El periodismo es un buen lugar de conflicto porque recoge la esencia de la humanidad
Agnès Marquès (Barcelona, 1979) estaba investigando sobre la venganza cuando encontró un anuncio que, desde el pequeño pueblo texano de Hemphill, sonaba a escarnio recién salido del horno y a corazones resquebrajándose en tiempo casi real. «Quiero felicitar a Shara Cormier y Patrick Brown. Están esperando un bebé. Espero que ambos estén realmente enamorados y que todo salga bien», anunciaba desde las boquiabiertas páginas de ‘The Sabine County Reporter’ Timeshia Brown, «la esposa de Patrick». A partir de tan insólito desquite y de su increíble peripecia alrededor del mundo en forma de noticia viral y ‘clickbait’ de manual, la periodista ha creado ‘La segona vida de Ginebra Vern’ (Columna; Destino en castellano), novela con la que ganó la 46ª edición del Premi Ramon Llull.
[–>[–>[–>¿Quién es Ginebra Vern? ¿De dónde sale?
[–> [–>[–>Es una periodista, diríamos que veterana, que de pronto se encuentra con que la empresa para la que trabaja cambia por completo. Todo lo que sabe hacer se devalúa y debe empezar a hacer noticias ‘clickbait’ a partir de cosas que encuentra en las redes sociales. No diría que está en crisis, porque ya está muy trillado, pero sí en conflicto. Y se está haciendo mayor. Por primera vez, y debido a lo que pasa en el trabajo, se da cuenta de que se está haciendo mayor.
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¿Se identifica con ella de alguna manera? Usted venía de una primera novela, ‘Ningú sap que estic aquí’, en la que todo era apurar la juventud en un festival de música, y ahora esto.
[–>[–>[–>Ginebra es algo mayor que yo, pero todo cambia tan rápidamente que también tengo la sensación de que estamos en una época de cambio intenso. Comparto un poco la sensación de desconcierto. Los valores y la manera de hacer que todavía tenemos quienes crecimos en la era analógica, por más que con 18 años ya estuviéramos en los inicios de la era digital, están muy en cuestión.
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De ahí esa mirada nostálgica y probablemente embellecida del periodismo de redacción vieja escuela que existe en el libro.
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[–>Es que Ginebra es alguien que ha idealizado todo ese proceso vital. Son muchos años trabajando en la redacción de un diario donde, a la fuerza, las dinámicas también se pervierten. Eso lo sabemos todos. Pero como ella ya está en conflicto, empieza a añorar, y cuando añoras, idealizas. Empieza a tener esa sensación de que su mundo se desvanece y no sabe si sabrá adaptarse al nuevo. Eso la envejece.
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Contar la historia de alguien, su vida, es una operación de poder, y tenemos que ser responsables. Todos contamos la vida de alguien, todos tenemos alguna vez la vida de alguien en nuestras manos»
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¿Cómo llega al anuncio viral, ese mensaje de despecho, con el que arranca ‘La segona vida de Ginebra Vern’?
[–>[–>[–>Estaba buscando historias de venganza, porque me interesaba cómo hay personas que la ejecutan porque desean experimentar un momento de rabia, algo que todos hemos tenido alguna vez, y me tropecé con esta historia reproducida en muchos medios europeos. No eran artículos hechos con voluntad de mejora o cambio, simplemente buscaban clics. Me llamó mucho la atención que, a tantísimos kilómetros de distancia, estuviéramos accediendo a la privacidad de tres en un pueblo muy pequeño y remoto de Estados Unidos. Contar la historia de alguien, su vida, es una operación de poder, y tenemos que ser responsables. Todos contamos la vida de alguien, todos tenemos alguna vez la vida de alguien en nuestras manos, así que quise preguntarme si era posible que yo lo hiciera sin invadirla con mi experiencia y mi mirada, sin quitarle el control de su propia vida.
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¿Comparte la visión crítica, casi apocalíptica, de Ginebra respecto al periodismo actual?
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Es verdad que ella no sabe adaptarse. Quizá ha fracasado. Pero su experiencia no se aleja mucho de algunas situaciones que hemos vivido.
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Agnès Marquès, fotografiada en los jardines del Turó Park. / JORDI COTRINA
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Como la protagonista del libro, también usted se fue a Texas, al origen de la historia, en busca de información de primera mano. ¿Qué encontró?
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Había investigado bastante por redes y había llegado a localizar a los protagonistas. Me había hecho una idea bastante ajustada de lo que luego me encontré, aunque siempre hay sorpresas. Son muy hospitalarios, pero la fe lo ocupa absolutamente todo. Lo primero por lo que me preguntaban era por Trump y si era creyente. Es una comunidad muy pequeña, muy dominada por las mujeres, donde la iglesia evangélica ha arraigado de una manera salvaje. Todo se justifica a partir de la existencia de Dios.
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¿Cambió mucho la novela después del viaje?
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Había empezado a escribirla en tercera persona y, al volver, vi que tenía que trasladar toda esa experiencia a Ginebra y escribirla en primera persona. Eso hizo que la historia creciera mucho.
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Hace unos días, cuando se anunció el fallo del premio, dijo que el libro utilizaba el periodismo como «mapa de riesgos». ¿En qué sentido?
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El periodismo es un buen lugar de conflicto porque recoge la esencia de la humanidad: recoger unos hechos, mirarlos, interpretarlos y explicarlos. Ir, ver y contar. Puede llegar a ser un mapa de riesgos, y es bueno que como consumidores sepamos que esto ocurre. Al final, esta es una novela en la que el amor acaba atravesando a todos los personajes, pero podría interpretarse también como una crítica feroz al periodismo, cuando no lo es.
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‘La segona vida de Ginebra Vern’ es una historia de amor, pero también de venganza y culpa. ¿Qué tira más?
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Me gusta la idea del amor como lugar de abrigo, de bienestar, pero también como algo sombrío, que te hace tomar decisiones que pueden ser cuestionables. Al final, el amor es un campo de pruebas moral para todos los personajes.
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Durante muchos años, en mi juventud, solo leía autores masculinos. Recuerdo, por ejemplo, cómo me marcó Philip Roth. Pero que un día me dije que tenía que leer más mujeres. Y, por suerte, esto cada vez es más fácil»
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Agnès Marquès, fotografiada antes de la entrevista / JORDI COTRINA
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La novela, en cualquier caso, nació investigando la venganza.
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Si me interesa es porque, para mí, rompe el equilibrio de las cosas: me rompe los esquemas ver que una víctima utiliza los recursos del verdugo.
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En cierto modo, el libro podría sumarse a otras segundas vidas femeninas como las que han escrito últimamente Gemma Ruiz o Miranda July.
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Cuando las mujeres contamos historias, lo hacemos desde nuestro punto de vista. Yo tengo más interés en explicar qué le pasa a una mujer de 46 años que a una de 25. Puedo volver a eso, claro, pero me gusta especialmente poder hablar de lo que nos pasa a ciertas edades. Quizá también porque he leído menos historias de mujeres de mi edad, aunque es algo que se está recuperando. Pienso en Annie Ernaux, a quien le dieron el Nobel y es buenísima y habla del punto de vista de las mujeres desde todos los ángulos. Yo, durante muchos años, en mi juventud, solo leía autores masculinos. Recuerdo, por ejemplo, cómo me marcó Philip Roth. Pero que un día me dije que tenía que leer más mujeres. Y, por suerte, esto cada vez es más fácil.
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¿También escribe de noche escuchando Nick Cave y Micah P. Hinson, como su protagonista?
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Me gusta la noche, pero no puedo escribir. Yo después de cenar no sirvo para nada, pero que soy buena levantándome a las 3 o a las 4 de la mañana. Sí que hay una forma de dudar en Ginebra con la que me identifico mucho. Me gusta poder hablar de mujeres imperfectas, opacas, muy vivas; mujeres a las que les pasan cosas que les pueden pasar también a los hombres. No son solo cosas de mujeres.
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