Así resiste Kiev el invierno más duro desde el inicio de la invasión rusa
La pequeña Irina, de apenas cuatro años, saborea con avidez un humeante borshch ucraniano. Sostiene el recipiente con sus manos, todavía enrojecidas. Tiene frío. La sopa le ayuda a entrar algo en calor. «Хорошо, mmm, хорошо» (bien, mmm bien) pronuncia sonriente tras cada cucharada. Su madre Mariiya la observa con ternura desde el otro lado de la mesa, mientras trata de contener como puede la congoja que ya asoma en sus ojos. No quiere que su hija la vea triste. Pero la situación pesa cada día más: «Lo hacemos como podemos, pero este frío es ya insoportable», confiesa Mariiya, alejándose un par de pasos de su hija para evitar que escuche su voz quebrada. Llevan semanas sin luz, ni agua caliente, ni calefacción en casa, resistiendo a temperaturas de 20 grados bajo cero.
[–>[–>[–>La sucesión de ataques rusos este mes de enero a una ya muy dañada infraestructura energética en Ucrania ha comprometido gravemente la producción. La situación es crítica hasta el punto de que se ha decretado el estado de emergencia.
[–> [–>[–>Tiendas de campaña para atender a los ciudadanos sin electricidad en una plaza de Kyiv. / MAXYM MARUSENKO / EFE
[–>[–>[–>
Al igual que Mariiya e Irina, decenas de miles de personas se han visto obligadas a depender a diario de los llamados «puntos de invencibilidad». Son unas carpas, equipadas con generadores, instaladas en plena calle, en las zonas más afectadas de la región de Kiev. Los ciudadanos acuden a refugiarse del frío extremo. A cargar sus aparatos electrónicos. Y a comer. En casa, sin electricidad, los electrodomésticos no funcionan. Tan solo es posible cocinar si se cuenta con cocinilla de gas. Hay quienes se han hecho con algún ejemplar portátil para sobrevivir al día a día. Pero no todos pueden permitirse esa opción.
[–>[–>[–>
Voluntarios
[–>[–>[–>
Serhii desliza la pesada lona anillada de la carpa y se adentra en ella. Lo hace con prudencia y mucha maña para no resbalar. Afuera, el hielo de la acera es peligroso. «Uy, qué bien se está aquí», libera espontáneo el comentario en voz alta, al tiempo que le recorre un ligero escalofrío. Su cuerpo, aún tembloroso por el frío exterior, empieza a recalibrarse. Se coloca en la fila que en apenas unos pocos minutos han formado varios vecinos. Ya se reconocen. Y se interesan los unos por los otros, preguntándose cómo han aguantado la jornada. Coinciden prácticamente a la misma hora, en el mismo lugar desde hace una semana. Todos vienen a lo mismo. Traen consigo bolsas, mochilas o carros para llevarse varias raciones de comida caliente, que sirven desde un modesto mostrador Maxim y Vadim, dos voluntarios de la World Central Kitchen (WCK), organización fundada por el chef José Andrés.
[–>[–>[–>
Una niña alimenta a otra niña en una de las tiendas de campaña instaladas en el distrito Desnianskyi de Kiev. / HENNADII MINCHENKO / CONTACTO / EUROPA PRESS
[–>[–>[–>
Maxim y Vadim fueron compañeros de clase en el colegio. Y, ahora, les une una bella amistad. Colaboran desde hace tiempo en diversos proyectos humanitarios, después de que la tragedia también les golpease a ellos. Perdieron a otro amigo durante un ataque sobre varios edificios residenciales en el distrito de Sviatoshynskyi de Kiev. «Estamos muy comprometidos con nuestra gente y siempre que podamos, ayudaremos. En especial, ahora que sufrimos uno de los peores inviernos», cuenta Maxim sin despistarse un segundo de su cometido. Cazo y tarro en mano, prepara cientos de raciones al día para quienes lo necesitan.
[–>[–>[–>
7.000 raciones al día
[–>[–>[–>
Serhii se aproxima irradiando ilusión tímida, pero evidente. Ya llega su turno y ansía conocer el menú para hoy. «Aquí tienes. Tus tres porciones». Maxim le ayuda a colocar las bandejas. «Cojo una para mí, otra para mi esposa y otra para mi hijo. Lo más importante es que está caliente; y ayer incluso tocó carne muy sabrosa. Soy cocinero retirado, así que aprecio mucho más su labor». Serhii les dedica una mirada casi de fascinación a Maxim y a Vadim, y se despide de ellos: «Gracias, chicos. La amistad y la paz lo conquistarán todo. Os deseo salud y amor». Maxim, con mueca cariñosa, observa a Serhii alejarse. Reconoce sentirse «muy contento y hasta orgulloso» porque dándoles de comer también les hace «un poquito más felices, en estos momentos tan dramáticos para todos». Confiesa que es algo que desgarra, pero que tiene muy claro que continuará aquí «hasta que sea necesario».
[–>[–>
[–>Ante la posibilidad de que la crisis humanitaria se agrave, la WCK activó un protocolo de emergencia a mediados de enero. Yuliia coordina uno de los 50 puntos en funcionamiento. «Al principio preparábamos unos cientos de raciones al día, ahora llegamos a cerca de 7.000». Los chefs elaboran seis tipos de sopa, con una fórmula equilibrada en proteínas, carbohidratos y verduras. Procuran variar la dieta diaria, porque la mayoría repite visita. Y para quienes no pueden desplazarse, personas mayores, el equipo entrega las bandejas a domicilio.
[–>[–>[–>

Una mujer llena jarras de agua en una fuente pública en Kyiv. / ANDREW KRAVCHENKO / EFE
[–>[–>[–>
Electricidad por turnos
[–>[–>[–>
Unos metros más allá, varias mesas desplegables sostienen una maraña de cables y regletas. Apenas hay hueco libre. Decenas de pequeños pilotos rojos parpadean al mismo tiempo. Vasil ocupa uno de los pocos enchufes disponibles. Vuelve por segunda vez en el día para cargar su móvil y su linterna. Espera paciente. A su lado, Nicolai y Natacha vigilan la pantalla de una batería portátil: «98%, 99%,100%, ya está. Por fin lo tienes listo. Me toca». Se sonríen y se ceden el sitio, como si el logro fuera compartido. En sus edificios, los cortes de luz duran días. Aquí, al menos, la electricidad llega por turnos.
[–>[–>[–>Artem no se quita el gorro ni los guantes. Se sienta en una esquina con la consola apoyada sobre las rodillas. Al poco, otro chico se une a él. No hablan. Compiten en una carrera de coches. En sus casas, dicen, «apenas hay 10 grados». Quedan en la carpa para pasar el rato. Tienen 11 años.
[–>[–>[–>

Interior de una de las tiendas de campaña instaladas en Kiev para soportar las gélidas temperaturas. / MAXYM MARUSENKO / EFE
[–>[–>[–>
Kiev afronta ya el invierno más duro desde la invasión rusa a gran escala. Y Ucrania acusa al Kremlin de emplear el frío como arma de guerra. «Es terrorífico lo que nos están haciendo. Es un crimen. Aguantamos y aguantaremos, pero este sufrimiento está costándonos la vida. Si no nos matan con misiles y drones, nos matan de frío», dice Olena entre llantos, mientras otra mujer mayor, desconocida, le acaricia el hombro para consolarla. A veces, las palabras sobran. Aquí también se dispensa arropo y solidaridad desinteresada, porque cada uno lidia con su propio drama. Los puntos de invencibilidad son ya un símbolo de esperanza y resiliencia. Algo más tranquila, Olena reconoce: «Este sitio es un salvavidas para muchos de nosotros, en todos los sentidos que os podáis imaginar».
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí