Labradores, el sacrificio de la tierra
«El que labra no lee, y el que lee no labra». Este elocuente refrán o máxima de la sabiduría popular campesina, refleja probablemente, la evolución en las esferas estamentales y culturales de las sociedades agrarias y rurales, frente a las urbanas y el urbanismo. La agricultura –cultivo o labranza de la tierra– (según el diccionario de la RAE), el arte de cultivar el campo, –campo y cultura– (Diccionario Crítico y Etimológico de J. Corominas). Es en definitiva un arte, una cultura latente, milenaria, insustituible y esencial: Casi una ciencia filosófica y antropológica ligada incluso, a las primitivas religiones y a los cultos divinos con expresiones iniciales del denominado politeísmo, adorando a dioses y elementos de la naturaleza como la tierra, el cielo, los astros, las plantas o los animales, con orígenes muy remotos. Los últimos hallazgos de la arqueología agrícola en Asia, concretamente en Turquía, confirman la presencia de los primeros poblados o asentamientos de campesinos y pastores del Neolítico en torno a los 12.000 años de antigüedad. Punto cero de la historia de la humanidad. Muy anteriormente en el Paleolítico –también Edad de Piedra– los individuos llamados humanos han debido deambular durante miles de años por las tierras y las selvas habitables del planeta, en grupos familiares y clanes. Tribus nómadas colectivizadas, en busca del clima propicio y de los recursos naturales de cada región y época, practicando la caza y la pesca, junto con la recolección de frutos y plantas. Se dice que los primeros vegetales que suscitaron el interés humano de estos recolectores fueron los cereales, entre ellos el trigo, la cebada, el arroz, centeno, mijo, sorgo, etc. los cuales constituían la dieta básica de la nutrición, junto con los de origen animal.
[–>[–>[–>Arte
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Numerosas son las asombrosas e inquietantes muestras de arte y destreza rupestre de las pinturas y grabados realizadas por estos primitivos pobladores en paredes y techos de rocas, cuevas y abrigos naturales de la península. La fascinante cueva cántabra de Altamira con unas 66 representaciones de animales (bisontes, caballos, ciervos, cabras, osos, bueyes, peces… ) nos dejan constancia de la realidad prodigiosa de las escenas cuya autoría se data en torno a los 20.000 años, y de un modo especial la genialidad y liderazgo de los autores, aunque falten las vacas, ¡¡nuestras vacas!! , –las que en la India consideran animal sagrado–. A su vez los útiles de hueso y piedra de la industria lítica, ejecutados primorosamente por aquellos que el hombre moderno denomina, en ocasiones, cavernícolas y primarios ¿….?, viene a ser otro ejemplo más de la pericia y destreza en un mundo hostil, y que nos sitúa probablemente –según la arqueología– ante el primer arado elemental de la prehistoria: un pico de piedra, el asta de ciervos o el hacha de piedra pulimentada como la primera reja que hoyó la tierra.
[–> [–>[–>Aquellos antepasados muy lejanos, nos legaron a su vez, el dominio del fuego, la rueda, la cerámica, los cultos a los muertos y a las divinidades protectoras de cosechas y animales en formas de religión y creencias espirituales o teológicas, cuya racionalidad equilibra los criterios de la ciencia natural. La astronomía, así como las normas de conducta social y códigos de gobierno por medio de la escritura de signos y figuras. La construcción de grandiosos templos y tumbas funerarias, los respetuosos métodos de producción agraria acordes con la astronomía y la física, el incipiente comercio, el empleo de los recursos del agua por medio de ingenios increíbles, junto con otras disciplinas y conocimientos del saber humano, han impulsado sucesivamente culturas más evolucionadas, y con ellas la revolución agraria, la cual consolido sociedades y civilizaciones milenarias, que llegaron incluso, a divinizar e idealizar la actividad agrícola en tumbas, templos, santuarios, mezquitas y catedrales cristianas mediante escenas, figuras o representaciones del «arte del trabajo agrario», patrimonio cultural de la humanidad, propio de las grandes regiones de la antigüedad en Oriente Medio, China, India, Egipto, Grecia o Roma, incluso de la América precolombina.
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Algunas herramientas tradicionales de labranza, llamadas «aperos» o aquí «apérios», que después de 5.000 años, aún utilizamos manualmente para faenas agrícolas y ganaderas, como la fesoria, la foz, el ingazu o rastrillo, la gadaña o la triente, tienen su origen en los trabajos y tareas agrícolas de Oriente Medio, en concreto en los pueblos y «ciudades» mesopotámicas. El arado llamado ahora «romano» se representa en relieves funerarios y pinturas de sociedades agrícolas de Sumeria y del antiguo Egipto entre otros. Los molinos manuales e hidráulicos, hornos, batanes, telares, norias, lagares, herrerías, talleres, y otros artilugios e ingenios pre-industriales, fueron elementos de progreso económico, generalmente en manos de clases y sociedades jerarquizadas durante dilatados periodos de la historia.
[–>[–>[–>Romanización
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Durante muchos siglos, la propiedad de la tierra y en especial con la llegada de pueblos mediterráneos, la romanización de España singularmente, recae fundamentalmente en manos de estructuras y sociedades estamentales: la nobleza y la corona, ligados a su vez al poder eclesiástico por medio de fundaciones de iglesias, abadías y monasterios con potestades religiosas y civiles, sobre los llamados títulos, tenencias o dominios de campos y gentes de rudo trabajo agrícola. El régimen señorial de fundamentos feudales ennoblecidos, prevaleció durante largo tiempo y, si bien la pequeña propiedad particular, la hidalguía rural, la burguesía y sobre todo la alta nobleza de las edades Media, Moderna y Contemporánea, fue moderando gradualmente las cesiones de tierras en favor del aldeano libre; aún recuerdan los ancianos de Sariego quiénes eran las familias y linajes más acomodadas y pudientes de tierras hacia 1950.
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Como es historia, nos lo confirman los historiadores, los estudiosos y los académicos. El primer documento –auténtico o no– sobre propiedades reales en Sariego, aparece en el siglo X –año 996 el rey de León, Bermudo II, apodado el gotoso emparentado con notables linajes castellanos y gallegos–, dona de su ingente patrimonio agrario, el valle completo de Sariego, al Monasterio Benedictino de San Pelayo de Oviedo, tierras cuya extensión a juzgar por los aperos de aquella fecha, llegan a unos 25 km. cuadrados, es decir 2.500 hectáreas, siendo la parroquia de Santiago y Narzana las más extensas y la de San Román de Puelles, próxima al monasterio de Valdediós, donde en 1200 por privilegios del rey de León, Alfonso IX, se establece una comunidad reformista o abadía de monjes blancos procedentes de Galicia, bajo la reglas de austeridad del Císter (ora y et labora), «orar y trabajar».
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