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Un docente en la plaza pública

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  • Publishedmarzo 28, 2026


Aunque mereciéramos estar en una, hay plazas que ya no tienen bancos ni árboles, sino redes en dispositivos móviles. El aumento del escarnio público a docentes a través de las redes va en aumento. En ellas no se conversa, se dictan sentencias. Y en una de esas plazas digitales, un docente, que podría ser cualquiera, pero también podrían ser todos, ha sido colocado en el centro, como si enseñar fuese una sospecha y no una tarea. No ha hecho nada extraordinario. Ha explicado, ha corregido y ha tomado decisiones, esas pequeñas decisiones cotidianas que sostienen el frágil equilibrio de un aula. Pero alguien decidió que su criterio era cuestionable. Y lo cuestionó. Después llegó el eco, y luego la jauría. Esa pedagogía moderna donde el error no se corrige, se exhibe, donde el matiz no interesa y la duda es culpable. Y en cuestión de horas, una vida de trabajo se convierte en bochornoso espectáculo. Lo verdaderamente inquietante no es el ruido, sino su capacidad de atravesar paredes. Porque el ruido entra en casa. Se sienta a la mesa. Se cuela en las conversaciones que antes eran refugio. El docente, que tantas veces ha protegido a su alumnado del señalamiento fácil, descubre que no hay protocolo para protegerse a sí mismo, que está solo y abandonado a su suerte.



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