Por la península de Jandía, el tesoro escondido de Fuerteventura | Escapadas por España | El Viajero
“Cuando estamos en el desierto, miramos hacia el infinito… Nos sentimos terriblemente pequeños, y también extrañamente, bastante grandes”. El cineasta británico David Lean resumió en esta frase la dualidad contenida en esta colosal masa de arena. Famoso por su habilidad para filmar en el desierto, tratándolo incluso como un personaje más en su obra maestra, Lorenzo de Arabia (1962)―, supo describir el significado que contiene un lugar más vivo de lo que imaginamos, cuya inmensidad muchas veces nos hace sentir insignificantes. Esta sensación de soledad que recorre toda la anatomía de Fuerteventura, aclamada como la isla de los mil desiertos, provoca un aparente aislamiento que favorece la desconexión.
Declarada reserva de la biosfera por la UNESCO en mayo de 2009, su carácter árido puede sin embargo inducir a confusión, porque más allá de sus dunas en las que perderse, esta isla canaria reúne un buen número de volcanes, acantilados, calas escondidas y montañas, además de un cielo estrellado que cuenta con el certificado de la Fundación Starlight y ofrece sin obstáculos el mirador astronómico de Sicasumbre.
En esta ruta que atraviesa una paleta de tonos anaranjados, rojizos, ocres e incluso blancos o negros -según la luz que incide en su fisonomía desértica- nos dirigimos hacia el extremo sur de la isla. Dejando de lado el bullicioso barrio de Corralejo o la capital, Puerto del Rosario, es reflexivo y consciente. Estos tres puntos cardinales, junto con el pueblo pesquero de Morro Jable, reúnen a la mayor parte de la población de la isla, habitada sólo en el 15% de todo su territorio. Sin tocar nunca los confines de Majorero, nos aclimatamos en la península de Jandía, una isla prehistórica unida a Fuerteventura por un istmo arenoso que lleva el nombre de La Pared, y sobre la que descansan los restos salientes de una caldera volcánica que mantiene su otra mitad en el fondo del mar.

Un horizonte volcánico bañado por aguas cristalinas sobre el que caminaron los personajes de Han Solo y Chewbacca hace unos años cuando sirvió de escenario a Savareen para la película. Han Solo: Una historia de Star Wars (2018). Este planeta ficticio guerra de las galaxias Se mezcló durante un tiempo con la pátina salvaje de la playa de La Barca, en el municipio de Pájara y en el levante peninsular. Un colchón de arena que contrasta con el azul intenso del mar y sobre el que tirar la toalla durante horas, ya sea para relajarse o para observar el parque eólico Cañada La Barca, pionero en el uso de la energía eólica para la producción de agua potable que abastece a la isla.
Y si hay un elemento de la naturaleza que define rigurosamente el ambiente de Fuerteventura es el viento. Cuando René Egli llegó a la isla en 1984 quedó fascinado por las extraordinarias condiciones que ofrecían las corrientes de aire de la playa de Sotavento para la práctica del windsurf. Apasionado de este deporte, el empresario suizo decidió construir una escuela en esta costa, en colaboración con la cadena hotelera Meliá Hotels International, para enseñar esta disciplina además del kitesurf. Los cuales se clasifican como los más grandes del mundo; Tiene 25.000 clientes que viajan dentro de sus límites cada año. Con más de 35 años de experiencia, no sólo es el lugar ideal para iniciarse en la práctica de estos deportes, sino también para ver en verano competir a algunos de los mejores deportistas en la Copa del Mundo de Windsurf, Wingfoiling y Kitesurf, que se celebra desde hace décadas. También cuenta con un área de relajarse para mimetizarse con el atardecer reflejado por la laguna, un fenómeno intermitente que puede albergar cuatro kilómetros de aguas tranquilas durante las fases de luna llena y nueva.
Esta imagen casi irreal, generada por la energía de las mareas, se magnifica en forma de vista panorámica desde las habitaciones del recién inaugurado Paradisus Fuerteventura. Ubicado en el antiguo Hotel Gorriones, es el segundo desembarco en Canarias de la línea de balnearios Hotel de lujo Meliá tras una visita a Lanzarote con Paradisus Salinas. Inspirándose en el entorno natural de la reserva, la renovación de este titánico alojamiento evoca un diseño orgánico entre piedras volcánicas, tonos arenosos y una piscina kilométrica que, como las playas poco concurridas de Fuerteventura, invita a desconectar. Una dramática variación del concepto todo incluido que alberga meditaciones frente al mar, con sesiones de sonido o yoga, paseos bajo las estrellas desde su mirador, además de propuestas de alta gastronomía como la liderada por Germán Ortega. Galardonado con una estrella Michelin y dos soles Repsol por su establecimiento en Gran Canaria, el chef aporta muchos ingredientes locales y las técnicas culinarias de la isla a la carta del restaurante Mahos. Los arroces frente a tu piscina, el horno de leña de una trattoria o la carta de ceviches que ofrece su cocina Nikkei son otras opciones a considerar durante tu estadía más allá de ser huésped.

Realizar una ruta de senderismo por los volcanes inactivos de la isla es otra de las experiencias que esconde esta región de Fuerteventura. El recorrido que traza el camino hasta la caldera de Los Arrabales, de 102 metros de altura, permite entrar en contacto con la flora y fauna autóctona que habita su manto de azabache. De fácil acceso y con una duración aproximada de dos horas, se puede realizar solo o con un guía previa solicitud en la recepción del hotel.
Guiados también por el viento, atravesamos la agreste Cofete hasta el histórico faro de Jandía, construido en 1864. Esta playa de unos 14 kilómetros que describió Alberto Vázquez-Figueroa en su novela Fuerteventura como «el más largo, más bello, más valiente y más solitario que he visto en mi vida», también sirvió de escenario para la película Éxodo: dioses y reyes (2014), de Ridley Scott. Por supuesto, cualquier lugareño al que le preguntes direcciones pronto te desaconsejará nadar debido a las olas y el agua corriendo, además de la falta de socorristas.

Es mejor sustituir el baño por hacerse una foto con la magnética isla de las Siete Viudas de fondo, o una visita de cerca a la Casa de Invierno, la misteriosa residencia que el ingeniero alemán Gustav Winter hizo construir durante la Segunda Guerra Mundial. La leyenda que esconde este lugar bien merece la pena emprender el viaje hasta sus dominios entre barrancos y acantilados batidos por los vientos del norte. Situada en medio de un valle en forma de medio cráter, una gran torre perfila los contornos de esta residencia de piedra y hormigón, que conserva la decoración original, como el cocodrilo de madera que vigila desde lo alto del patio. Se rumorea que su ubicación sobre unas cuevas naturales sumergidas que llegan al mar permitía la entrada directa a los submarinos nazis para reabastecerse de alimentos y combustible, o descansar. Un búnker en el sótano, habitaciones secretas o una cocina que recuerda a un laboratorio son algunos detalles del chalet que han dado lugar a innumerables historias oscuras que se pueden conocer durante las visitas guiadas.

La última parada nos lleva al pequeño pueblo de La Lajita, en Sotavento. Junto a una cuidada ermita, la de la Purísima Concepción, este pueblo de poco más de 1.700 habitantes mantiene intacto su encanto costero, raspado por la playa de arena negra, hileras de casas antiguas, una casa de lucha canaria y barquillos de colores que siguen ejerciendo su oficio artesanalmente. Un paseo por su tejido urbano, amenizado por las terrazas del Giolí Gourmet Club o el marisco y los bocados dulces de La Falúa, completará una escapada a una zona aún menos conocida de Fuerteventura.

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