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Infames

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  • Publishedenero 26, 2026



El cierre anunciado la semana pasada de la librería madrileña «Tipos infames», alegando sus dueños como causas principales la gentrificación y el «puto capitalismo», ha desatado dos debates paralelos. El primero, menos descarnado, recogido en la prensa escrita, tiene que ver más con el urbanismo y la sociología. Se refiere a fenómenos como la gentrificación y sus consecuencias, a cómo los barrios antes degradados donde llegaron libreros pioneros, «baristas» de café caro y pócimas de matcha o el joven hípster tatuado que resignificó, como si fuera el Valle de los Caídos, el bar de barrio de toda la vida dejándolo exactamente igual tras subir los precios y esferificar las croquetas, acaban convirtiéndose, cuando suben los alquileres, en lugares invivibles para aquellos emprendedores audaces que conquistaron aquella tierra ignota. La cuestión que surge ahí es si la ley del mercado lo debe poder todo –el “puto capitalismo”-, o si determinados comercios deberían estar protegidos –subvencionados- por su valor sentimental o su tipismo. Abogo por lo segundo, y porque no se desbaraten nuestros paisajes urbanos por el capricho del dinero. El otro, más interesante y morboso, se refiere a los libreros y su forma de ser. La oleada de comentarios en X hablaba de la supuesta antipatía de los dueños de «Tipos infames», la condescendencia con la que algunos clientes se sintieron tratados y, en definitiva, con la forma de llevar un negocio que, como tantos otros, es cara al público, con lo que eso debería implicar. He estado alguna vez en «Tipos infames». Es verdad que no eran amables. Pero, ¿en qué librería lo son?. En ellas, por lo que sea, no vas a encontrar la cordialidad del mechador de kebab que te llama “jefe”, ni la del carnicero que llama a tu mujer “reina”. Tampoco te vas a enamorar, como me pasa a menudo –cada uno con sus filias- con esas farmacéuticas del Opus, de belleza púdica y twin-set, que te expenden una caja de preservativos como si fueras un dalit de Udaipur, pues nada atrae más que la belleza y el desdén. Tengo varias tiendas de libros preferidas en las distintas ciudades en las que he tenido la suerte de vivir. Desde La Central de la calle Mallorca de Barcelona, con ese suelo que cruje bajo tus pies, hasta Galignani o “L’écume des pages” en París, o Antonio Machado o Pasajes en Madrid. No recuerdo que en ninguna fueran especialmente amables conmigo. En La Central ni siquiera se prestan a hablar mi lengua, aunque me gaste 200 euros en libros, y en París te dan la bolsa como quien te perdona la vida. Pero sigo sintiendo esa fugaz excitación al ver sus escaparates o cruzar sus puertas, sabedor de que, en alguna de ellas siempre vas a encontrar algo que te cosquillee la mente, un libro que no esperabas, primorosamente editado, de un autor centroeuropeo de vida trágica y atribulada, muerto hace casi un siglo y que relata como los ángeles su pena y la de su tribu en alguna guerra europea. Luego llegas al mostrador y te crees en Correos o en la DGT. Que si quiere bolsa. Aunque me parece algo pesada, respeto a la gente que va a las librerías a pedir recomendaciones. Sin embargo, estoy convencido de que los libros te encuentran a ti. De que uno te lleva a otro. Por ejemplo: no soy «fan» de Emmanuel Carrère, pero el otro día topé con «Koljós», su última obra, y me partió como un rayo, pues cuando un escritor te cuenta cosas que uno ha vivido, siente que el Universo vuelve a su sitio, y que Dios le escucha. Por eso hay que confiar más en el instinto, en Dios y en el Universo –que quizá son la misma cosa-, y algo menos en los libreros. Lo importante es que sigan existiendo, aunque sea con esa adustez que gastan, en Malasaña o en Udaipur, y que nos sigan vendiendo esa merca, pues la vida sin que alguien te la haga entender en un libro sería como bañarse siempre en el mismo río de inanidad. Y entre la inanidad sin libros y la infamia con ellos, mi elección está clara.

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