Yo solo recuerdo…
Cuentan que, en pleno siglo XXI, Caín y Abel se encontraron por casualidad en la calle. Al ver a su hermano, Abel le saludó cordialmente: «Hola, Caín; ¿cómo estás?». Caín, sorprendido y confuso por la situación, solo pudo responder: «¿Pero no recuerdas que yo te maté?». A lo que Abel, con serenidad, contestó: «Yo solo recuerdo que eres mi hermano».
[–>[–>[–>Esta anécdota, escuchada a mi querido Pablo D’Ors, me pareció especialmente significativa. Invita a pensar que, aunque pueda parecer extraño en los tiempos que corren, e incluso desde que el mundo es mundo, comportarse como Abel no es precisamente lo habitual. Por eso resulta terapéutico e interesante compartirlo aquí: la actitud de Abel representa una postura liberadora y gratificante para desenvolverse en la vida cotidiana.
[–> [–>[–>Los seres humanos tendemos con facilidad a adoptar la actitud contraria. Es habitual que cuando decimos «te perdono», añadamos el famoso «pero no olvido». Sin embargo, esa coletilla, lejos de aportar algo positivo, ensombrece la acción principal, que es el perdón, no hace falta decirlo; (no toca).
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Adoptar una posición de libertad de acción, sin prejuicios ni «fundas mentales» que nos convierten en fundamentalistas de la propia lucidez, es una tarea que recomiendo a todo el mundo. Si cultivásemos un poco más el perdón, tanto a nivel individual como colectivo, la sociedad sería muy distinta.
[–>[–>[–>Quizá, si practicásemos estos pequeños detalles en nuestro día a día, podrían ser contagiosos. Creo firmemente en el «contagio» de las buenas acciones, y todos tenemos pruebas evidentes de ello: detalles bonitos y actitudes que quienes los perciben se animan a imitar.
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No debemos olvidar tampoco la importancia del perdón personal, ese que muchas veces dejamos de lado pero que también necesitamos. Deberíamos ser más generosos con nosotros mismos, disculparnos, y dejar de ser tan inflexibles y exigentes. Es fundamental llevarse bien con el propio cuerpo, ya que nos va a acompañar durante toda la vida, ¿o no?
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[–>Hagamos de nuestra «película» la versión más divertida e intensa posible y evitemos caer en el egoísmo de pensar solo en lo propio, como aquel que decía: «Aquí, cada uno va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío».
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En definitiva, la disposición a perdonar y a ser generosos, tanto con los demás como con uno mismo, nos libera y enriquece. Recordar que «memento mori» —la conciencia de nuestra propia mortalidad— puede ayudarnos a relativizar y a vivir de forma más compasiva y auténtica.
[–>[–>[–>Todo empieza por pequeños detalles.
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