciones, fases y despertares. Esto aumenta el estado de alerta nocturno y dificulta el descanso. La paradoja es obvia: Cuanto más intentas controlar el sueño, más se escapa..

Toda esta charla presenta el sueño como algo que se debe comprar, medir y mejorar, más que como una necesidad biológica básica que debe protegerse. Esta lógica refuerza la idea de que dormir bien es un logro personal, cuando en realidad depende de cómo se organizan los tiempos, las expectativas y los estándares colectivos.

Esta combinación de factores alimenta una paradoja que es difícil de resolver con soluciones rápidas. Estamos intentando corregir con la tecnología un problema que creamos al organizar mal el tiempo y el trabajo. Ninguna aplicación puede compensar los días impredecibles, la hiperconectividad constante y la imposibilidad real de desconectarse.

Artículo publicado en ‘La Conversación’.



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