Dignidad II
Esos pantalones ya no podían dar más de sí. Samuel, el hijo de Carlos, había estirado al máximo el chándal. Los tobillos asomaban ya sin pudor y el elástico de la cintura apenas era capaz de abrazarle. Los niños crecen; los sueldos no siempre. Carlos llevaba dos semanas recorriendo los roperos de la ciudad en busca de un recambio para su peque.
[–>[–>[–>Cada vez que entraba en uno cogía aire, bajaba la cabeza y trataba de ir lo más rápido posible. La amabilidad sincera de quienes, de forma voluntaria, cuidaban con mimo cada prenda no lograba disipar esa presión en el estómago que le acompañaba desde hacía meses. Era difícil de explicar. Él solo quería lo mejor para su hijo y superar ese bache que se hacía largo, demasiado largo. Pero pedir ayuda, incluso cuando es necesaria, nunca resulta sencillo.
[–> [–>[–>Desde hace un tiempo, la ciudad de Carlos cuenta con una alternativa distinta. Un lugar donde ir a «comprar» ropa. Donde escoger talla, comparar colores, mirar etiquetas y hacer cola en caja. Un espacio que se parece a cualquier tienda, pero que es algo más: es una puerta discreta para volver a sentirse parte. Allí comparte «compras» con vecinos y vecinas sin etiquetas visibles. Allí nadie pregunta más de lo necesario.
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Lo que muchos desconocen es que Carlos no paga por esa ropa. Las prendas que días o semanas antes terminaron en un contenedor rojo han sido recuperadas, clasificadas y preparadas para volver a empezar. A precios simbólicos –o gratuitamente cuando hace falta– otras personas pueden acceder a ellas sin tener que bajar la mirada. No es solo ropa. Es autonomía, es elección, es dignidad.
[–>[–>[–>Hace unos días, la trabajadora social que acompaña a Carlos le habló de una oferta de empleo en esa misma tienda. La noticia le dejó en silencio. Aquella congoja que meses atrás le encogía el estómago empezó a transformarse en algo parecido a mariposas. «¿Yo? ¿Aquí?» Por primera vez en mucho tiempo, la pregunta no sonó a resignación, sino a posibilidad.
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Uno de esos espacios abre estos días en nuestra ciudad, en el barrio de La Calzada. Koopera de Cáritas inaugura su tercera tienda. No han tardado en aparecer voces que cuestionan el modelo, que lo reducen a competencia desleal, a maquillaje solidario o lucro de quienes dicen ayudar a los demás. Quizá convendría mirar más despacio. Tal vez el verdadero debate no sea quién vende, sino cómo acompañamos. No si regalamos, sino si generamos oportunidades.
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[–>Porque entre la caridad que alivia conciencias y la economía social que construye caminos hay una diferencia esencial: la primera entrega cosas; la segunda devuelve horizontes. Y cuando un padre puede elegir un pantalón para su hijo y, además, imaginarse trabajando detrás del mostrador, la ciudad entera crece con él.
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