Un docente en la plaza pública
Aunque mereciéramos estar en una, hay plazas que ya no tienen bancos ni árboles, sino redes en dispositivos móviles. El aumento del escarnio público a docentes a través de las redes va en aumento. En ellas no se conversa, se dictan sentencias. Y en una de esas plazas digitales, un docente, que podría ser cualquiera, pero también podrían ser todos, ha sido colocado en el centro, como si enseñar fuese una sospecha y no una tarea. No ha hecho nada extraordinario. Ha explicado, ha corregido y ha tomado decisiones, esas pequeñas decisiones cotidianas que sostienen el frágil equilibrio de un aula. Pero alguien decidió que su criterio era cuestionable. Y lo cuestionó. Después llegó el eco, y luego la jauría. Esa pedagogía moderna donde el error no se corrige, se exhibe, donde el matiz no interesa y la duda es culpable. Y en cuestión de horas, una vida de trabajo se convierte en bochornoso espectáculo. Lo verdaderamente inquietante no es el ruido, sino su capacidad de atravesar paredes. Porque el ruido entra en casa. Se sienta a la mesa. Se cuela en las conversaciones que antes eran refugio. El docente, que tantas veces ha protegido a su alumnado del señalamiento fácil, descubre que no hay protocolo para protegerse a sí mismo, que está solo y abandonado a su suerte.
[–>[–>[–>Mientras tanto, otros, tan preocupados por etiquetar el odio, clasificarlo, perseguirlo, asisten a esta escena con una mezcla de indiferencia y cómoda distancia. Hablamos mucho del delito de odio, lo vestimos de campañas, lo resumimos en lemas ingeniosos, casi publicitarios. «Hodio», dicen. Algunos antes de hablar o actuar, debieran preguntarse si de verdad saben reconocer el odio cuando lo vemos o solo cuando nos resulta útil.
[–> [–>[–>Porque esto, el señalamiento constante, la sospecha amplificada, la demolición pública de quien simplemente ejerce su trabajo, no parece una crítica legítima, esa se realiza en el aula o en el centro, más bien parece una forma sofisticada de hostilidad colectiva, más que una opinión, un linchamiento con buena conexión a internet. Tal vez esto sí que merezca perseguirse. Y es aquí donde el silencio resulta más elocuente. La autoridad docente no debiera ser un adorno normativo, sino un escudo efectivo.
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Al final, no hará falta cerrar escuelas, bastará con vaciarlas por dentro. Y entonces, cuando ya no quede nadie para ocupar el centro de esa plaza, tal vez entendamos, demasiado tarde, que el problema no fue perseguir el odio cuando nos resultó útil, sino no haber querido reconocerlo cuando nos resultaba incómodo y no haber adoptado las medidas oportunas.
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