Puerto Hurraco fue el crimen fundacional de la televisión privada
La Semana Negra de Gijón acogió este lunes en el Hotel Don Manuel una de las reflexiones más incisivas sobre la relación entre el crimen y los medios de comunicación. El escritor extremeño Luis Roso presentó junto al director de la Semana Negra, Miguel Barredo, su nuevo libro. “Puerto Hurraco. El espectáculo del horror”, una obra en la que revisa uno de los crímenes más impactantes de la historia de España y cuestiona el relato construido durante décadas alrededor de la matanza ocurrida en 1990.
[–>[–>[–>Durante el acto el autor defendió que el caso Puerto Hurraco supuso un punto de inflexión en la manera de informar sobre los sucesos. «Puerto Hurraco fue el crimen fundacional de la televisión privada en España», aseguró durante su intervención, en referencia a la coincidencia temporal entre la matanza y el nacimiento de las cadenas privadas, que transformaron la cobertura informativa en una competición por la audiencia. Para Roso, el principal problema no fue únicamente el crimen constatado por los hermanos Izquierdo, que acabaron con la vida de nueve personas, sino la posterior transformación de los hechos en un relato de ficción, marcado por el sensacionalismo, el morbo y los estereotipos sobre la denominada “España Negra”. El escritor defendió que tanto las víctimas como los propios habitantes de Puerto Hurraco fueron deshumanizados durante años y convertidos en personajes de una narración que poco tenía que ver con la realidad.
[–> [–>[–>Uno de los aspectos más llamativos de su investigación es la comparación entre el tratamiento mediático de Puerto Hurraco y el posterior caso Alcàsser. Roso sostiene que muchas de las prácticas inmorales que se utilizaron durante este caso ya se habían producido dos años antes en Extremadura. Equipos de televisión grabando funerales, cámaras entrando en domicilios privados o entrevistas a familiares y protagonistas en situaciones límite fueron algunas de las prácticas que, según explicó, hicieron que la sociedad exigiera límites morales a la hora de contar los hechos. Treinta y seis años después, Roso regresa a Puerto Hurraco para preguntarse por qué España decidió convertir aquello en un espectáculo.
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