la gran apuesta económica detrás del plan de Trump
Donald Trump ha vuelto a poner sobre la mesa una idea inusual desde el punto de vista geopolítico y económico: Estados Unidos podría “comprar” Groenlandia, el enorme territorio autónomo que pertenece al Reino de Dinamarca. Aunque las autoridades groenlandesas y danesas han dejado claro que la isla no está en venta, Trump y parte de su administración están estudiando oficialmente cuánto costaría y qué beneficios podría traer a Estados Unidos.
Aunque Groenlandia tiene menos de sesenta mil habitantes, es decir, su población es menor que la de una capital europea, y la mayor parte de su territorio está cubierto de hielo, es la isla más grande del mundo. Pero ¿por qué Estados Unidos está tan interesado en ello? porque Groenlandia tiene reservas de minerales críticos, tierras raras y metales esenciales para las tecnologías modernas que están en la agenda: desde automóviles eléctricos hasta turbinas eólicas y equipos militares. Además, se estima que sus reservas de hidrocarburos y petróleo bajo sus aguas y en su superficie, aunque difíciles de explotar debido al clima frío y extremo, representan un enorme potencial económico a largo plazo.
Según los analistas del American Action Forum, todas las reservas minerales de Groenlandia están valoradas en 200 mil millones de dólares (unos 180 millones de euros). Actualmente no hay cifras sobre el valor de Groenlandia, ya que no está a la venta, pero según estos expertos de este centro de análisis estadounidense, el valor de la isla podría alcanzar los 2,8 billones de dólares (2.400 millones de euros), teniendo en cuenta su posición estratégica en el Ártico, ruta estratégica para el control militar y el tráfico marítimo.
Otras valoraciones más conservadoras, comparadas con las compras históricas de territorios como Alaska, arrojan cifras entre 12.000 y 77.000 millones de dólares. Y eso sin tener en cuenta los enormes gastos que supondría el desarrollo de infraestructuras, servicios públicos y compensaciones a la población local.
En resumen, la idea de Trump de «comprar» Groenlandia no es sólo un capricho: detrás de ella hay una mezcla de geopolítica, recursos estratégicos y dinero potencialmente enorme en juego.
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