Europa aumenta su implicación con Ucrania entregando a Kiev nuevos misiles capaces de atacar territorio ruso
Con tres palabras en latín, Quis Nisi Nos, cerraba un vídeo colgado en redes sociales el ingeniero Denys Shtillerman, copropietario de la compañía ucraniana de misiles Fire Point. “¿Quién si no nosotros?”, preguntaba retóricametne después de mostrar, en la noche del pasado día 20, una triunfal serie de 15 lanzamientos de su cohete más importante, el Flamingo. No daba más señales ni hacía más comentarios. Horas después confirmaba la defensa ucraniana que había destruido una planta de fabricación de misiles balísticos rusos en la república de Udmurtia… a 1.400 kilómetros de territorio ucraniano.
[–>[–>[–>En su año cuatro, la guerra de Ucrania adquiere visos de ensanchamiento en el espacio, entrar en una nueva fase, en la que no es solo Rusia la que lleva a cabo ataques en profundidad sobre instalaciones del adversario. Y Europa participa en esa previsión.
[–> [–>[–>A la nueva capacidad ofensiva ucraniana se unen, con hechos consumados, tres entregas clave europeas. Una proviene de Chequia, otra de Noruega y la otra del Reino Unido. Son, claro, cohetes, unos de alcance medio y otros de muy larga proyección. Destruir el armamento y los pertrechos del ejército ruso en el propio territorio de la Federación Rusa se ha convertido en opción estatégica ucraniana para, de no llegar antes un alto el fuego, intentar detener los cotidianos bombardeos nocturnos rusos esta primavera.
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Sin restricciones
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En diciembre pasado, un anuncio de origen checo permitía otear otro vértice del rearme ucraniano. Pero no fue el gobierno de Praga el que lo hizo, sino Radim Petrás, alto directivo de la compañía checa de drones y aviónica LPP. Su contenido: la cesión a Ucrania de una serie del más nuevo de los misiles con que la República Checa busca su propia autonomía: el Narwhal. El contexto: hacía un mes que la firma armamentista checa había presentado su dron de ataque en el Air Show de Dubai.
[–>[–>[–>Es tan nuevo que aún está en pruebas. De hecho es el campo de batalla ruso-ucraniano el lugar donde se va a ensayar después de que, este mes, finalice su entrega. Se trata de poner a prueba el sistema contra interferencias de guerra electrónica con que está dotado cada dron para volar sin ser detenido.
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Misil checo Narwhal, en una imagen de la empresa LPP que lo fabrica / LPP
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El misil de crucero MPS Narwhal tiene la apariencia de un avión futurista a reacción, solo que no lleva cabina ni nada que se le parezca, solo un morro especialmente sensible y, dentro, un programa de inteligencia artificial que le permite a un piloto automático navegar examinando el terreno, sin tener que recurrir al GPS.
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[–>El arma se comporta como un robot autónomo una vez lanzado, pero se puede configurar para que, con una radio resistente a interferencias, lo controle un operador humano en una sala de mando.
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Según el fabricante, el misil no necesita de una gran instalación para su lanzamiento: un remolque de un 4X4 bastaría para emplazarlo en una carretera y hacerlo despegar, o ponerlo en el aire con una catapulta. En vuelo, puede llevar una ojiva de 120 kilos de explosivo hasta objetivos a 680 kilómetros de distancia, que alcanza en menos de 60 minutos, pues vuela a 750 kilómetros por hora.
[–>[–>[–>O sea, lanzado desde Mikolaiv tiene a su alcance toda la península de Crimea; disparado desde Jarkov, alcanza todo el oblast ruso de Kursk y el de Belgorod. Son los puntos de territorio ruso donde el Kremlin acumula la inmediata retaguardia de sus fuerzas de invasión, y donde esta primavera podría intensificarse el fuego de interdicción con el que Ucrania tratará de abortar una ofensiva rusa.
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A diferencia de armas voladoras europeas más potentes, como el misil alemán Taurus o el multinacional europeo Storm Shadow, esta nueva entrega tiene una ventaja política para Kiev: Chequia -en tiempos de distanciamiento de la administración Trump con respecto a Europa- no pone condiciones para su uso.
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“No lo vamos a tolerar”
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El pacto de la Fuerza de Defensa Ucraniana con LPP consiste en misiles gratis a cambio de poder probarlos en la guerra real. No es la única compañía europea que trata de obtener know-how en el frente. Otras firmas fabricantes de sistemas voladores de guerra, como la noruega Konsberg Defence & Aerospace han abierto oficina en Kiev con el mismo propósito.
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Son los fabricantes de los misiles antiaéreos NASAMS, y se expanden en Ucrania a través de proyectos financiados por el gobierno noruego. Entre ellos, dotar a Ucrania de misiles JSM que puedan colocar los ucranianos en los cazas F-16 que les está proporcionando Europa.
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La otra pata de ayuda estratégica europea para ataques en profundidad de Ucrania contra Rusia se llama Nightfall. Es el proyecto británico de contrata de fabricación de misiles balísticos para Ucrania.
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El ministro de Defensa británico, John Healey, y el ministro de Defensa ucraniano, Rustem Umerov, se reúnen en Londres en enero de 2025 durante el inicio de las conversaciones para el proyecto de misiles Nightfall. / Ministerio de Defensa Ucrania
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El ministerio de Defensa del Reino Unido confirmó el pasado 11 de enero pasado que va a desarrollar “nuevos misiles balísticos tácticos que aumentarán la potencia de fuego de Ucrania para defenderse de la maquinaria de Putin”.
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El gobierno Starmer busca dotar a Ucrania con un misil Nightfall de más de 500 kilómetros de alcance. Como en el caso de los checos, se trata de probar la capacidad del cohete de volar entre “fuertes interferencias electromagnéticas”. Pero se intenta también esquivar el golpe de respuesta. El misil ha de ser lanzable desde muy diversas plataformas, incluidos pequeños camiones, en grupos numerosos… y sus lanzadores desaparecer del lugar en pocos minutos para no ser alcanzados por el fuego contrabatería ruso.
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En el trasfondo está otra apuesta por autonomía estratégica europea. El tope de precio: un millón de euros por misil. El ritmo: sacar de la cadena de producción diez de estos cohetes por mes. Eso implica otro tope: el de carga de 200 kilos de cabeza explosiva.
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Impulsa el proyecto un ministro de Defensa, John Healey, que, en su último viaje a Ucrania, ha presenciado una de las más de 19.000 veces que en 2025 se han encendido las bocinas de alarma de ataque aéreo. “Estábamos lo suficientemente cerca para escuchar las sirenas antiaéreas alrededor de Lviv -ha contado en un comunicado oficial-. Fue un momento serio, y un duro recordatorio del bombardeo de drones y misiles que golpean a los ucranianos en noches a temperaturas bajo cero. No vamos a tolerar esto”.
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Baza ucraniana
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Kiev quiere llegar más lejos. El catálogo de industria militar ucraniana que reúne la firma fabricante de sistemas de guiado y de guerra electrónica Bavovna califica al Flamingo de “dron kamikaze”, más que de misil, “diseñado para ataques a gran profundidad contra objetivos de algo valor”. La ventaja que sus especialistas le ven al dron-misil es que “proporciona a las fuerzas ucranianas una herramienta rentable y escalable para suprimir la infraestructura y la logística enemigas muy por detrás del frente”.
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Esas tres palabras definen quizá otro capítulo de la guerra de Ucrania. No es que no se viniera venir, pues Kiev lleva reclamando de sus amigos occidentales un visto bueno para el uso de armas de ataque muy adentro de territorio ruso, sin que europeos y norteamericanos terminen de autorizar un empleo que pueda suponer una escalada peligrosa en el conflicto.
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Al final Ucrania, en su cuarto año de atrición, lo hace por sí misma con un dron con forma de cohete que puede llevar a hasta 3.000 kilómetros de su punto de despegue una ojiva de una tonelada. El Flamingo -ese es su nombre popular, el técnico es FP y un número de serie- es ya un arma que se ensambla en cadena, y alcanzó en agosto pasado el ritmo de un misil por día..
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