De Venezuela a Groenlandia | La «diplomacia de las cañoneras» que aplica Trump en el mundo
La cañonera era un buque de guerra adaptado con éxito por el español Antonio Barceló a finales del siglo XVIII para el asedio a Gibraltar. Se trataba de una lancha rápida armada con cañones. Fue el antecedente de la guerra en las costas con embarcaciones pequeñas artilladas
[–>[–>[–>En 1853, el comodoro Matthew C. Perry llegó a la bahía de Edo (cerca de la actual Tokio) con una escuadra de cañoneras. Encabezaban una misión para negociar la salida del ‘shogunato’ japonés de sus 200 años de aislamiento y cierre al comercio internacional y a la entrada de extranjeros. Los japoneses se resistieron, y Perry volvió al año siguiente con una fuerza mayor.
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Finalmente aceptaron, a la fuerza: abrieron los puertos Shimoda y Hakodate para aprovisionamiento (carbón, agua, víveres) y asistencia a náufragos. Fue el ejemplo emblemático de la llamada «diplomacia de cañoneras» (gunboat diplomacy). Con los cañones apuntando hacia la ciudad se ejercía una coerción: una amenaza de usar la fuerza si los acosados no se avenían a hacer lo que el acosador pedía.
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En otras ocasiones, los cañones llegaban a dispararse un tiempo hasta que la capital cedía a las demandas. En 1807, la Royal Navy británica bombardeó Copenhague para forzar la entrega de la flota danesa, objetivo estratégico en las guerras napoleónicas. Tras varios días de fuego , Dinamarca capituló y entregó la flota.
[–>[–>[–>La llamada crisis de Venezuela de 1902-1903 fue otro episodio clásico de «diplomacia de cañoneras»: tres potencias europeas (Reino Unido, Alemania e Italia) usaron sus buques de guerra para establecer un bloqueo del país y forzar al presidente venezolano, Cipriano Castro, a que pagara sus deudas y otras reclamaciones de las potencias europeas.
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Trump coacciona a Venezuela con su flota
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Más de un siglo después, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump lleva a cabo otro ejercicio de «diplomacia de cañoneras». Estados Unidos ha desplegado desde septiembre un grupo de combate de portaaviones encabezado por el USS Gerald R. Ford, el mayor del mundo, además de un grupo anfibio liderado por el USS Iwo Jima, con buques asociados capaces de transportar marines, helicópteros para operaciones de asalto y alrededor de 12.000 efectivos en la actualidad.
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[–>Este grupo de combate se utilizó en el bombardeo selectivo y asalto, captura y exfiltración del presidente venezolano, Nicolás Maduro, el pasado sábado 3 de enero. Ahora, secuestran petroleros para quedarse con su petróleo y amenazan con un bloqueo naval total si Caracas se resiste a la tutela de Washington, que de momento se centra en el control y lucro con la venta del petróleo venezolano. Hablan con la nueva presidenta encargada del país, Delcy Rodríguez, al mismo tiempo que la amenazan con que le ocurra algo «incluso peor» que a Maduro, y con volver a atacar desde los buques de guerra y las más de 150 aeronaves que cercan las costas del país.
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Coerción propia de otras épocas
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En general, todo en la política exterior de la nueva Administración de Donald Trump retrotrae a épocas pasadas.
[–>[–>[–>«A Trump le gusta verse a sí mismo en términos de época y definir su política exterior de forma grandilocuente. Ahora dicen que siguen la doctrina ‘Donroe’ [Donald + Monroe]. La referencia no se refiere a la Doctrina Monroe original de 1823, sino al periodo de su aplicación inicial, a finales del siglo XIX y principios del XX», explica a EL PERIÓDICO Edward Murphy, profesor de historia en la Universidad Estatal de Michigan. «En ese momento, Estados Unidos comenzó a afirmarse en todo el continente americano, adquiriendo territorios (Puerto Rico, por ejemplo) y participando en decenas de intervenciones y ocupaciones militares en el hemisferio. Estados Unidos justificó su primera gran intervención militar en América Latina, en la guerra hispanoamericana, invocando la Doctrina Monroe: Washington protegería a las Américas de las potencias extranjeras y coloniales. Pero luego llevó a cabo una Expansión imperial en el continente americano. invocando el Corolario de Roosevelt a la Doctrina Monroeque sostenía que Estados Unidos intervendría en los asuntos internos de otro país si ese país no se comportaba de la manera «correcta», como no pagar sus deudas, experimentar inestabilidad o no proteger los intereses de Estados Unidos».
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En el caso de Venezuela, el argumento usado por la Administración es que ese petróleo les pertenece y que, en cualquier caso, parte del dinero de su explotación irá a parar a la reconstrucción de la maltrecha infraestructura de extracción y refino del país.
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La expansión militar y económica de Estados Unidos en aquella época lejana comparte con el presente la idea de que el país norteamericano es la gran potencia y que las Américas es su esfera de influencia. «Por ello, Estados Unidos puede hacer lo que quiera, impulsar sus propios intereses y acceder a industrias extractivas y recursos. Trump es bastante explícito al respecto: quiere acceso al petróleo venezolano».
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Con los buques de guerra de Estados Unidos en las costas venezolanas a tiro de Caracas, el Gobierno interino de Delcy Rodríguez debe tomar una decisión: colaborar o pagar un precio.
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«Es otra similitud con el pasado, distinta de las formas contemporáneas de colonialismo europeo: Estados Unidos, por lo general, dejaba a los gobiernos en el poder siempre que hicieran lo que Washington quería», prosigue el profesor de historia estadounidense. «A comienzos del siglo XX, Estados Unidos encontró en América Latina varios gobiernos relativamente complacientes, a menudo autoritarios y, por lo general, favorables. Esto guarda ciertas similitudes con hoy: gran parte de América Latina está girando hacia la derecha y hacia posiciones más autoritarias».
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Las intervenciones estadounidenses en los países de América Latina acabaron provocando fuertes reacciones de oposición, de Chile a Nicaragua. Muchos latinoamericanos se volvieron antiimperialistas, buscaron afirmar mayores grados de soberanía nacional y desarrollaron formas de gobierno más izquierdistas basadas en ideas de justicia social y redistribución. ¿Ocurrirá lo mismo con la nueva diplomacia de las cañoneras de Trump?
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Estados Unidos primero
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Cuando llegó al poder, Trump prometió poner a «Estados Unidos primero». En este año se ha visto en qué se plasma esa retórica: coerción para obtener recursos y ventajas tanto de competidores como aliados.
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«En el siglo XIX y en la primera parte del siglo siguiente, la actitud de Estados Unidos era ofensiva: Japón, el Caribe, Centroamérica… zonas que, en cierto modo, eran nuevas para los estadounidenses», explica a este diario Luz María Hernández-Sáenz, profesora emérita de historia de la Western University de Canadá. «El objetivo de Washington de beneficiarse de la explotación de recursos naturales y su desprecio por las poblaciones locales y por la democracia en las zonas afectadas no ha cambiado».
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Esta intención de sacar tajada de otros países ha quedado clara también en la guerra de Ucrania. Washington ha aceptado seguir ayudando al país invadido por Rusia a cambio de la explotación de las tierras raras que alberga.
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Esas tierras raras también están presentes en el subsuelo de Groenlandia, ahora en el punto de mira de Washington. Trump ha asegurado que su país debe incorporar esta isla danesa entre el Atlántico Norte y el Ártico, por las buenas o por las malas. Si decidiera usar allí algún tipo de diplomacia de cañoneras, ejerciendo algún tipo de coerción política o militar sobre el territorio autónomo, desataría una crisis sin precedentes en la OTAN.
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