En manos de los extremos
A principios de los años noventa del pasado siglo, la palabra «calidad» recorría las principales escuelas de negocios. Eran los años en que la Europa del sur se desindustrializaba bajo las promesas de un neoliberalismo triunfante y de una incipiente globalización. Más o menos todos nos lo creímos —era el discurso dominante—, ya se estuviera a la izquierda o a la derecha del espectro político. La industria era el pasado (en todo caso, preferíamos que trabajaran los asiáticos mientras nosotros nos dedicábamos al diseño y a la I+D) y los servicios, el porvenir.
[–>[–>[–>La calidad resumía el sentir de aquella época que miraba hacia el futuro con un optimismo tan ingenuo como miope. Hoy, treinta años después, la experiencia nos invita a contemplar con un cierto escepticismo toda aquella bienintencionada —o no— palabrería. La calidad de los productos, de las instituciones, de la enseñanza, de los servicios o del debate público y del publicado ha caído, ya sea por el ahorro de costes o por la obsolescencia programada. O por ambas cosas a la vez seguramente.
[–> [–>[–>Las modas van y vienen. También las políticas. Pero el peligro se hace presente cuando nos las tomamos demasiado en serio y nos encerramos en ellas de un modo fanático. Es lo que sucede ahora, por ejemplo, con la identidad: otro concepto noble que, conducido hasta el extremo, imposibilita —o, al menos, dificulta notablemente— la ciudadanía común. Y es lo que sucedió entonces con los discursos dominantes. Pensemos en la tercera variante del relato de la época: el idealismo neocón, que creía que la democracia se podía trasplantar gratuitamente a cualquier lugar de mundo sin tener en cuenta sus vigencias culturales previas.
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Ya Tocqueville supo ver, en La democracia en América, que la cultura tiene que ver más con el éxito o el fracaso de un país que las instituciones por las que se rige. Un idealismo de laboratorio rara vez es buen consejero. Experiencias como las de Irak o Afganistán así nos lo recuerdan. Quizás también sea ese el caso de Rusia: un imperio tan cercano a nosotros en su mentalidad como alejado en otros aspectos. Y una nación y una cultura, desde luego, fascinantes.
[–>[–>[–>Cuando se dobla el Cabo de Hornos de la vida, se empieza a mirar la locura del tiempo con cierto distanciamiento escéptico. Nuestros propios credos se tambalean si tenemos en cuenta las consecuencias que acarrean. La exhortación evangélica de que por sus frutos los conoceremos resulta inapelable. Incluso lo que amamos de verdad se echa a perder con una actitud egoísta. Las buenas intenciones no bastan.
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El mundo avanza acelerado entre la inteligencia artificial y la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores. El descrédito de la democracia liberal recuerda a la peligrosa década de los treinta, cuando la tentación autoritaria se impuso en una Europa empobrecida. El vértigo de la vida contemporánea y el miedo anclado en la incertidumbre buscan un calmante en la figura de los hombres fuertes. Pero la experiencia nos debería invitar a recuperar un realismo más temperado: el discernimiento prudente de la inteligencia.
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[–>El futuro siempre se echa a perder en manos de los extremos, por muy nobles que sean. El siglo XX así nos lo recuerda. Mirar al pasado nos ayuda a entender el presente y a preparar el porvenir, bajo el signo de una paciencia lúcida. Todo lo contrario de las modas.
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