Volver a lo esencial
En medio de un escenario internacional especialmente convulso, las aguas vuelven a agitarse en el agro asturiano. El acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur ha despertado una inquietud que no es nueva, pero sí cada vez más profunda. El sector teme, entre otros, por el futuro del vacuno, uno de los pilares económicos de nuestra región, y detrás de esa preocupación late algo más que una discusión comercial: la sensación persistente de que el campo siempre llega tarde a las decisiones que lo afectan.
[–>[–>[–>Cuando se habla con agricultores y ganaderos aparece una mezcla de cansancio y desconfianza. No es solo el tratado internacional; es la acumulación de años sintiéndose observados desde la distancia, analizados en informes y defendidos en discursos que rara vez pisan el verde de nuestros prados. Desde Bruselas se repite que falta explicación, que el tratado traerá oportunidades y reforzará la competitividad europea. Puede ser cierto. Pero en el campo las palabras pesan menos que las consecuencias. Los cotizantes del sector agrario han disminuido un cuarenta por ciento en los últimos años en nuestra región.
[–> [–>[–>Europa vive un momento preocupante. Durante décadas nos acostumbramos a una estabilidad casi silenciosa, convencidos de que el Estado del bienestar era un logro irreversible. Mientras tanto, el mundo aceleraba. Hoy descubrimos que competir exige rapidez, decisiones incómodas y cambios que ya no pueden aplazarse. El problema es que esa prisa global choca frontalmente con territorios donde el tiempo sigue marcado por las estaciones y no por los mercados.
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Quizá por eso miramos ahora al mundo rural con una mezcla de nostalgia y necesidad. Desde las ciudades lo convertimos en refugio simbólico frente al estrés y la hiperconectividad, pero seguimos tratándolo como un paisaje más que como un sistema económico vivo. Idealizamos las aldeas sin preguntarnos cómo se sostienen, celebramos su calma sin asumir el coste de mantenerlas.
[–>[–>[–>El dilema es evidente: queremos silencio, naturaleza y autenticidad, pero también servicios, empleo y futuro. Sorber y soplar al mismo tiempo. Las tractoradas que irrumpen en las ciudades no son solo protestas; son recordatorios incómodos de una realidad que preferimos no mirar demasiado: la comida no aparece por arte de magia ni por una aplicación móvil. Alguien la produce, y cada vez son menos.
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Se habla mucho del retorno al campo desde la pandemia, del teletrabajo y de quienes cambiaron metros cuadrados por calidad de vida. Es cierto que existe ese movimiento, pero todavía es insuficiente para revertir décadas de despoblación. El mundo rural no necesita modas; necesita estabilidad, servicios y una narrativa que lo reconozca como futuro, no como recuerdo.
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[–>Agricultores y ganaderos reclaman que la soberanía alimentaria se construya contando con ellos. No parece una exigencia excesiva. Son quienes sostienen la producción, quienes viven condicionados por el clima y quienes experimentan primero los efectos de cada cambio económico o normativo.
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Resulta paradójico que mientras las ciudades descubren el estilo de vida sosegado como tendencia vital, el campo —donde ese ritmo siempre ha existido— siga luchando por sobrevivir. Tal vez el error esté en analizar sus problemas con categorías urbanas, como si bastara con trasladar argumentos sin comprender las dinámicas propias del territorio.
[–>[–>[–>Asturias aparece en numerosos estudios como un lugar privilegiado ante los escenarios de calentamiento global: agua, clima templado, paisaje habitable. Una oportunidad evidente. Pero ninguna ventaja natural garantiza el futuro si no existe una apuesta real por quienes viven y trabajan en él.
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Volver a lo esencial no es un eslogan ni un ejercicio de nostalgia. Es aceptar que el progreso no siempre consiste en acelerar, sino en decidir qué merece permanecer. Y quizá el mayor error sería descubrir demasiado tarde que el campo, al que tantas veces dimos por perdido, era precisamente una parte imprescindible de nuestro futuro.
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