Yo estaba dispuesto a volver a Cuba, pero nunca pensé que acabaría en México
Cuando llamaron a Dylan para que acudiera a la enfermería del centro de detención de ICE (el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de EEUU), pensó que se trataba de algún trámite médico. Este cubano de 32 años, que llevaba cuatro viviendo en Miami, había pasado ya 10 meses en el Imperial Regional Detention Facility, en Calexico, California, a la espera de una vista migratoria que se aplazaba una y otra vez. Aquella noche, sin embargo, lo esperaban dos agentes para sacarlo del centro. «Yo estaba dispuesto a volver a Cuba, pero nunca pensé que acabaría en México», cuenta a EL PERIÓDICO.
[–>[–>[–>Los cubanos son el grupo más numeroso de los deportados por EEUU a terceros países: 4.353 cubanos han sido deportados a México desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca, ya que no los puede devolver a Cuba. Dylan, nombre ficticio para proteger su identidad, había pedido salir. «Si al final me van a deportar, no me tengan esperando por gusto. Prefiero firmar la autodeportación antes que una orden de deportación, que me complicaría volver a EEUU», explica.
[–> [–>[–>El hombre, junto a un grupo integrado por unos 30 hombres y cinco mujeres, fue introducido esposado en un autobús. Tras unos 15 minutos —lo que se tarda en llegar a la frontera con México—, los hicieron bajar, les quitaron las esposas y los subieron a otro vehículo. Uno de los detenidos empezó a gritar: se había dado cuenta de que no iban a subir a un avión ni a regresar a su país. Los llevaban a México. Los agentes terminaron llevándoselo de vuelta. El resto quedó a cargo de las autoridades mexicanas.
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De Mexicali pasaron por Monterrey y, finalmente, a Villahermosa, en Tabasco. “Ya están libres. Están en México. Pueden irse”. Así les indicaron que bajaran del bus, después de más de 40 horas para recorrer 3.500 kilómetros. Los demás se dispersaron. Dylan se quedó solo. “No pensé que me soltarían sin guía ni documentación. No supe qué hacer”.
[–>[–>[–>«Un objeto movible»
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Dylan partió de su Cojímar natal, un pueblo costero cercano a La Habana, junto a su hermana y otros 10 cubanos. Iban en la lancha de un pescador que había invitado a quien quisiera intentar la travesía rumbo a EEUU. Tras unas 12 horas en el mar, llegaron a los Cayos de Florida. Era 2021 y la crisis humanitaria se había disparado en la isla. Al año siguiente, sus padres hicieron el mismo viaje. La familia se asentó poco a poco en Miami. Él trabajaba en mantenimiento y limpieza de cristales de rascacielos. «La vida en EEUU era buena, me mantenía concentrado en el trabajo y había oportunidades», dice.
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Nunca regularizó su situación. Intentó pedir asilo político, pero un abogado le pedía 8.000 dólares y no podía pagarlo. «Me confié», admite. Pensó que no le ocurriría nada porque trabajaba y no tenía problemas. Hasta que un día a las 7 de la mañana de camino al trabajo, se saltó un paso de cebra. La policía le pidió documentación. De ahí pasó a manos de las autoridades migratorias.
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[–>«Yo nunca pensé que eso fuera a pasar, que ganara Trump, que te pudieran detener por cualquier bobería», admite. «Nunca pensé que me detuviera el ICE. Es terrible, esa gente no juega. Cuando uno cae en sus manos, se convierte en un objeto movible», relata.
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Primero lo llevaron a un centro de detención en Miami, donde pasó 18 días en un calabozo con capacidad, según calcula, para 20 personas, donde serían unos 50. «Nos tenían esperando para registrarnos, pero no cabíamos abajo», relata. «Fue una furia de deportaciones tan grande que ellos mismos colapsaron los espacios que tenían». Después lo trasladaron a California.
[–>[–>[–>«La gente no sabía cómo había llegado allí«, recuerda. Hasta cinco veces lo llamaron a declarar ante quien cree que era un juez, por videollamada. «Me hacían preguntas, yo respondía y, al final, me decían: ‘No tenemos pruebas suficientes; tu caso queda pospuesto'».
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Nunca tuvo abogado. Había una figura a la que los detenidos llamaban «el deportador«, un hombre al que «le podías plantear dudas y te aconsejaba sobre tu caso», dice. Dylan evitó acercarse. «Yo no hablé con él, no confiaba en nadie, solo quería irme». Otros detenidos le hablaron de la autodeportación, que debía pedir en unas tabletas disponibles en el pasillo. Lo hizo tres veces, hasta que lo llamaron a la enfermería.
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Vista de un graffiti en la valla fronteriza que divide el estado de Mexicali (México) y Calexico (EE.UU.) / JUAN BARAK / EFE
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Regresar por tus medios
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Dylan estuvo tres días en la calle. Allí lo encontró Rey Tejadilla, músico cubano refugiado en México. «Lo recogí en una iglesia donde fui a cantar», recuerda. Estaba desorientado y sin recursos. Tejadilla llegó a México hace dos años y pidió refugio. Ha impulsado una asociación civil enfocada en la juventud, el arte y la cultura, y ha visto llegar a más cubanos expulsados desde EEUU. «Se quedan en un limbo. Los traen para acá, los dejan en la calle, con todo lo que implica eso», afirma.
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Que Dylan terminara en Villahermosa no fue casual. La ciudad más grande de Tabasco, estado fronterizo con Guatemala, cuenta con una sede de la COMAR, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados, responsable de tramitar las solicitudes de refugio. Tejadilla acompañó allí a Dylan para tratar de ayudarlo con los trámites.
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«Él quería regresar a Cuba», cuenta Rey sobre Dylan. Pero Cuba no acepta fácilmente a quienes han huido sin permiso del régimen castrista. En su caso, dice Rey, la respuesta fue inviable: «Le dieron 10 días para regresar a su país por sus propios medios. Pero él no tenía nada». Así, Dylan decidió tratar de regularizarse en México.
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Reunificación familiar
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Dylan vive con una familia que lo acogió, ha conseguido trabajo como auxiliar de mantenimiento en un gimnasio de la zona y espera poder alquilar su propio cuarto el mes que viene. Su ilusión es que su madre, que ya tiene residencia legal en EEUU, pueda pedir algún día la reunificación familiar y llevarlo de vuelta. También imagina presentarse en una embajada estadounidense y «pedir perdón» para que lo dejen volver. «Si fuera por mí, mañana mismo me voy con mi papá y mi mamá», dice. «Ojalá no se demore más de cinco años. Quiero entrar legalmente a EEUU esta vez».
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