Soledad no deseada
Vivimos, paradójicamente, en una de las sociedades que más socializa. Sin embargo, la soledad no deseada crece y se cronifica en todas las edades. Una cosa es socializar física o virtualmente y otra muy distinta es tener red o comunidad. La socialización puede ser superficial, episódica y hasta transaccional: una conversación, un rato, un desahogo, un entretenimiento una interacción en redes. La comunidad, en cambio, es pertenencia, arraigo, continuidad, seguridad. Es saber que si mañana enfermas, si te quedas sin empleo, o te rompe la vida un contratiempo, hay una red que te sostiene.
[–>[–>[–>El modelo neoliberal ha hecho del «yo» una fortaleza. Nos educa -y nos exige- para competir, para rendir, para subir más alto y llegar más fuerte. Premia la autosuficiencia y castiga la fragilidad. Convertimos pedir ayuda en una derrota, y reconocer la necesidad en una vergüenza. Bajo esa lógica, la vida se vive como una carrera y al otro como un competidor. En ese terreno, lo comunitario se vuelve un estorbo: ocupa tiempo, exige reciprocidad, pide compromisos que no producen resultados medibles. El resultado es una sociedad llena de individuos hiperconectados y, sin embargo, desprotegidos.
[–> [–>[–>Por eso el combate a la soledad no deseada se entiende solo desde el tejido social amplio: vecinas, comercios del barrio, espacios compartidos, asociaciones, rutinas comunes, saludos que se repiten, pequeñas confianzas que se acumulan. Esos hilos sostienen y también son los primeros que se rompen cuando la vida se precariza, la vivienda se encarece, la movilidad forzada expulsa a la gente, los barrios se vacían de población estable y los ritmos laborales devoran la posibilidad de arraigar. Sin continuidad, no hay comunidad; hay tránsito hay sociedades efímeras e individuos solos.
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En este contexto, resulta especialmente cínico que la derecha y la extrema derecha se apropien del discurso contra la soledad no deseada mientras defienden el mismo modelo que la produce y las reproduce constantemente: el «yo primero», esa versión local del «American First», el adelgazamiento de lo público y la glorificación del éxito individual no produce libertad, provoca aislamiento social. No se combate la soledad con campañas si a la vez se recortan los soportes que hacen posible la vida en común.
[–>[–>[–>Combatir la soledad no deseada exige reconstruir lo común: políticas de vivienda que permitan permanecer y echar raíces; tiempos de vida que no estén secuestrados por la productividad; servicios públicos fuertes que no deleguen los cuidados en la suerte familiar o el mercado; urbanismo que piense en el encuentro, y no solo en el tránsito. Porque la soledad no es un fallo personal: es una señal de alarma colectiva. Y esa alarma nos está diciendo que, si seguimos construyendo búnkeres, acabaremos viviendo en una sociedad en ruinas.
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