Lo que pasa es que te quiero
He olvidado muchas cosas de mi infancia, pero no el primer poema que memoricé. Estaba en párvulos y aún no sabía leer bien, de corrido, aunque no me costó aprender aquellos versos que me divertían porque, más que poesía, parecían un trabalenguas, así me sonaban a mí. «Doña Pito Piturra / tiene unos guantes, / Doña Pito Piturra / muy elegantes. / Doña Pito Piturra / tiene un sombrero, / Doña Pito Piturra con un plumero».
[–>[–>[–>Era, sigo siéndolo, una niña introvertida, muy vergonzosa, pero las chapetas, uno de los primeros síntomas, de los más evidentes, de mi rubor, no florecieron en mis mejillas cuando empecé a recitar sus estrofas en clase, delante de mis compañeros. Llevaba el pelo corto, pues en algún momento de ese año, el 87 seguramente, mi madre se cansó de discutir conmigo sobre la inconveniencia de ese corte, a lo «garçon», en una niña, y un vestido (de esa batalla puntual, mi madre salió triunfante) con estampados de flores y tirantes demasiado anchos que no lograba mantener en su sitio, se me caían todo el rato.
[–> [–>[–>Conforme el poema avanzaba, fui ganando confianza, hasta el punto de que empecé a contonearme y llegué al final bailando, feliz, indiferente al qué dirán como pocas más veces en mi vida. «Doña Pito Piturra / tiene unos guantes, / Doña Pito Piturra / le están muy grandes. / Doña Pito Piturra / tiene unos guantes, / Doña Pito Piturra / ¡lo he dicho antes!». Nada sabía yo entonces de la inventora de esas palabras que, al pronunciarlas, me hacían cosquillas en la lengua y se escapaban de mi boca como mariposas, buscando posar sus alas llenas de posibilidades en algún lugar, o en otra persona.
[–>[–>[–>
El hada madrina que era mi madre me procuró el libro que contenía esos versos y, ya asida a la lectura, de su mano, averigüé su nombre: Gloria Fuertes. Han pasado 40 años casi, qué vértigo, y ese título me sigue acompañando, he conseguido llevarlo conmigo allá donde la vida me ha conducido, hasta hoy mismo. Es una edición de Susaeta en cuya portada, obra de la ilustradora Roser Rius, aparece una pequeña maga, con su sombrero y su barita, que hace salir golosinas y un conejo de un cesto de mimbre mientras observan un gato sonriente y el sol, algo taciturno. Se conserva bien, teniendo en cuenta todo lo que nos ha sucedido.
[–>[–>[–>Hace unos días, volví a abrirlo. Habíamos estado tomando el aperitivo en un sitio al que acostumbramos a ir. Era Nochebuena, en un Madrid inusualmente desierto, y en el bar éramos pocos los clientes: un matrimonio malavenido, una familia con tres hijos preadolescentes devoradores de croquetas, nosotras dos, y una mujer ya mayor a la que, al principio, no reconocí.
[–>[–>[–>
Estaba sentada justo detrás, en una mesa, en una esquina, y la camarera le había servido lo de siempre, un vinito, ya sabes cuál, cariño. Con disimulo, me volví para mirarla y, tras cerciorarme de que era ella, me levanté y me acerqué. Anduve los tres pasos que nos separaban y caminé cuatro décadas, de vuelta a mi infancia. Fui de nuevo esa niña, con pelo a lo «garçon» y vestido estampado, y le dije, con la misma alegría con la que entonces recité los versos de aquel poema: De pequeña quise ser usted y ahora, que por fin soy mayor y a veces no sé ni quién soy, sigo queriéndolo. Al regresar al sitio que ocupábamos en la barra, L. me preguntó: ¿Estás bien? Sí, lo que pasa es que te quiero. Y Gloria, en su esquina, me guiñó un ojo y sonrió.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí