relaciones intergeneracionales | Aprender a mirar el Alzheimer de frente: el Instituto Valle de Turón convierte las aulas en un puente emocional entre jóvenes y mayores con problemas de memoria
Lograr que un adolescente empatice con una persona mayor con problemas degenerativos es una tarea compleja. El Instituto Valle de Turón ha logrado que sus estudiantes ahonden en la lentitud de las palabras y en los silencios que deja la memoria cuando esta empieza a quebrarse. El centro lo ha logrado a través de un proyecto cargado de sensibilidad, logrando al mismo tiempo que quienes sufren demencia recuerden y mientras quienes disfrutan de las facultades pletóricas de la juventud comprenden el valor de cuidar un pasado que se difumina con los años.
[–>[–>[–>[–>[–>[–>En un aula cualquiera, un adolescente aprende fórmulas, fechas o conceptos. En el Instituto Valle de Turón, además, algunos han aprendido algo más difícil de enseñar. Sus profesores los han colocado en la posición de mirar a los ojos de quien olvida y comprenderles. El proyecto “La memoria del corazón, sentir para recordar” ha convertido esa lección en una experiencia compartida entre generaciones que, en apariencia, habitan mundos distintos.
[–> [–>[–>La iniciativa se enmarca en lo que la Consejería de Educación denomina proyectos de aprendizaje-servicio. Pero en Turón, la etiqueta se queda corta. En el inquieto centro el aprendizaje no solo se mide en conocimientos, sino en emociones. Estas han sido atesoradas en pequeñas cajas de música y en imágenes en movimiento surgidas de viejas fotografías gracias a la Inteligencia Artificial.
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María Jesús López, a la izquierda, le regala una caja de música a Flori. / Foto cedida a LNE
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La directora del centro, Emma Ovejero, destaca que la implicación ha sido transversal. El proyecto nació de la colaboración entre distintas áreas, pero encontró un pilar esencial en la Formación Profesional. “El papel de los alumnos del ciclo de APSD ha sido muy importante”, señala, en referencia a la participación del ciclo de Atención a Personas en Situación de Dependencia, que cuenta con una década de trayectoria en el instituto. Un ciclo con “muy buena salida laboral”, aunque con margen de crecimiento en matrícula.
[–>[–>[–>Junto a este alumnado, también participaron estudiantes de la ESO, del ciclo de Cuidados Auxiliares de Enfermería y de Bachillerato. El resultado fue un trabajo colectivo que desbordó las aulas para adentrarse en el Centro de Día de Turón, especializado en Alzheimer y otras demencias.
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Visitas al centro social
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Allí comenzó todo. Las primeras visitas no fueron virtuales ni simuladas. Se organizaron encuentros cara a cara. Los estudiantes entrevistaron a los usuarios para conocer sus gustos, sus recuerdos, los lugares que marcaron sus vidas. “El objetivo era obtener información de música, lugares e imágenes”, explican las docentes María Jesús López y Ana Marrón. Es decir, construir pequeñas biografías emocionales capaces de activar la memoria.
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[–>Ese proceso tuvo un impacto inmediato en los jóvenes. “El alumnado adolescente no tiene conciencia ninguna de lo que supone el deterioro físico”, reconocen los docentes. Pero al enfrentarse a esa realidad, lejos de provocar rechazo, ocurrió lo contrario. “Lo que nos emocionó es que se generó mucha empatía”, relatan. Las miradas de sorpresa dieron paso a la implicación. De pronto, ya no era un trabajo escolar, era algo dirigido a personas concretas, con nombre propio.
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Emilio Burguet, en el momento de recoger su caja de música. / Foto cedida a LNE
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Con esa información, el siguiente paso fue dar forma a los recuerdos. El proyecto se articuló en torno a tres ejes: música, imágenes y lugares. A partir de ellos, el alumnado diseñó 26 cajas de música personalizadas mediante impresión 3D, una para cada usuario del centro de día. Cada caja contenía canciones significativas, colores elegidos según preferencias personales e imágenes vinculadas a momentos felices de cada uno.
[–>[–>[–>“Las cajitas de música se diseñaron con impresión 3D y se hicieron totalmente particularizadas”, explica María Jesús López. En ese proceso, la tecnología jugó un papel clave. El profesor Adrián Salgado fue fundamental en este ámbito. “Sus conocimientos técnicos, especialmente en impresión 3D y en el manejo de aplicaciones para inteligencia artificial, tienen un papel esencial en este proyecto”, subraya el equipo.
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Realidad virtual
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Pero la innovación no se quedó ahí. Tres de los usuarios pudieron vivir una experiencia de realidad virtual diseñada a partir de sus propios recuerdos. Gracias al instituto se reencontraron con lugares donde vivieron, fotografías familiares e imágenes animadas con inteligencia artificial. “Se abandonaron totalmente a la experiencia”, destacan los profesores. En algunos casos, llegaron a hablar con personas de su pasado como si estuvieran presentes. “Cuando se pusieron las gafas 3D hubo momentos en los que parecía que estaban interactuando con su madre o a su marido fallecido hace años”.
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El acto de presentación del proyecto fue uno de esos instantes difíciles de olvidar por su carga emotiva. El salón de actos, lleno y en silencio, observaba las reacciones. “Se generó una atmosfera muy especial”, coinciden en destacan los responsables del proyecto. Para el profesorado, lo vivido demuestra el potencial de estas herramientas. “Han sido capaces de provocar reacciones a las que ni siquiera las terapeutas estaban acostumbradas”, destacan.
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Aun así, el objetivo nunca fue curar ni detener la enfermedad. “Nosotros no podemos prevenir ni mejorar el Alzheimer”, reconocen. Pero sí pueden actuar en algo igual de valioso: el bienestar. “Nos sirve con haber contribuido a reducir el estrés, generar calma y provocar una chispa de reconocimiento”.
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El proyecto también incorporó una vertiente científica, con la participación de investigadores que acercaron al alumnado las líneas actuales de estudio sobre el Alzheimer. Una forma de completar el círculo entre emoción, tecnología e investigación.
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