60 años de carne y hueso
La escena pertenece a otro tiempo. La carne sobre una piedra de mármol, el cliente al otro lado, el carnicero cortando a la vista y los profesionales del pueblo hablando entre ellos como quien comparte oficio, costumbres y hasta una manera de entender el negocio. Si un producto se vendía poco, se comentaba. Si había que mover un precio, se sabía. No era un pacto oscuro, sino el funcionamiento natural de un comercio pequeño, local, sostenido por una clientela fija y por unas reglas que todos daban por hechas. En ese mundo empezó Aramburu en 1966, con una carnicería en la plaza de abastos de Ribadesella que levantaron Emiliano Aramburu y María Antonia Villa. Ella venía de una familia ganadera; él, de la hostelería. El negocio nació, por tanto, en la intersección entre campo, mostrador y trato directo, en una villa que todavía no vivía con la intensidad turística que acabaría definiendo buena parte de su economía décadas después.
[–>[–>[–>Tras 60 años, la segunda generación mira hacia aquel origen sin convertirlo en postal. Roberto Aramburu lo recuerda con cariño, pero también con la certeza de que ese tiempo terminó . «Cuando naces en una familia así, conoces el negocio desde niño”, explica Roberto. La frase resume una infancia muy común en tantas casas de negocio: crecer entre mostradores, ayudar sin que nadie lo llamara y aprender el oficio por estar allí. «Antes de ir al instituto, pasaba por la carnicería a estar en la tienda, me gustaba», recuerda. No era algo extraordinario. Era lo normal en una familia en la que la tienda, la ganadería y la vida diaria formaban casi una sola cosa.
[–> [–>[–>La casa y el negocio
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Había cercanía, mucho trato y una sensación de pertenencia que hoy sigue pesando en la memoria de Roberto. Pero también había una exigencia constante. «Este es un negocio 24/7, si salías de fiesta un sábado, sabías que a las 8 de la mañana te despertaban porque la ganadería estaba ahí». Por eso habla de una casa en la que todo giraba alrededor del trabajo, sin grandes separaciones entre lo personal y lo profesional.
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Uno de sus recuerdos más vivos tiene 14 años y fecha casi exacta. Fue el día en que la familia salió de la plaza de abastos para trasladarse a la ubicación actual de la tienda de Ribadesella. «Mi madre se quedó en la vieja conmigo, un chaval de 14 años». Su padre y sus hermanos mayores estaban en el nuevo local. A la semana cerraron la tienda antigua porque en la nueva ya tiraba con fuerza. En ese episodio está el primer cambio de los que irían llegando después.
[–>[–>[–>Las reglas cambian
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La segunda parte del relato no se entiende sin la transformación de Ribadesella. La villa de los años sesenta no era la de después. Con el tiempo, el turismo fue ganando peso, crecieron las segundas residencias y el comercio dejó de vivir solo del vecino de siempre para atender también a un cliente de paso, de fin de semana o de temporada. Aquello alteró horarios, costumbres y expectativas. Lo que antes servía dejó de servir igual.
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También cambió el tablero con la llegada de las grandes superficies. Hasta entonces, los carniceros se movían en un marco bastante estable: mismos tiempos, mismos descansos, un gremio que se conocía y una competencia limitada. Cuando aparecieron nuevas cadenas y otra forma de vender, ese equilibrio se rompió. Roberto lo cuenta desde casa, y con su visión analítica de comerciante: «Tuve bastantes enfrentamientos con mi padre». No discutían por carácter, discutían porque estaban viendo dos mundos distintos.
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[–>Su padre pertenecía a una generación que daba por buenas unas reglas no escritas: abrir por la mañana, trabajar el viernes por la tarde, cerrar el sábado y volver el lunes. Roberto veía ya otra Ribadesella. «A mí eso me reventaba», dice al recordar aquellos horarios en una zona turística. Y decidió abrir sábados por la tarde y domingos. No lo presenta como una heroicidad fue, sencillamente, una elección basada en los cambios que veía a su alrededor. Entendió que el negocio podía seguir siendo familiar y a la vez crecer, ampliar horarios, abrir más puntos y jugar con otras herramientas. Su padre tardó en verlo, pero tampoco era un inmovilista.
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Heredar y elegir
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La innovación no llegó solo con la segunda generación. Roberto recuerda que su padre fue pionero en cosas que hoy parecen normales. «Fue el primero que puso una vitrina de frío. Antes, la carne no se exponía así”. De él heredó una convicción sencilla: todo se puede mejorar. Y también otra enseñanza menos visible, pero decisiva, la de cuestionar, preguntar «¿para qué?» y, aun así, apartarse a tiempo para dejar hacer.
[–>[–>[–>Roberto presenta la evolución del negocio como una cadena de decisiones adaptadas al momento y capacidad de producción y venta que han ido manteniendo. Eligió crecer. Eligió mantener la ganadería como base del producto, abrir más tiendas, distribuir y aceptar que una empresa de otro tamaño ya no funciona como aquel negocio de mostrador donde todo pasaba por la familia. «Ya no hay ningún Aramburu detrás del mostrador», admite Roberto. No lo dice con dramatismo. Lo dice como quien sabe que crecer implica dejar atrás una parte de la nostalgia.
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Pero no todo se ha movido. Hay una parte del negocio que Roberto da por intocable y que enlaza directamente con aquellos comienzos de 1966: la idea de vender desde el origen, con la ganadería propia como base y con la calidad como primera exigencia. Mantener ese vínculo con el campo no responde a una cuestión de comodidad, más bien al contrario, sino a una elección de fondo: seguir controlando el producto desde el principio y no romper del todo el hilo que une la empresa de hoy con la que levantaron sus padres.
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Y quizá esa sea la clave de estos 60 años. La historia de Aramburu no va de un mundo perdido ni de una modernización ejemplar. Va de una familia que supo reconocer cuándo estaba cambiando su entorno y tomó partido. Primero fueron unos padres que salieron adelante en la plaza de abastos. Después, unos hijos que entendieron que Ribadesella ya no era la misma y que el negocio tampoco podía serlo. Ahora llega otro paso: preparar la continuidad para que la empresa siga, aunque algún día ya no la dirija un Aramburu. Después de seis décadas, la lección no parece sentimental ni épica, sino bastante más humana: hay herencias que se honran conservándolo todo y otras que solo se salvan aceptando qué parte toca cambiar.
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