El difícil diálogo con la naturaleza
Camino por el parque mientras pienso en esto que voy a escribir y de súbito un golpe de viento desprende las hojas secas que revolotean en el aire azul intenso y en su caída rodean a una pareja de adolescente que dejan pasar el tiempo sentados en un banco, ella sentada de lado, tiene sus muslos sobre los de él, ambas miradas distraídas como si estar juntos, comunicados por ese contacto físico y el de compartir el tiempo y el espacio fuera suficiente razón para esta vivos. Porque basta mirar, admirar la naturaleza para celebrar este fenómeno tan improbable que es la vida. Cada uno de nosotros, cada uno de esos dos jóvenes que experimentan el gusto por estar juntos, permaneció sin ser durante miles de millones de años. Un tiempo inimaginable como lo es la nada anterior al ser. Que yo exista es un raro azar, una combinación feliz cuyo último paso, tan azaroso como los casi infinitos anteriores, fue que precisamente el espermatozoide que fertilizó el huevo diera con esa combinación que me hizo. Esa maravillosa casualidad basta para celebrar la vida, la dicha de participar, aunque sea de manera fugaz, de esta naturaleza resultado de la paciente y ciega evolución. Estamos empujados a buscar un propósito, a encontrar la razón de vivir. Necesitamos explicarnos el mundo, saber por qué ocurren las cosas. Inventamos mitos. Los más antiguos dan vida e intención a los fenómenos naturales. Pronto aparecen seres imaginarios que los gobiernan. Es difícil no pensar que algo que funciona con la precisión de un reloj no sea resultado de un propósito: «Si al caminar por el campo encuentra un reloj en el suelo concluyó que alguien lo hizo porque sus partes están dispuestas con propósito del mismo modo el mundo con su orden y complejidad debe tener un diseñador: Dios». Darwin admiraba al reverendo Paley, un teólogo que buscaba demostrar la existencia de Dios observando la naturaleza y no tanto apoyándose en la Biblia. En sus escritos razonaba con implacable lógica, la que Darwin aplicaba a su propia reflexión. Pero este llegó a una conclusión muy diferente: esta maravilla que nos asombra es fruto del tiempo y el azar. No hay un plan, no hay un relojero. Y que sea así, como muchos creemos, aumenta, no reduce, el asombro y el gozo que puede proporcionar estar vivo en este maravilloso escenario. A pesar de su dureza para algunos y en algunos momentos.
[–>[–>[–>Para que la naturaleza creara el ser humano hubieron de pasar miles de millones de años desde que un azar hizo que de la combinación de ciertas moléculas emergiera una nueva propiedad: la vida. En cada una de ellas no hay nada que prediga lo qué ocurrirá cuando se enlazan de esa manera: desde el análisis de sus propiedades físico-químicas no podemos llegar a esa conclusión. Como no podemos llegar a explicarnos mediante el estudio de cada neurona, de sus conexiones, de las sustancias químicas que las excitan o apagan, qué es y cómo funciona la mente. Emerge, como la vida desde la materia inorgánica, de la combinación de neuronas y neurotransmisores.
[–> [–>[–>Miro en mi ordenador, ese extraordinario artilugio, objeto además de diseño, un vídeo donde el biólogo evolucionista Richard Dawkins conversa distendidamente sobre la vida con el filósofo, también evolucionista, Daniel Dennet. Están en el salón de la casa de Dennet. Que yo pueda asistir a ese encuentro desde tan lejos en el tiempo y el espacio va más allá de la ciega evolución: es una de las muchas consecuencias de que los seres humanos hayamos adquirido la mente. Mientras ella emerge por un azar, lo que hacemos con ella, como la creación de internet o la inteligencia artificial, es fruto de un plan, de un propósito. Esa capacidad que tenemos de modificar la naturaleza a la vez me enaltece y atemoriza.
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En un momento de la conversación los dos pensadores salen a la terraza. La casa de Dennet parece que cayó allí, en medio de la boscosa vegetación, apenas hay movimientos de tierras, ni cercados ni caminos de acceso asfaltados. Dejan pasear la vista y en esa contemplación refuerzan la suerte de estar vivos: lo que los rodea es fruto del azar, de la lucha de cada individuo, de cada especie, por ser y perdurar. Una armonía debajo de la cual existe mucha crueldad, también cooperación. Con ella, y con esa fuerza motriz que nos empuja a intentar comprender y manejar el mundo, la ciencia y la técnica salvaron la vida de Dennet. Corregimos a la naturaleza, no porque se equivoque, sino porque en su ciego andar nos puede dañar. Esa es una de las misiones de la medicina. Con nuestras mentes, con sus productos, la ciencia y la técnica, nos enfrentamos con la difícil decisión de si seguir utilizando energías fósiles, que tantos beneficios nos han proporcionado, o sustituirlas por las renovables. Que Bill Gates, un defensor hasta ahora de las últimas, se haya aparentemente plegado a la política del presidente Trump me inquieta.
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