un idilio que surgió del flechazo y sobrevivió a una dolorosa separación
La noticia de la muerte de Gemma Cuervo ha sacudido por completo el mundo de las artes escénicas en España. La actriz murió en 91 años este sábado 14 de marzo.
Con su muerte no sólo decimos adiós a una de las grandes damas del teatro y la televisión. También la mitad superviviente de una de las historias de amor más largas y complejas del panorama de nuestro país.
En cualquier obituario sobre ella, sería imposible no mirar atrás y vincular su nombre al de Fernando Guilléntu compañero de vida. Un actor al que siguió evocando hasta el final de sus días como «mi gran amor» y cuya ausencia definió toda su vejez.
La pareja de actores se casó el 18 de julio de 1960.
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En los homenajes que seguramente habrá en los próximos días es probable que se recuperen sus propias palabras al hablar de su marido, al que perdió en enero 2013, como resultado de una larga enfermedad.
Aquellas en las que confesaba que, desde que murió, había vivido «con un dolor enorme» y que Nunca más se enamoró. Porque el amor de su vida, más allá de sus tres hijos y nietos, fue su marido.
La historia de amor de Gemma y Fernando empezó como empiezan las grandes películas de amor en el teatro: entre focos, ensayos y decorados compartidos.
Se conocieron en los años 60, siendo muy joven y ambos trabajando en el teatroen plena ebullición artística. La chispa entre ellos fue inmediata.
Se conocieron por primera vez en el ambiente del teatro, el empresa lope de vega y producciones de José Tamayo. Y, como ha dicho la propia Gemma, supieron enseguida que querían pasar el resto de sus vidas juntos.
«Un amigo vino a mi casa y trajo a Fernando; de allí, un día «Nos hicimos novios». Él era un joven actor barcelonés con ambición, ella era una catalana que ya empezaba a despuntar.
En cuestión de meses pasaron de coprotagonistas a pareja: ««Nos conocimos el 8 de enero de 1960 y en julio nos casamos».
Sellaron su compromiso en un boda nada convencional para la época, rodeado de familiares y compañeros de profesión. Y con poco protocolo.
La propia Gemma recordó que era «socialmente mixto»desde que vinieron los compañeros, y ella se vestía de blanco.
Gemma Cuervo y Fernando Guillén formaron una de las parejas más fuertes del cine español.
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Ese enamoramiento entre compañeros desembocó en una celebración de boda en Barcelona él 18 de julio de 1960. Fue una ceremonia sencilla. «No es el típico de los años 60, con tintes más intelectuales.»
En su ‘sí, quiero’ estuvieron rodeados de compañeros de profesión. En ese momento, todavía no pensaban en la luna de miel. Y es más como si estuvieran con agendas de trabajo llenas: Al día siguiente tuvieron una función.
De ese matrimonio nacieron tres hijos que convertirían a los Guillén-Cuervo en un auténtica saga. Primero vino natalia; después, Fernando; y en 1969 nació cayetanala pequeña, que años más tarde llegaría a ser tan popular como sus padres gracias al cine, el teatro y la televisión.
Gemma ha dicho que la vida familiar era un equilibrio permanente entre maletas y mochilas escolares: giras, ensayos, estrenos… y, al mismo tiempo, una casa donde nunca faltaron los libros ni las largas conversaciones.
Ella misma se sentía orgullosa de haber sacrificado cualquier lujo para darles educación y estabilidad, y resumía el equilibrio de su vida recordando lo unida que estaba a sus tres hijos.
Durante años formaron una de las parejas más fuertes de la industria cinematográfica. pero el tuyo No era una historia ideal. Ni perfecto.
Aunque se amaban con locura, no vivieron un cuento de hadas. En 1975, cuando ambos ya eran figuras reconocidas, Fernando se mudó a Barcelona por trabajo..
Iba a grabar la serie en Barcelona. La saga de Rius. Era imposible imaginar entonces que aquella película iba a alterar la estabilidad familiar.
Con el tiempo Fernando Comenzó otra relación romántica. el matrimonio apartadoaunque nunca rompieron del todo el vínculo humano ni el vínculo profesional que habían tejido desde entonces 1969 con su propia compañía, la ‘Gemma Cuervo – Fernando Guillén’.
Con él realizaron una gira por España interpretando textos clásicos y contemporáneos, destacando por su osadía al llevar a escena obras de autores críticos o censurados durante la dictadura, como Albert Camus, Jean-Paul Sartre y Jean Cocteau.
Gemma Cuervo, con sus hijos Natalia y Fernando Guillén, en 2023.
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Pese a la herida que marcó la separación, ella siempre describió su romance como «una maravillosa historia de amor, en la que primaron la libertad y el respeto» y ha explicado que «nos necesitábamos, él me necesitaba y yo le necesitaba a él». «Nunca pedí explicaciones».
Había distancia, sí. y uno separación jurídica. e incluso uno relación de su parte, pero el hilo invisible que los unía nunca se rompió del todo.
Gemma lo explicó con una mezcla de lucidez y ternura: «Fernando también Era una muy buena persona, un gran marido y un hombre maravilloso. Me dejó con una tristeza enorme cuando murió. «No me he vuelto a enamorar, estoy sola y mis mayores amores son mis tres hijos y mis nietos».
Y siempre repetía que «nos necesitábamos, él me necesitaba y yo lo necesitaba», sin reproches públicos ni ganas de ajustar cuentas.
Ese cariño se vio claramente en el último acto de la vida de Fernando. Cuando su salud empeoró, Gemma, de acuerdo con sus tres hijos, movió cielo y tierra para que aceptara ser trasladado a un hospital de Madrid y poder acompañarle en sus últimos días.
Allí permaneció, tomándola de las manos y hablándole al oído, hasta que «su vida se fue apagando», como relataron quienes presenciaron aquel triste final.
Desde entonces mantuvo una pequeño ritual íntimo: Continuó hablando con ella, besando sus fotos y llevándole flores a su tumba, siempre que su salud se lo permitía.
Porque hay amores que, según sus palabras, «No entienden del tiempo ni de las despedidas definitivas». Y fueron muchas experiencias, buenas y malas, que superaron juntos.
Por eso, el día que se anuncie la muerte de Gemma, muchas miradas se centrarán inevitablemente en ese lugar íntimo donde, por fin, la actriz que tanto lloró a su marido se reencontrará –al menos en el imaginario colectivo– con el gran compañero de su vida.
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