fue al hospital exhausta por una gripe, le niegan cama dos veces y no podía volver a su pueblo por la nieve (hasta que llegó al rescate la Guardia Civil)
Miedo, angustia y rabia. Fue, sin duda, la peor noche de Reyes de su vida. El relato de lo que vivieron María Teresa Martínez Noriega, de 96 años, y su hijo Tomás Lobeto Martínez, de 72, vecinos de Camarmeña (Cabrales), tiene un final feliz gracias a la Guardia Civil. El reproche de ambos se dirige hacia el Hospital del Oriente de Asturias, en Arriondas, donde les dieron la espalda, dejándolos «desamparados», en mitad de la tormenta «Francis».
[–>[–>[–>Nueve de la noche del 5 de enero. María Teresa Martínez, que había pasado la gripe poco antes, lleva dos días sin apenas comer y empieza a quejarse. Asegura que se encuentra «muy mal» y pide a sus hijos, Tomás y Melchor, que la ayuden. Aunque en un primer momento se niega a ir al hospital, finalmente la convencen. Parten de Camarmeña ella y Tomás, en coche. Hace frío, pero la carretera está limpia. Ni rastro de lluvia o de nieve. Ni por un momento se le pasó a Tomás por la cabeza lo que ocurriría poco después.
[–> [–>[–>Ya cuando avanzan por el concejo de Onís empieza a llover. Llegan al Hospital de Arriondas poco antes de las diez de la noche. Ingresan a la anciana y empiezan a hacerle pruebas. Está en la cama de un box cerca de tres horas. A eso de las doce y media de la noche le dicen a Tomás que van a darle el alta a su madre. «No me gustó, porque no me parecían horas para mover a una mujer de 96 años. Pensé que debía quedar en el hospital esa noche, con el suero en vena. Lo dije, pero me dijeron que no, que le daban el alta», rememora.
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Odisea de vuelta con la nieve
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Tomás fue al coche y encendió la calefacción para que estuviera caliente cuando llegara su madre. Al cabo de un rato, se pusieron en camino hacia Camarmeña. Estaba muy mala noche, pero lo peor estaba por llegar. Empezó a nevar muy poco después. Hasta la Vega los Caseros, cerca ya de Cangas, avanzaron sin problema, pero allí ya se marcaban las rodadas de los coches en la nieve. Tomás temía no poder llegar a Camarmeña, un pueblo situado en el interior del parque nacional de los Picos de Europa, en una ladera, y al que se accede por una carretera extremadamente sinuosa y pendiente.
[–>[–>[–>«Me asusté, tuve miedo. Se me había olvidado el teléfono en casa. Seguí adelante, pero muy despacio», explica. En la rotonda de Sotu Cangues, de la que parte el desvío hacia Covadonga, dio la vuelta. «Si hubiera ido solo habría seguido adelante, pero con mi madre, no», explica. Sabía que no podría llegar en un turismo a casa, que no podría superar el puerto de Ortigueru (efectivamente, aquella noche fue necesario el uso de cadenas), así que volvió al hospital «a pedir ayuda, para que mi madre se quedara allí aquella noche».
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Ya en el centro asistencial se lo dijo «a un chaval, que torció la cabeza al oír la petición». Al rato llegó una enfermera, que le espetó: «Pero ¿es que usted cree que esto es un hotel?». Tomás replicó: «No, pero tengo un problema enorme. Mi coche no llega a Cabrales y necesito ayuda». De nada sirvieron sus argumentos: «Me dijeron que a mi madre le habían dado el alta y que no se podía quedar». El consejo de la enfermera, que se quedara en un hotel cercano. La contestación de Tomás: «Mi madre no está preparada para quedarse en un hotel, no tiene ni ropa, ni medicamentos, ni pañales…». «Pues llame a Protección Civil», le dijo la enfermera. «No tengo teléfono, llama tú», dijo el cabraliego.
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[–>La sanitaria se marchó y Tomás pensó que llamaría a Protección Civil. Esperó un buen rato, pero no acudió nadie, así que finalmente marchó y subió al coche, donde esperaba su madre desde hacía tiempo. Ya nevaba copiosamente. Trapeaba: «No se veía nada». Muy despacio, llegaron a Cangas de Onís, donde una joven, «muy amable», tras explicarle el problema, les ayudó: llamó a la Policía Municipal, que acudió y, a su vez, llamó a la Guardia Civil.
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Unos agentes del instituto armado, al otro lado del teléfono, le animaron a seguir, asegurando que hasta Benia no tendrían problema con la nieve, siempre que siguieran las rodadas. Llegaron incluso un poco más allá, hasta Avín, donde estaban los guardias civiles. Se ofrecieron a acompañarlos hasta Camarmeña, y Tomás les propuso dejar su coche allí e ir con ellos, puesto que estaban dispuestos a ir hasta allá. «No tuve falta de pedírselo, se ofrecieron ellos mismos», indica el cabraliego, que añade que incluso le ayudaron a cambiar de vehículo a su madre, porque «no quería bajarse del coche».
[–>[–>[–>No solo los llevaron hasta su casa, sino que incluso ayudaron a Tomás a llevar a su madre hasta la cocina: «Los guardias me salvaron esa noche el pellejo». En cuanto a los empleados del hospital que le tocaron en suerte, les dedica algunos improperios y una reflexión: «Por humanidad deberían haber permitido que mi madre quedara allí esa noche, tenían camas libres».
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Humanidad que asegura Tomás que su madre demostró en múltiples ocasiones, cuando dio cobijo, alimento y cama a personas en dificultades en Camarmeña, en el bar que regentó durante años, Casa Lobeto, «que no era hotel».
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