El pacto por los ayuntamientos, una obligación política pendiente
Los ayuntamientos asturianos viven inmersos en una gran paradoja. Son la administración más próxima, la más valorada y, a menudo, la más eficaz en la respuesta inmediata a todo tipo de necesidades. Pero siguen sufriendo severas limitaciones por un modelo de financiación insuficiente y por unas rigideces administrativas impropias de los tiempos de la digitalización.
[–>[–>[–>El III Encuentro de Alcaldes y Alcaldesas organizado por LA NUEVA ESPAÑA en Avilés ha servido para constatar lo evidente: entre los concejos hay más puntos de encuentro que de discrepancia y una vocación de solventar las dificultades cotidianas que se mide en hechos. El fragor de la polarización abusiva hace olvidar que la política se inventó para solucionar problemas, no para crearlos. Si existe un lugar en el que esa marca genética de servir, y no servirse, tiene consistencia es el municipalismo.
[–> [–>[–>Cuando todo se complica, como ahora, de vuelta a la incertidumbre, los asturianos miran a lo que tienen más cerca, sus ayuntamientos. Allí se acude a reclamar el arreglo de una acera o el asfaltado de un camino, a pedir un punto de luz o a plantear una queja por la deficiencia en el suministro de agua o en el mantenimiento de un colegio. Pero la realidad cambia y los desafíos rebasan estrictamente el perímetro municipal. Ahora también se exige de los concejos colaborar en la gestión sostenible de los residuos, resolver el atasco de la dependencia, prevenir los incendios o atender el extraordinario aumento de la población flotante por el impacto de la avalancha turística por un relato de éxito, el del paraíso natural.
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Vuelve sin descanso al centro del debate el dinero autonómico, pero jamás el municipal, obligando al poder local a asumir prestaciones nuevas sin recompensas a cambio
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Una conclusión tan obvia como incómoda emerge tras cada cita: faltan recursos. Vuelve sin descanso al centro del debate el dinero autonómico, pero jamás el municipal, obligando al poder local a asumir nuevas prestaciones sin recompensas a cambio. No basta con agradecer la lealtad institucional. Urge corregir una debilidad que lleva demasiado tiempo cronificándose. Y la cuestión no va solo de financiación, también de funcionamiento por las estrecheces de un modelo inflexible que confunde vigilancia con parálisis.
[–>[–>[–>La cultura del consenso
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La lentitud y las barreras adquieren cotas sangrantes en asuntos estructurales. Muchos ayuntamientos sufren para cubrir puestos clave por corsés normativos, incluso contando con la buena disposición del personal. La burocracia pesa hasta para lo más nimio. Que la tramitación de un plan urbanístico dure dos décadas retrata una patología. Y cuando llega el momento de invertir, la regla de gasto y las limitaciones para emplear los superávits convierten la prudencia en inmovilismo. Sin agilidad no hay política útil. Sin política útil, los gobiernos siempre llegan tarde . O no llegan.
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Formalizar de una vez el pacto local pendiente empieza a convertirse en una obligación política. Eso significa abrir sin prejuicios el debate para redistribuir competencias e ingresos, reforzar colaboraciones transversales, aligerar trámites absurdos y primar a los buenos gestores, como quedó patente el jueves en el foro de este periódico en el Niemeyer. Cuando falla un ayuntamiento no se cierra una ventanilla, se resienten la cohesión y el equilibrio territorial. Lo mejor del municipalismo asturiano es su capacidad para tejer acuerdos sobreponiéndose a las siglas. Esa cultura del consenso, tan escasa en el ámbito autonómico o nacional, constituye un capital.
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[–>El buen regidor pertenece a un único partido, su municipio. Una militancia que para nada impide levantar la mirada y unirse para vertebrar la comunidad. La nueva Asturias nunca podrá construirse dejando al margen a sus concejos. Fortalecer su identidad y sus medios significa apostar por la vuelta a la génesis de la mejor política. La que contribuye a hacer más llevadera la vida a los asturianos.
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