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la llamada de Nochevieja, un tumor de cuatro kilos y la cirugía que llegó a tiempo

la llamada de Nochevieja, un tumor de cuatro kilos y la cirugía que llegó a tiempo
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  • Publishedenero 11, 2026


hablo con el doctor Diego González Rivas (La Coruña, 1974) varias veces al año. Siempre es así: una conversación que coincide con un hecho significativo, con una historia extraordinaria que irrumpe en medio de tu agenda –y de la mía– sin pedir permiso. Esta vez me envía un audio largo, preciso, contado con la tranquilidad de quien sabe exactamente lo que hizo y por qué. Habla desde China, acaba de aterrizar. Allí es temprano por la mañana y el negocio va mejorando. «Te lo diré Eva y descansaré, es hora de ir al quirófano».advierte. La voz suena cansada, pero no deja de explicar cada paso.

Un tumor que no te dejó vivir

Isabel tiene 39 años. Durante un año vivió con un Sarcoma agresivo que no ha respondido a la quimioterapia.. Al contrario: siguió creciendo. Hasta convertirse en un tumor gigante, de casi 30 centímetros y alrededor de cuatro kilos, alojado en el pecho. Esto comprimió el corazón del lado derecho, desplazó el pulmón, invadió el diafragma «ya no podía ni acostarse», explica González Rivas. “En cualquier momento esto podría comprimir la aurícula y provocar la muerte súbita”.

Respirar era difícil. Dormir, peligroso. El último escáner, realizado sólo una semana antes de la operación, ya mostró un crecimiento. Cuando finalmente entraron al quirófano unos días después, el tumor era aún más grande. El tiempo estaba en nuestra contra.

La llamada llegó en Nochevieja.

Era la tarde del 31 de diciembre, en plenos preparativos de fin de año, cuando sonó el teléfono en La Coruña. Diego González Rivas se encontraba con su familia preparando la cena de Nochevieja. Primero habló con el hermano de Elisabeth. Luego con ella. Les pidió imágenes, pruebas, informes. De regreso a casa, antes de sentarse a comer, examinó el expediente. «Vi el escáner y pensé: tenemos que operarlo. De lo contrario, morirá. Es sólo cuestión de semanas, como mucho».. La llamó esa misma noche: “Le dije que era un tumor gigantesco, técnicamente muy complejo, pero que no había otra opción”.

Del avión al quirófano, no hay lugar para el miedo

Isabel no dudó. El 1 de enero viajó en avión desde Málaga a Galicia. Aterrizó en La Coruña a las tres de la tarde. Tan pronto como llegó, llamó al cirujano. A las cuatro y media salió de la comida de Año Nuevo y fue al hospital con el anestesista. César Bonomé.

Pasaron horas evaluando el caso, explicando los riesgos, dibujando posibles escenarios. La anestesia ya era un desafío en sí misma. Colocando a la paciente de lado, la posición necesaria para la operación, el tumor podría comprimir el corazón y hacer que se detenga. No había espacio para trabajar. No hay margen de error. «Tuvimos que explicarle que podía morir durante la operación. En este caso, hubo mortalidad intraoperatoria».

Sin embargo, Isabel aceptó todo. Antes de entrar al quirófano se grabó el primer vídeo. Está al lado del cirujano. Sonrisa. Lo mira a los ojos y le dice: «Confío en ti».

La cirugía que no permitió errores

La intervención se realizó el 2 de enero. Ella era extrema. El tumor tuvo que ser extirpado en bloque.así como un pulmón y un diafragma completos afectados. Se realizó resección intrapericárdica, con el corazón desplazado y expuesto. Después, reconstrucción completa del diafragma con una malla para evitar que los órganos abdominales invadan la cavidad torácica.

El control anestésico fue decisivo «César Bonome es uno de los mejores anestesistas que conozco. Sin él, esta operación no habría sido posible», añade sin dudar el cirujano.

48 horas después, respira de nuevo

El postoperatorio fue exigente. Dos días en cuidados intensivos. Transfusión. Monitoreo constante. Paso para plantar. Poco a poco el cuerpo respondió. Cuarenta y ocho horas después de la operación se grabó el segundo vídeo. Isabel está de pie. Respirar. Sonrisa. A su lado, Diego González Rivas. Ambos saben lo que pasó allí. No es necesario explicarlo. La intervención fue un éxito.. “Ahora puede respirar, puede tumbarse, puede vivir”, resume el médico.

Una oportunidad, cuando todavía hay tiempo

El tumor es maligno. Un sarcoma agresivo. La cirugía no es curativa en sí misma. Otros tratamientos vendrán: oncología, quizás radioterapia, quizás inmunoterapia. “No es una cura para la enfermedad”, advierte el cirujano. «Te da la oportunidad de seguir viviendo».

Recuerda otro caso, en 2007. Un joven desesperado, que también padecía un tumor gigante. Lo operó en La Coruña. Hoy sigue vivo y trabajando como policía. «Nunca se sabe. Cada tumor es diferente» e insiste en devaluar cualquier lectura épica del asunto. No habla de milagros ni de heroísmo, sino de decisiones médicas tomadas cuando ya no había margen. “El mensaje que enviaría a otros pacientes es que confíen siempre en su oncólogo”, explica. “Pero también deben saber que pueden pedir una segunda opinión, a otros especialistas o a equipos más experimentados en casos complejos”.

Durante años, el Dr. González Rivas ha recibido llamadas constantes. De toda España. Desde afuera. Historias avanzadas, diagnósticos límite, familias que buscan una última puerta y pocas se pueden abrir, «la mayoría no son operables. Si me contactan 50 pacientes por día, 48 o 49 no tienen solución quirúrgica». Son casos muy concretos a los que digo que sí.«.

La clave, subraya, no sólo está en saber operar, sino en saber cuándo hacerlo. «No todos los tumores que se pueden extirpar necesitan ser operados. Siempre se deben respetar las indicaciones oncológicas». En el caso de Elisabeth, la indicación era clara: sin cirugía no había vida. Con ella, al menos, existía una posibilidad.

Esa no es la cuestión y se acabó. Es un punto y seguir. Vendrán otros tratamientos, más decisiones, más incertidumbre. Pero ahora es el momento. Y tenerlo era algo que no existía hasta ese momento.

Lucha hasta el final

Luchar hasta el final no siempre significa ganar. Esto significa intentarlo cuando todavía hay margen, cuando la experiencia, la técnica y el criterio médico nos permiten ofrecer algo más que una espera pasiva. Significa tomar riesgos, mientras que no hacerlo significa darse por vencido prematuramente..

Desde China, al otro lado del mundo, Diego González Rivas finaliza la conversación como la inició: con sencillez y profesionalidad, sin grandilocuencias «un abrazo, Eva. Me voy a dormir, es sobre la una y mañana me opero». En unas horas volverá a entrar en un quirófano, para abrir otro cofre, para intentar, una vez más, ganar tiempo para vivir, esta vez en otro continente.

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