Sobre el derecho a decir “no sé”. Cuando el presente aún no tiene nombre
Veterinaria. Astronauta. Bailarina. La lista estaba escrita con letra infantil, grande, insegura y llena de ilusión. Con el paso de los años, cada palabra fue tachada. No de golpe, sino poco a poco, casi con cuidado. Al final, solo quedó una: “No sé.”
[–>[–>[–>Muchos adultos leen ese “no sé” como un vacío. Como una falta de ideas, de ambición o de esfuerzo. Pero casi nunca lo es. El “no sé” de tantos adolescentes no es ausencia de futuro: es ruido. Ruido de expectativas ajenas, de comparaciones constantes, de prisa social y de preguntas lanzadas demasiado pronto. Es el resultado de haber tenido que decidir antes de haber podido explorar.
[–> [–>[–>Vivimos en una sociedad que idolatra las respuestas rápidas. Preguntamos muy pronto: ¿qué vas a ser?, ¿a qué te vas a dedicar?, ¿qué vas a estudiar? Y cuando la respuesta no llega, interpretamos el silencio como un problema. Pero en muchas ocasiones ese silencio no es desorientación, es saturación. No es falta de camino, sino demasiadas voces hablando a la vez.
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En la adolescencia, el cerebro está aprendiendo a integrar emoción, identidad y futuro. La poda neuronal reorganiza rutas, el sistema emocional empuja con intensidad y la parte que planifica y decide aún se está afinando. En ese contexto, exigir certezas es como pedirle a alguien que corra mientras todavía está aprendiendo a sostenerse en pie. No es justo, ni eficaz.
[–>[–>[–>El “no sé” suele esconder una herida silenciosa: la de haber sentido que soñar era peligroso. Que equivocarse tenía un coste demasiado alto. Que probar y fallar no estaba permitido. Así, los sueños no desaparecen: se esconden. Se tapan para no decepcionar, para no fallar, para no quedar fuera.
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Cuando un adolescente dice “no sé”, muchas personas adultas reaccionan desde su propia ansiedad: “Algo tendrás que hacer.” “Así no llegarás a ningún sitio.” “Antes no nos daban tantas vueltas.” Son frases comprensibles, incluso bienintencionadas, pero que estrechan en lugar de abrir. No acompañan: presionan. No siembran: cierran. Transforman una etapa de búsqueda en un examen permanente.
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[–>Acompañar una lista tachada no consiste en exigir una respuesta, sino sino en respetar el tiempo necesario para que algo vuelva a decirse. No se trata de elegir una respuesta, sino de volver a tocar aquello que estaba ahí cuando uno se sentía vivo, ilusionado o feliz. Antes de decidir, conviene recuperar el contacto con lo que latía, aunque todavía no sepa ponerse en palabras. El “no sé”, en ese sentido, no es un bloqueo, sino una forma honesta de decir “todavía no”.
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Ese “todavía no” no es un fracaso. Es un comienzo. El silencio no es pasividad, es terreno fértil. A veces, junto al “no sé”, aparecen otras respuestas parecidas —“me da igual”, “ya veremos”, “no quiero pensar en eso”— que no son rechazo, sino distintas maneras de proteger un proceso que aún está en marcha. Cuando una persona adulta valida la incertidumbre, el adolescente deja de vivirla como defecto y empieza a verla como fase natural del crecimiento. Y solo entonces puede reaparecer algo esencial: la curiosidad, el deseo, el ensayo.
[–>[–>[–>La tarea adulta no es llenar el futuro de respuestas prefabricadas, sino cuidar el espacio donde las preguntas puedan madurar sin miedo. Acompañar no es empujar, ni dirigir, ni decidir por el otro. Es estar sin invadir, confiar sin exigir resultados inmediatos y creer lo suficiente en la persona como para permitirle no saber todavía.
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Quizá el mayor acto educativo de nuestro tiempo sea este: defender el derecho a no tener respuesta en una sociedad que solo valora a quien ya la tiene. Esto ocurre con especial intensidad en la adolescencia, pero no es exclusivo de ella: a lo largo de la vida, hay momentos en los que también necesitamos decir “no sé” para no traicionarnos. Cuidar ese espacio intermedio donde el futuro aún no está claro, pero la vida sigue latiendo. Ahí, precisamente ahí, es donde nacen los caminos verdaderos.
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Porque una lista tachada no es una derrota. Es una historia que aún no se ha escrito. Y acompañar ese momento —con respeto, con paciencia y con esperanza— es una de las formas más altas de amor público que una comunidad puede ofrecer a sus jóvenes.
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