Al servicio de la causa
¡Hola, mi amor, quiero tenerte cerca para hablarte mejor! (El lobo).
[–>[–>[–>Yo solo quiero una noche sin final, en que ambos nos podamos devorar (Caperucita).
[–> [–>[–>«Caperucita feroz», de Orquesta Mondragón
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La palabra causa, en el título de un artículo de opinión, que también es tribuna y púlpito (según Gustavo Bueno, el Bueno del padre), pudiera hacer dudar. Unos, lectores y lectoras, pensarán que se trata de causa política, que es oficio y beneficio por el placer de mandar, y que acaba convirtiendo a los más apuestos y gallardos en canijos o cortos. Otros asegurarán la referencia a causas jurídicas, o sea, hacer más ricos a los ya ricos y más pobres a los pobres -eso hasta lo insinúa el Código Civil y la Ley de Procedimiento Administrativo para los actos administrativos-. Los terceros, por último, creerán que se escribirá de pías y religiosas causas, con sermón como de predicador, que hace lo contrario de lo predicado.
[–>[–>[–>La verdad, como casi siempre, es cuestión muy diferente a la apariencia, siempre engañosa. Fue en la mañana del siete de enero último, con ocasión del funeral por la muerte de Brigitte Bardot, encerrados sus restos -ya sin alma- en un original féretro, a base de mimbres como un cesto, y no de madera barata. Y es que la muerte, en el tránsito al Paraíso, de inmaculado azul, puede dejar en la Tierra porquerías que, por razones ecológicas, ha de evitarse que contaminen.
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En aquella mañana, subiendo desde la explanada del Puerto Viejo, en la localidad francesa de Saint Tropez, siempre golfante, dejando a la izquierda el Ayuntamiento, se colgaron carteles con retrato de la muerta, la BB, acariciando un bb (bebé) de foca blanca, leyéndose: «·Merci Brigitte Bardot, 1934-2025». Y el coche fúnebre iba acompañado de seis Gipsy Kings, cantantes con púas en las manos para hacer sonar las cuerdas de guitarras. Me emocioné al escuchar en la iglesia a Mireille Mathieu, la del flequillo, ya vieja y coja, como una bruja.
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[–>En el interior de la iglesia de Notre-Dame de l´Assomption, el presbítero celebrante dijo lo más importante: que la vida de la Bardot, por encima de «todo lo demás», estuvo siempre al servicio de una causa, muy noble ahora e innoble antes: la protección y el amor a los animales. Nunca las flores, de atractivos colores, que son genitales de las plantas, encima del féretro, simbolizaron la vida de la muerta, pues fue artista del sexo colorido y destapado, por ello muy pecadora en los años sesenta del siglo XX. Era imposible aceptar en aquel tiempo –tiempo de mantilla y escapulario– a una mujer libre y de combate. Esa fue la BB.
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Sea por lo que fuere, incluso por eso tan humano que es lo mimético o la imitación (René Girad) –todo el mundo imita a todo el mundo– lo de los animales de compañía está hoy de moda y es unisex, pues hombres y mujeres, por calles y parques, pasean a perros más que a gatos y focas blancas. Por el Muro de San Lorenzo, el de Gijón, paseo de clases medias y adecuado para exhibir todo tipo de padecimientos anatómicos, una dama tiraba de un cordel que sujetaba a un cerdo vietnamita. ¡Qué vulgaridad de cerdo!
[–>[–>[–>El Gobierno socialista español, a rachas sensible y a rachas insensible a las modas populares –siempre muy demócrata– en el BOE del jueves 16 de diciembre de 2021, número 300, publicó una Ley sobre los animales, firmada por un tal Felipe R., que muchos siguen sin saber quién es y a qué se dedica. Esa Ley es la intemerata, pues modifica el Código civil, la Ley Hipotecaria y la Ley de Enjuiciamiento, esta última, la Civil, que no la Militar, a Dios gracias. Y por esa Ley sabemos que los animales son seres vivos, dotados de sensibilidad e híbridos entre las personas y las cosas, que son también bienes, aquéllas, las cosas.
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Dado que esa Ley, tan democrática, plantea muchas dudas respecto a la verdadera naturaleza de los animales, habrá que acudir, por imperativo legal y por confusión, al franquista (de 1974) y vigente Título Preliminar del Código Civil, sobre interpretación y aplicación de las normas. Y vacilo, pues no sé si acudir, aunque por mandato legal, a aquel texto legal (1974) lo prohíbe la de la Memoria Democrática (2022).
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La apoteósica afición a los animales de compañía es responsable de que ellos y ellas, excitados por la sensibilidad a lo animal, se hayan dado de baja en los abonos a las corridas de toros –arte ambiguo del torero con movimientos de macho y de hembra (ambigüedad del torero que no del toro)–. Damas castizas por edad, de la aristocracia y taurófilas, sermonean acerca del arte limpio de la tauromaquia. Damas acaso con síndrome de Cayetana, la duquesa, que las superó en todo.
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Quizá una de las locuras mayores, por exceso de sensibilidad humana ante lo animal, sea llevar en un carricoche de niño a un perrito, con ropas infantiles de color azul, o a una perrita con ropas infantiles de color rosa. Ante tal fenómeno, en plazas y parques, me siento y contemplo, viendo en la cara de quien empuja el carricoche, rasgos y tics como de locura o tristeza por soledad extrema; nada que ver con jóvenes Caperucitas, y en el interior del carrito veo asomar la cara de un perrito o perrita, parecido al lobo o a la loba feroz. Lo anterior puede ser cualquier cosa, incluso un cuento como el de Caperucita, pero no de hadas esplendorosas.
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Al regresar a casa, después del espectáculo, a mi perrito blanco, llamado «Jerry», que es un bodeguero y mascota de la familia, le digo: «Qué mala suerte tuviste con nosotros; que no te llevamos en carricoche ni te vestimos de azul». Y él, inteligente, moviendo el rabo, manifestó estar de acuerdo.
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Y el cortejo fúnebre pasó de la iglesia al cementerio marino, en Saint Tropez, siendo observado por damas con gorritos a lo francés –ahora la moda es llevar gorrito o capuchas por hombres calvos–, y portando aquéllas en regazos maternales perros y gatos en homenaje a la artista fallecida, que fue protagonista del mítico film «Y Dios creó a la mujer», escandaloso y dirigido por su marido de entonces, Roger Vadim, allí también enterrado. Mujer, la BB, que jamás fue como la griega Penélope, muy fiel: es sabido que las mujeres griegas son fieles hasta lo incomprensible, sean plebeyas o reinas, o reinas plebeyas.
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Recorrí hace años los cementerios marinos del Mediterráneo francés. Empecé por el de Saint Tropez, adonde llegué en lancha desde Frejus, y terminé por el de Sète, en el que descansa desde el 27 de julio de 1945 el gigante en sabiduría literaria, llamado Paul Valery, autor del poema Le Cimetiére Marin.
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Se me acumulan los recuerdos en este final y finalizo releyendo lo que el católico François Mauriac escribió en 1934, sobre Saint Tropez: «Me acuerdo de una tarde: el sol ya en declive, doraba las piedras del viejo fuerte que durante siglos vigilaba a los piratas. El cementerio dormía al borde del mar, y las tumbas de los pescadores parecían las barcas empujadas a tierra». n
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