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El difícil diálogo con la naturaleza

El difícil diálogo con la naturaleza
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  • Publishednoviembre 29, 2025


Camino por el parque mientras pienso en esto que voy a escribir y de súbito un golpe de viento desprende las hojas secas que revolotean en el aire azul intenso y en su caída rodean a una pareja de adolescente que dejan pasar el tiempo sentados en un banco, ella sentada de lado, tiene sus muslos sobre los de él, ambas miradas distraídas como si estar juntos, comunicados por ese contacto físico y el de compartir el tiempo y el espacio fuera suficiente razón para esta vivos. Porque basta mirar, admirar la naturaleza para celebrar este fenómeno tan improbable que es la vida. Cada uno de nosotros, cada uno de esos dos jóvenes que experimentan el gusto por estar juntos, permaneció sin ser durante miles de millones de años. Un tiempo inimaginable como lo es la nada anterior al ser. Que yo exista es un raro azar, una combinación feliz cuyo último paso, tan azaroso como los casi infinitos anteriores, fue que precisamente el espermatozoide que fertilizó el huevo diera con esa combinación que me hizo. Esa maravillosa casualidad basta para celebrar la vida, la dicha de participar, aunque sea de manera fugaz, de esta naturaleza resultado de la paciente y ciega evolución. Estamos empujados a buscar un propósito, a encontrar la razón de vivir. Necesitamos explicarnos el mundo, saber por qué ocurren las cosas. Inventamos mitos. Los más antiguos dan vida e intención a los fenómenos naturales. Pronto aparecen seres imaginarios que los gobiernan. Es difícil no pensar que algo que funciona con la precisión de un reloj no sea resultado de un propósito: «Si al caminar por el campo encuentra un reloj en el suelo concluyó que alguien lo hizo porque sus partes están dispuestas con propósito del mismo modo el mundo con su orden y complejidad debe tener un diseñador: Dios». Darwin admiraba al reverendo Paley, un teólogo que buscaba demostrar la existencia de Dios observando la naturaleza y no tanto apoyándose en la Biblia. En sus escritos razonaba con implacable lógica, la que Darwin aplicaba a su propia reflexión. Pero este llegó a una conclusión muy diferente: esta maravilla que nos asombra es fruto del tiempo y el azar. No hay un plan, no hay un relojero. Y que sea así, como muchos creemos, aumenta, no reduce, el asombro y el gozo que puede proporcionar estar vivo en este maravilloso escenario. A pesar de su dureza para algunos y en algunos momentos.



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