Trump y la inmigración
Rafael Puyol es presidente de la Real Sociedad Geográfica
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El crisol de Dios. Así definió a EEUU el dramaturgo ruso Israel Zangwill en su obra teatral The “melting pot” que puede traducirse de forma más ajustada como crisol de culturas. USA es un país donde todo es posible, donde se puede comenzar siendo el portero de un edificio y llegar a ser su propietario, trabajar de ascensorista en un banco y convertirse en su director, o vocear periódicos en la calle y transformarse en magnate de las telecomunicaciones. Es el país de las oportunidades y un ascensor social eficaz para quienes aspiran a prosperar. Es (¿era?) la nación de la libertad, de la democracia, de los derechos civiles, todo lo cual define el American Dream que promovió la llegada de millones de emigrantes, convirtiendo a la nación en el modelo por excelencia de un territorio de acogida.
[–>[–>[–>En general, los estadounidenses siguen mostrando una actitud razonablemente favorable hacia la inmigración. Así lo pone de manifiesto una encuesta del Centro de Investigación Pew realizada antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca, según la cual el 60 % de los ciudadanos se mostraba de acuerdo con la afirmación de que los inmigrantes fortalecen el país «gracias a su esfuerzo y su talento” frente a un 35 % que los consideraba una carga para el empleo, el acceso a la vivienda y la asistencia médica de los “nativos» , ellos mismo descendientes de extranjeros.
[–> [–>[–>En estas opiniones hay una línea divisoria de naturaleza política y generacional. Mientras 8 de cada 10 demócratas se muestran favorables a la inmigración, solo una tercera parte de los republicanos lo son. Barack Obama ejemplifica el mandatario que proclamó con frecuencia su intención de mantener vivo el «sueño americano». Donal Trump el presidente que ha convertido ese sueño en pesadilla para miles de personas residentes en el país o que pretenden entrar en él. Por otro lado, 3/4 partes de los «millenials» se muestran partidarios de mantener la llegada de inmigrantes, pero solo lo hace la mitad de los «boomers». Con todos los riesgos que supone una simplificación de este tipo, la combinación de esos dos criterios permite una agrupación binaria simple: demócratas y «millenials», actitudes más abiertas a la llegada de extranjeros; republicanos y «boomers», posicionamientos menos favorables o de manifiesta hostilidad.
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En esta línea de reducir drásticamente la llegada de extranjeros se inscribe la actual política de Donald Trump, que reúne condiciones muy duras, impensables en un país con la trayectoria inmigratoria americana y éticamente reprobables en muchos casos. Ya comenzó a tomar medidas restrictivas durante su primer mandato, pero ha sido en este segundo cuando ha emprendido las acciones más rigurosas y violentas. He aquí algunas de ellas:
[–>[–>[–>-Fuerte control de fronteras, especialmente la sur por donde llega la mayoría de aspirantes a entrar en los EEUU.
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-Suspensión o espaciamiento de la inmigración procedente de países considerados de «alto riesgo» (al menos unos cuarenta) sobre todo de África, Oriente Medio y el Caribe.
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[–>-Promulgación de órdenes y leyes que favorecen las deportaciones como la «Protecting the American People Against Invasion» de enero de 2025 que permite expulsiones aceleradas sin audiencia judicial, penaliza a quienes no se registran y retira fondos de ayuda a zonas consideradas «santuario» para los inmigrantes; o la Ley Laken Riley Act también de 2025, que amplía la detención obligatoria de extranjeros indocumentados, acusados de delitos menores, con el fin de favorecer su expatriación. Con una endeble justificación legal (o sin ella) se han llevado a cabo deportaciones masivas. En 2025 la Administración informó haber expulsado oficialmente a más de 600.000 personas y que casi 2 millones más habían salido del país «voluntariamente», lo que la Administración llama auto deportaciones.
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-Multiplicación de las redadas y detenciones dentro del territorio en plena calle, en los domicilios o en otros escenarios como las iglesias o los entornos escolares. Se llega a detener a familias completas e incluso a niños, rompiendo una práctica de respeto a los menores que hasta ahora se había observado de manera generalizada
[–>[–>[–>-Reducción de las visas legales, mediante un endurecimiento de las condiciones para obtenerlas, como por ejemplo la valoración negativa de que el solicitante se pueda ver en la necesidad de recurrir a la asistencia pública (public charge).
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-Cancelación de programas de entrada condicional que habían beneficiado a miles de venezolanos, cubanos, haitianos o nicaragüenses, obligados ahora a salir del país o permanecer en la irregularidad. Las protecciones temporales de las que gozaban quedan así revocadas.
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El censo de medidas no es completo, pero basta ese botón de muestra para comprender la dureza de la política trumpista. Evidentemente cualquier país es soberano para establecer la estrategia migratoria que considere oportuna, pero la emprendida por Trump adolece de graves defectos. Primero, porque no es la que quiere la gente a tenor de lo que nos dicen las encuestas y de la amplia oposición interna que están provocando las acciones de la policía migratoria. Por supuesto, hay también una disconformidad externa realizada por organismos internacionales muy críticos de las detenciones arbitrarias y el uso de la fuerza que ya ha provocado las primeras muertes. Segundo, porque hay en las acciones emprendidas una falta de respeto absoluto a los derechos humanos más elementales. Tercero porque EEUU necesita esa mano de obra, la especializada y la de menor cualificación sin la que no funcionaría la economía americana.
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La política trumpista no durará más allá de su propio mandato. Al menos, eso permite suponer el examen de lo que ha sucedido en el pasado cercano en el que a periodos de fuertes restricciones suelen suceder etapas más permisivas con más entradas y con la legalización de los «no autorizados». Tener una demografía mejor y realizar una apuesta decidida por la inmigración constituyen claras ventajas competitivas de los EE UU frente a sus grandes rivales, China y Rusia. Como dice F. Pearce, los EE UU volverán a ser «una maravillosa publicidad en favor de las virtudes de la inmigración y una condena viva de los xenófobos, de los defensores de las razas puras, de los imperialistas culturales y de los blanqueadores étnicos del mundo entero». Que así sea.
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