Soy del Oviedo
Días atrás asistí a un tertulia radiofónica en la que el tema a tratar era algo de lo que no se suele hablar: el suicidio juvenil. Un asunto del que yo no tengo ni idea, como la mayoría, y por tanto lo único que podía decir eran las tonterías habituales que se dan en muchos de estos programas, en lo que cada cual pontifica lo que le viene a la cabeza, sin rigor alguno. De ahí mi preocupación cuando me comunicaron de qué iba a ir el asunto, porque se suponía que como miembro de la tertulia, tenia al menos que hablar un poco, lo que sería suficiente para mi descrédito definitivo.
[–>[–>[–>Pero el director del programa había fichado a dos profesionales de la medicina expertos en el tema y a un padre que había vivido ese problema. Es decir, de seis personas, tres eran cualificadas; las otras tres, salvo alguna intervención muy puntual, usamos la regla de lo que no sepas no hables, que es lo que se debe de hacer tanto en una tertulia radiofónica como en la cena de Nochebuena con los postizos.
[–> [–>[–>Y así descubrí cosas muy interesantes, algunas contrarias a lo que yo pensaba: que es bueno hablar con naturalidad en casa del suicidio juvenil; que el problema, aunque terrible cuando ocurría, era proporcionalmente muy pequeño: trescientos suicidios juveniles entre ocho millones de chavales; que el principal catalizador para hacer deseable huir de la vida era esta sociedad, superficial, competitiva, consumista, bombardeada por información interesada, generadora de expectativas inalcanzables, de valores que no lo eran, con padres ocupados y niños autoaislados en un mundo virtual, un futuro de empleo malo e inestable, vivienda imposible… Todo esto destruía el elemento imprescindible para vivir: la ilusión. Y que el otro jinete del apocalípsis eran las drogas. Elementos que incidían directamente en la salud mental.
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Que el cerebro es una parte más del cuerpo humano como el hígado, o un pie, y por tanto podía enfermar tan guapamente. Y por ello también en muchos casos podía curarse, en contra de lo que mayoritariamente la gente pensaba. Y se hacía con prevención, detectando pronto los problemas y aliviando las causas. Y no estigmatizando a la persona enferma. Porque todos enfermamos y todos estamos un poco locos. Y me lo demostraron allí mismo: yo soy forofo del Oviedo, como otros del Sporting. Y cuando mi equipo pierde, riño en casa, y me pego con mi cuñado de Gijón. Pero curiosamente los dueños del Oviedo o del Sporting, por decir algo, no son carbayones ni playos, y la mayoría de sus jugadores tampoco. Y a mí, del Oviedo, en el club, en mi club, ni me conocen, no saben quién soy, no existo. Pero a pesar de todo eso, yo «soy del Oviedo». Y me enveneno cuando le anulan un gol. Y las toallas de mi baño tienen el escudo del club. Es decir, algo totalmente ajeno afecta a mi vida particular. Estamos sin duda ante un problema de salud mental. Pero me dijeron que era muy común y llevadero, y además responde a una necesidad básica de la persona: tener un refugio emocional. Por eso, lo que debo de hacer es aceptar mi realidad, copiar a Rick y al comisario Renault en la escena final de Casablanca, y con mi cuñado sportinguista del brazo alejarnos de la cámara camino de Gascona o de la Cuesta Cholo diciendo lo de «Tamos guapos…».
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