La asociación de emigrantes que “saca asturianos de debajo de las piedras”, tiene un sello editorial y ha entronizado a la Santina en el nordeste de México
Umbelina González Salcido tiene una vida movida de idas y venidas y un pie que nunca se mueve de Asturias. Vive en Monterrey, nordeste de México, desde que hace veinte años decidió que no le gustaba Estados Unidos y “huyó” cruzando la frontera hacia este lugar en el que encabeza la muy enérgica asociación de los 4.000 asturianos residentes en esta histórica tierra fronteriza. Hija de un emigrante a México retornado a Asturias, Umbelina nació en Llanes, creció en Veracruz y fue una adolescente de ida y vuelta que en los noventa estudió Psicología en Oviedo y al terminar se estableció de nuevo en México. Fue el trabajo de su marido, tabasqueño, asesor financiero, el que la empujó hasta McAllen, la primera ciudad de Texas al otro lado de la frontera, pero aquello no cuajó. No se adaptó, quiso volver y lo más sencillo fue lo más próximo. “La ciudad mexicana que estaba más cerca era Monterrey, y así llevo veinte años aquí”.
[–>[–>[–>Ella está aquí, sí, y trabaja como psicóloga y promotora cultural en la populosa y dinámica capital de Nuevo León, pero no quita “el pie de Asturias”. Eso dice, y tiene pruebas. Desde hace ocho años vive embarcada muy en serio en la tarea de sacar de “debajo de las piedras” a los asturianos del nordeste de México. A los de ahora y a los de la historia. Umbelina fundó y preside una asociación con 4.000 socios repartidos por el territorio de lo que fue el Nuevo Reino de León –los estados actuales de Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila– y una actividad cultural frenética.
[–> [–>[–>Asturianos en el Nordeste de México fue su respuesta a la percepción de una carencia en la comunidad astur de Monterrey. Cuenta que la actividad del Centro Asturiano se reducía casi exclusivamente a una paella el día de Covadonga –“cualquiera se aprieta una fabada” en los tórridos septiembres de esta ciudad que acostumbra a superar los cuarenta grados– y que poco a poco ella fue pasando de las quejas a la acción. Sumó a la causa a cada vez más gente, llegaron asturianos y descendientes, apareció “un chico mexicano que quería aprender a tocar la gaita”, y con ese impulso nació un colectivo inquieto que se ha hecho un hueco muy amplio en la vida cultural norestense. Su vocación genérica es “difundir la cultura asturiana” en la zona y “rescatar la memoria de personajes con raíces en la región que hayan sido importantes en la historia de este lugar”.
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En la práctica más visible, su actividad se bifurca en multitud de direcciones. Todos los septiembres organizan “Fastureste”, el “Festival asturiano del nordeste”, con conciertos de gaita, exposiciones de fotografía, ciclos de cine o conferencias históricas, y han llegado a fundar incluso un sello editorial –ANMAC Ediciones– dedicado al rescate de personalidades históricas con orígenes asturianos y logros mexicanos. Hay muchos. “A la gente le asombra que haya tanta presencia asturiana sin visibilidad en la memoria colectiva del nordeste”, señala Umbelina enseñando su producto más reciente, el libro que recoge las pesquisas de “uno de nuestros investigadores”, Eligio Edelmiro Hernández, sobre la figura del llanisco Bernardo de Posada, el desconocido fundador civil de lo que hoy es la ciudad de Lampazos de Naranjo, en Nuevo León, a mediados del siglo XVIII.
[–>[–>[–>Portada del libro sobre Bernardo de Posada publicado por la asociación de Asturianos del Noreste de México. / M. P.
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El Nuevo Reino de León, sigue la presidenta de los asturianos del nordeste mexicano, “tuvo dos gobernadores españoles de origen asturiano, Pedro del Barrio Junco y Espriella, también llanisco, que lo fue en dos ocasiones en el siglo XVIII, y a finales del XVI Francisco Cuervo y Valdés, moscón de Santa María de Grado que luego se fue a fundar Alburquerque…” De Sama de Grado era también Adolfo Prieto (1867-1945), prócer de la historia más reciente de esta tierra como artífice de la Fundidora de Hierro y Acero de Monterrey, una gran empresa siderúrgica icónica en México, responsable, entre otros hitos, de la instalación del primer alto horno de América Latina.
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El rescate histórico de paisanos ilustres es sólo una de las abundantes líneas de actividad de una asociación que empezó “entronizando una imagen de la Virgen de Covadonga en la Basílica de la Purísima Concepción, un templo icónico de Monterrey. Gracias a la colaboración del obispo, Monseñor Rogelio Cabrera, al que le encantó la idea de tener una virgen inmigrante en el templo, la nuestra fue la primera entronización del siglo y la Santina es la única virgen que se exhibe para el culto público en todo el nordeste de México”.
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[–>Se financian con donativos y en su sede del Espacio Fierro “todas nuestras actividades son gratuitas”. Han abierto una biblioteca con un fondo específico sobre el exilio republicano español, ofrecen talleres de fomento de la lectura y dan apoyo “a madres de familia y niños en situación de desventaja». Por si fuera poco, gracias a todo lo que aprendió de niña observando a las mujeres de la familia paterna, Umbelina González también ha dado clases de bordado y confección de trajes de llanisca. El suyo, el que ella se confeccionó en Monterrey, el que se pone allí cada día de Covadonga, llegó a exhibirse en “una exposición para visibilizar las culturas del nordeste que se celebró en la Casa de las Pinturas Populares del estado de Nuevo León. Era la primera vez que un traje de llanisca se exponía en un museo en Latinoamérica”, destaca, y fue la imagen de la cultura asturiana junto a los otros objetos que aportó la asociación de los asturianos, unas madreñas y una sopera de loza de San Claudio.
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Cela en la cocina
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El pie que Umbelina no se le mueve de Asturias tiene mucho que ver con un el ejemplo de un padre emigrante. Saturnino González, natural de Nueva de Llanes, muy del PSOE y “muy de izquierdas”, emigró a México por motivos políticos, pero regresó a la llamada de la casa de la madre y por eso su hija nació en Llanes, en 1972. Fue periodista en LA NUEVA ESPAÑA y corrector de estilo de escritores y Umbelina tiene grabada una escena, “Camilo José Cela en la cocina de nuestra casa en Gijón”. “Nací entre libros, entre letras, panfletos políticos y discursos”, y de aquellos polvos, estos lodos. A miles de kilómetros de casa, sigue usando la cultura para destapar Asturias en el nordeste de México, haciéndose sitio en la zona a fuerza de insistir y hacerse visible. “Soy buena tocando a las puertas”, resume la presidenta.
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Las visitas a Pedro Garfias, el poeta que escribió el himno de Asturias sin pisar Asturias y murió exiliado en Monterrey
Bajo el calor de más de cuarenta grados del tórrido verano regiomontano, los asturianos del nordeste de México van todos los agostos al cementerio. El día 9, el del aniversario de su muerte, visitan la tumba de Pedro Garfias, el poeta “maldito” de la generación del 27 que no necesitó pisar nunca Asturias para escribir los versos del poema que con el tiempo y la música de Víctor Manuel se ha convertido en el himno de esta tierra. El autor de las letras que el cantautor mierense musicó en su “Asturias” vivió y murió en el exilio en Monterrey el 9 de agosto de 1967 y la asociación de asturianos del nordeste de México le recuerda todos los años con un acto ante su lápida. “Fue un escritor tal vez olvidado, pero muy querido aquí”, resume Umbelina González, que al frente del colectivo de asturianos en la zona organiza también lecturas de poesía y conciertos en su memoria.
Garfias era un salmantino de nacimiento y un andaluz de crianza y sentimiento que sin haber visto Asturias escribió “Asturias” en 1936, en plena Guerra Civil. Los caprichos del destino, que quisieron enviarle a él al exilio en México, también decidieron que se fraguase en México la canción que puso música a sus versos y los elevó a himno oficioso y sentimental de la región: en 1970, en una reunión de asturianos en el restaurante “El Hórreo” de Ciudad de México, Luis Roca Albornoz –antiguo consejero de Hacienda en el Gobierno de Asturias y León– le leyó el poema Víctor Manuel y el cantautor mierense sintió el tantas veces narrado impulso de ponerle música esa misma noche, en su hotel.
Aquel día, Roca también le contó la historia de exiliado olvidado de Pedro Garfias y su llegada a Monterrey, en 1943, después de hacer dos escalas, una en Francia y otra en el castillo de un lord en Inglaterra. Viajó a México en un emblemático buque, el “Sinaia”, en el que entretuvo la travesía del pasaje declamando poemas y gestionando la edición de un periódico en el que se comprometió a escribir un poema al día. De él dijo el cineasta Luis Buñuel que “podía pasar quince días buscando un adjetivo”. Sobre la lápida ante la que todos los años le homenajean los asturianos del nordeste mexicano está escrito, a modo de epitafio, uno de sus versos: “… La soledad que uno busca no se llama soledad…”. El verso sigue: “… soledad es el vacío que a uno le hacen los demás”.
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