Víctor
Querido Víctor, escribo este artículo cuando hace apenas dos días que nos has dejado y no sabes cuánto te echamos ya de menos. No es que nos viésemos todas las semanas ni siquiera todos los meses, pero era siempre una placidez saber que estabas ahí cuando te necesitábamos para hablar, que nos escuchases, que nos dieses consejos…
[–>[–>[–>Intento recordar cuándo fue la primera vez que te vi, que fui consciente de verte. Creo que fue siendo bastante niña, en el piso de la Chata y Victoria, las hermanas de Pacita, mi abuela. Vivían en aquel piso antiguo muy cerca del ayuntamiento de Avilés, y en aquella cocina repleta de familia y amistades, coincidíamos frecuentemente, cuando mi abuela y mi madre me llevaban de visita.
[–> [–>[–>Te recuerdo entonces; la abuela me decía que eras el hijo de su prima favorita, Julia, y que eras el sacerdote de la familia. Eso me infundía respeto, sin embargo, debido a esa forma de ser tan campechana y afable que tenías, nos sentíamos contigo como con uno más.
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Siendo ya sacerdote en Pola de Lena, decidiste ir a Oviedo a estudiar Filosofía y Letras. Esa circunstancia nos uniría mucho en nuestros temas de conversación. Tu despacho en El Nodo, donde fuiste párroco tantos años, estaba abarrotado de libros. Me encantaba ojear aquellas ediciones antiguas con aquel aroma tan especial y con aquellos contenidos tan claros y esenciales. Hablabas varias lenguas clásicas y también hebreo, y siempre recordaré con especial cariño cuando estando ya en la Residencia de San Cristóbal fuimos a verte, sin avisar, pues era uno de esos días que necesitaba compartir contigo una preocupación y comenzamos a recitar el inicio del Génesis (Bereshit) en hebreo y, ambos nos sorprendimos de «lo mucho que sabíamos», mostrando un gesto de risa. Y es que siempre conseguías, cuando hablaba contigo, que las penas fuesen menos penas, que la inquietud se fuese transformando en calma.
[–>[–>[–>Eras detallista. Tu familia era muy importante para ti: tu hermana, Rita, tus sobrinos…
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Creo que llevaste con mucha serenidad, la temprana pérdida de Rita. Eras un ejemplo, un gran conversador, también tenías carácter, no soportabas que los feligreses buscasen las homilías más cortas para acudir a una u otra iglesia. Viajaste por muchos lugares, tu personalidad, tu visión era abierta al mundo, compresivo con las debilidades y flexible y siempre tranquilizador. Me encantaría tener más conversaciones como aquellas.
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[–>Sé que Mari Paz, mi madre, tu prima, también te añora. Gracias por formar parte de nuestras vidas.
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