Paisajes Urbanos: Exilio interior
La historia de una persona comienza en el instituto, con esa segunda forma de nacer que es la adolescencia. Todo se convierte en sorpresa, empezando por el propio cuerpo, mientras las madres quedan atrás, saludando desde el andén de la infancia. Nacen también a esos años el pensamiento y la soledad.
[–>[–>[–>A veces, con el buen tiempo, los jóvenes de La Rocica o de Llaranes eligen caminar a pie los dos kilómetros que los separan del centro. En esa media hora se abre el tiempo y la reflexión, si discurre a solas, y si no, brotan las conversaciones y llueve sobre todos la risa compartida. En mitad del trayecto, dos espléndidos bancos de piedra invitan a pararse, posar las mochilas y ensanchar unos minutos los huecos de libertad.
[–> [–>[–>Quizá sepan por el móvil que están en la avenida de Oviedo, que los bancos son monumentos y que están ahí viendo pasar el tiempo como la Puerta de Alcalá. Porque son contemporáneos de Carlos III, como dice la canción, y pertenecen a un momento en que la ciudad se percibía como conjunto: en el urbanismo moderno, Madrid se organizaba de Atocha a Recoletos y de Sol a Alcalá, tejiendo paseos sobresalientes como el de El Prado. El Avilés de entonces replicaba la intención, señalando con nobleza la entrada a la ciudad. Los Canapés –por su condición figurada de sofás– pertenecen a aquel tiempo ajeno a la alta velocidad, resistiendo milagrosamente hoy entre el desorden y los restos de la avenida de Oviedo.
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Y ahí están, expresando con melancolía que hubo tiempos mejores, diciéndoselo a los jóvenes que, en soledad reflexiva, paran y reparan en su belleza. Los bancos y los que caminan habitan mundos a espaldas de la urgencia: no es lo mismo detenerse junto a ellos a pensar, o a conversar, que parar a repostar en medio de la vorágine.
[–>[–>[–>Porque en esta era trumpista y sin luces, de aquel siglo XVIII apenas queda razón: solo despotismo sin ilustrar, brutalidad y prisa, agrediendo la percepción de un modo parecido al que viaductos y tráfico han infligido a Los Canapés, arrebatándoles el nombre y enviándolos al exilio en su propio solar.
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